VALORAR
EL PATRIMONIO HISTÓRICO DESDE LA EDUCACIÓN:
FACTORES PARA UNA MEJOR UTILIZACIÓN DE
LOS BIENES PATRIMONIALES
(1)
Por
el Dr. JOAQUÍN PRATS
Universidad de Barcelona
Publicado
en:
J.
Morales, Mª C. Bayod, R. López, J. Prats
y D. Buesa. ASPECTOS DIDÁCTICOS DE
LAS CIENCIAS SOCIALES.15. Zaragoza: ICE de
la Universidad de Zaragoza, 2001
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- Índice
INTRODUCCIÓN
La relación
entre el patrimonio cultural y la educación
es de gran actualidad. No se dice nada nuevo cuando
se afirma que existe una clara tendencia hacia
la revalorización de los bienes patrimoniales
y a su utilización como recurso educativo.
En España, uno de los países europeos
más ricos en vestigios que corresponden
a un pasado histórico brillante y esplendoroso,
se está haciendo un gran esfuerzo por "adecentar"
y activar gran número de repertorios patrimoniales:
desde monumentos a yacimientos arqueológicos,
desde la restauración de obras de arte
a remozamiento de museos. Debemos felicitarnos,
aunque quede tanto por hacer, de que los años
de democracia hayan traído, en este aspecto,
un cambio total en la tendencia respecto la que
había sido habitual en el periodo anterior.
Desde la postguerra
hasta la implantación de la democracia
en España, se perdieron una parte nada
desdeñable de los bienes patrimoniales
de carácter arqueológico y monumental.
La causa fue la desidia oficial, las consecuencias
del boom de la construcción turística
y de la expansión especulativa de las grandes
ciudades. En muchos pueblos se dejaron caer castillos,
palacios e iglesias. En ocasiones, se vendieron
bienes muebles a marchantes y traficantes, muchos
de ellos extranjeros. Por lo tanto, no es exagerado
afirmar que, en esta época, desapareció
una parte significativa de nuestra riqueza patrimonial.
La que queda, que es aún muchísima,
está en situaciones muy desiguales. Esta
desigualdad depende del mayor o menor interés
que se tiene por rescatar y dignificar los bienes
patrimoniales por parte de los ayuntamientos,
de las administraciones autonómicas, o
de otras administraciones. En muchas ocasiones,
este interés viene incentivado por la presión
que ejercen grupos de ciudadanos con mayor grado
de sensibilidad por la conservación y la
correcta valoración del patrimonio cultural.
Esta presión social ha sido, en gran medida,
la que ha forzado el rescate de aquello que podía
perderse.
Pero no es mi
intención referirme ahora a la conservación
y a la posibilidad de visitar los diversos emplazamientos
patrimoniales, o al remozamiento que debe efectuarse
en un país que se autocalifica amante de
la cultura. Pretendo centrar mi intervención
en la valoración y adecuación del
patrimonio para un provechoso uso social y, más
concretamente, en la posibilidad de convertir
los bienes patrimoniales en auténticos
y poderosos recursos al servicio de la escuela,
al servicio de la educación, y al servicio
del ocio cultural, una forma cada vez más
popular de ocupar el tiempo libre por parte de
la ciudadanía.
Hay que recordar
que --salvo algunos elementos particularmente
emblemáticos--, se ha menospreciado, en
la práctica, no sólo la dimensión
turística más moderna de los diferentes
conjuntos, sino también su potencialidad
educativa y, como consecuencia, su utilización
desde planteamientos didácticos. Incluso,
actualmente, conjuntos patrimoniales muy importantes,
como es el caso del Museo del Prado, Numancia,
el Palacio Real de Sevilla, Empúries, o
la propia Mezquita de Córdoba --por citar
algunos ejemplos--, no se han planteado seriamente
su uso social con una clara apuesta por lo educativo.
Es verdad que se perciben algunos esfuerzos por
normalizar estos emplazamientos en la línea
que señalo, pero son intentos todavía
tímidos y subyugados a la lógica
del conservadurismo expositivo. Me atrevo a afirmar
que no hay una voluntad decidida de transformar
estos importantes bienes patrimoniales en un instrumento
para ocupar lo que podríamos denominar
ocio cultural dirigido a amplios sectores de la
población; y, menos aún, de orientar
los conjuntos patrimoniales para uso educativo,
tanto al servicio de las escuelas, como de los
estudiantes universitarios. Y me estoy refiriendo
a instalaciones que atraen a mucha gente por su
alto valor emblemático e incluso mítico.
Podemos citar, a manera de ejemplo y refiriendose
a los emplazamientos aludidos, diversas y notorias
carencias:
1. La falta de
salas de interpretación que, actualmente,
se empiezan a considerar imprescindibles para
cualquier exposición temporal.
2. La falta de
materiales didácticos de calidad y al alcance
de todos, comprensibles y ligados a los procesos
educativos que se producen en las diferentes etapas
escolares.
3. Ausencia de
actividades de formación sistemáticas,
ligadas a las necesidades de los centros, y dirigidas
a los docentes. Aunque existen actividades de
este tipo, suelen ser puntuales y no suelen formar
parte de un programa que contemple la vertiente
didáctica de la visita.
4. Inexistencia
de planteamientos museográficos que contemplen
más las necesidades de comprender que tiene
el visitante, que no en el valor casi sagrado
y simbólico de lo que se expone, y que
siempre viene marcado por el experto conservador
que, en muchos casos, incluso teme la afluencia
masiva de gente.
Si esto ha pasado
en las instituciones citadas ¿qué podemos
decir de la multitud de yacimientos arqueológicos
o de los numerosos y diversificados monumentos
de que disponemos en nuestro país, que
no han contado con recursos ni inversiones para
una adecuación o activación patrimonial
de calidad?. Es cierto que hay casos excepcionales,
pero, hoy por hoy, no pueden constituir la norma.
ALGO ESTÁ
CAMBIANDO
Después
de este escueto diagnóstico, que deliberadamente
acentúa la visión más negativa
de este tema, creo que puede decirse que se está
produciendo un proceso de cambio muy notable.
Percibimos la existencia de muchos elementos que
nos lo indican. El mismo hecho de incluir una
conferencia de esta temática en el curso
presente es expresión de que existe una
preocupación creciente por estos temas.
Encontramos y podemos identificar muchas iniciativas
de alcance estatal, regional o local que buscan
la manera de activar, potenciar y, sobre todo,
valorar su patrimonio a través de diversas
estrategias que van más allá de
una correcta restauración y una bonita
y moderna musealización.
Podemos preguntarnos:
¿por qué se está produciendo un
auténtico replanteamiento del trato que
hay que dar a nuestro patrimonio?. ¿Por qué
estamos ante un proceso que pretende hacer más
comprensibles y educativos los bienes patrimoniales?.
Las razones pueden ser muchas. Algunas se derivan,
sin duda, de la propia demanda de lo que, desde
hace ya tiempo, forma parte de la actividad de
las escuelas y de los institutos: salir fuera
del aula para buscar elementos que, mediante la
vivencia directa y la observación, ayuden
al alumnado a un mejor aprendizaje del contenido
social y cultural de las disciplinas académicas.
Creo, sin embargo, que ésta no es una explicación
suficiente y hemos de buscar otras. En este sentido,
además de la indicada, se pueden señalar
tres posibles causas que explican las razones
del cambio que se está produciendo.
En primer
lugar: el ejemplo que nos aportan los
países más avanzados en estos temas.
Ciertamente, en la medida en que España
se está homologando progresivamente a los
países desarrollados, las realizaciones
que se han producido, y se están produciendo,
influyen en las iniciativas que se están
poniendo en marcha. Instalaciones patrimoniales
del Canadá, de ciertos países del
norte de Europa: las villas vikingas, la musealización
de barrios y elementos que consideramos arqueología
industrial en Gran Bretaña, yacimientos
como la Cueva del Aragó, en Francia, o
iniciativas de instituciones como las del British
Museum, del Museo de Historia de Berlín,
etc. constituyen modelos a imitar y son ya bien
conocidos por los que se preocupan de estos temas
en nuestro país. Todos ellos son referencias
para los responsables culturales que tienen que
tomar decisiones sobre las activaciones patrimoniales
o el remozamiento de las existentes y su función
social.
En segundo
lugar: la aparición de una nueva
sensibilidad que se expresa en el deseo de conservar,
adecuar nuestra riqueza patrimonial, y democratizar
el acceso a los bienes culturales. Efectivamente,
hay una indudable preocupación por estos
temas entre amplios sectores sociales y entre
las autoridades. Como ha ocurrido siempre, los
grupos profesionales más sensibles a esta
temática son los procedentes del ámbito
de la educación y de la cultura. Hoy, afortunadamente,
ya no son posibles las barbaridades que se produjeron
en la llamada época desarrollista de los
años sesenta y principio de los setenta.
Hoy --insisto: ¡afortunadamente!-- hay una mayor
cultura colectiva y una más alta y esmerada
sensibilidad social. Más de veinte años
de democracia no pasan en balde. Otra cosa es
que siempre se disponga de los recursos necesarios,
o que se encuentren los conocimientos museográficos
y didácticos más adecuados.
En tercer
lugar: el incremento de visitas a los
museos y a los conjuntos arqueológicos
y monumentales, utilizado como un indicador de
éxito. Efectivamente, la reciente introducción
de elementos y de estrategias más gerenciales
ha hecho que las direcciones de muchos museos
busquen la manera de atraer usuarios como forma
de justificar su eficacia. Podemos presentar muchos
ejemplos: las cenas y las veladas romanas en Mérida,
las noches en los museos en diversas instalaciones
de Barcelona, los happenings nocturnos del Museo
Salvador Dalí de Figueras, etc. En estos
casos, y en otros, los gestores organizan actividades
especiales, exposiciones temporales, etc., como
meras estrategias de marqueting para incitar y
estimular las visitas. Se buscan, insisto, indicadores
de éxito que se centren en el aumento del
número de visitantes. De este modo se justifican
las inversiones que se van haciendo o que se reclaman
de las autoridades culturales pertinentes. Y ello
conlleva, también, buscar nuevos planteamientos
museográficos y comunicativos.
En relación
con lo que acabo de decir, puede afirmarse que
el público escolar ha sido uno de los sectores
más buscado por parte de los gestores patrimoniales.
La razón es sencilla: los estudiantes --es
decir, las escuelas-- son uno de los públicos
potenciales más importantes por el número
de visitantes que aportan. Se trata de un público
relativamente cautivo --lo cual tiene sus ventajas
y sus inconvenientes--, que es un activo para
justificar y financiar las inversiones y el mantenimiento
de los servicios didácticos en los diversos
emplazamientos. Como ejemplo, señalar que
los alumnos de las escuelas e institutos, en los
últimos diez años, constituyen el
52% de los visitantes de los museos o yacimientos
musealizados de temática arqueológica
e histórica.
FACTORES
QUE PUEDEN MEJORAR LA FUNCIÓN EDUCATIVA
DE LAS INSTALACIONES PATRIMONIALES
Partiendo del
hecho que estamos en un momento en el que parece
que se está intentando rehacer y ampliar
nuestro parque de repertorios patrimoniales, y
que muchos de ellos buscan caminos para hacerlos
más comprensibles y socialmente valorados,
es preciso dedicar una parte de mi intervención
a explicar qué factores pueden hacer posible
estos objetivos. Así mismo, destacaré
cuáles han de ser las prioridades para
que el patrimonio tenga un papel importante en
la cultura del país y en la formación
y educación de nuestros escolares.
Para hacer comprensible
y pueda ser valorado el patrimonio cultural --nos
referimos aquí al etnológico, al
histórico, al arqueológico, al artístico,
al urbanístico, al monumental, etc.--,
se necesitan diversos factores, todos ellos importantes.
Son, entre otros, los siguientes:
- En primer lugar, una verdadera
voluntad política de potenciar el patrimonio,
orientando su tratamiento hacia la valoración
social y a su utilización en la educación.
- Dar prioridad a las estrategias
de difusión, sin dejar de lado la investigación
y la conservación.
- Adoptar nuevos planteamientos
museográficos de carácter moderno,
incorporando las nuevas técnicas y
las nuevas tecnologías para superar
la vitrina, la postal y el letrero explicativo.
- Un decidido planteamiento
que considere la didáctica, entendida
ésta como hilo conductor del aprendizaje,
como un elemento fundamental para orientar
la museografía, la difusión,
y la comunicación.
Trataremos, a
continuación, estos aspectos:
1. Sobre la voluntad
política poco hay que decir: la
hay o no la hay. Es una cuestión de sensibilidad,
de civilidad de los políticos y, como no
podría ser de otra manera, de disponibilidad
de recursos presupuestarios, aunque se pueden
buscar formas imaginativas de financiación
o de complementar la oficial. También hay
que señalar en este punto la imperiosa
urgencia de ampliar el concepto de patrimonio
--hasta ahora demasiado restringido-- para incluir
y activar otros elementos que pueden interesar
a una variada tipología de usuarios. Así,
los conjuntos urbanos, el arte popular, los oficios,
los lugares históricos, etc. pueden formar
parte de los nuevos repertorios patrimoniales.
Hay que pedir a los gobernantes que estén
a la altura de las circunstancias en un país
como el nuestro, que se está incorporando
a la Modernidad (con mayúscula) y al progreso
cultural según los patrones occidentales.
2. La opción
por la difusión --departamentos
de educación específicos o de difusión,
pensados para la educación y la extensión
social de los valores patrimoniales-- es primordial.
En los museos o emplazamientos tradicionales,
este aspecto siempre se ha considerado de segundo
orden. Lo que ha sido más potente y tradicional
en estas instalaciones es la conservación
--el cuerpo de conservadores ha sido el único
existente hasta hace relativamente poco-- y, en
menor medida, la investigación. Conservadores
e investigadores son, en la mayoría, de
estas instituciones el sector profesional hegemónico,
y sus visiones han marcando tradicionalmente la
orientación comunicativa del emplazamiento
o de la instalación. Pero, desde mi punto
de vista, una adecuada política museística,
encaminada a la potenciación de los bienes
patrimoniales, debe considerar en el mismo nivel
los tres aspectos: la conservación, la
investigación, y la difusión, potenciándola,
especialmente, con recursos suficientes y apoyo
institucional.
Potenciar la difusión
supone, en primer lugar, una concepción
según la cual, a la inversa de lo que se
hacía -y se viene haciendo en muchos casos-,
resaltar la importancia y consideración
del visitante por encima de las piezas conservadas.
En segundo lugar, implica la creación de
departamentos multidisciplinarios, con un papel
importante reservado para los especialistas en
didáctica patrimonial. En tercer lugar,
dichos departamentos deben disponer de recursos
suficientes para actuar en la formación
del profesorado y para crear materiales de calidad
para: antes de la visita, para la visita y para
después de la visita; se tiene que superar
el típico folleto explicativo o el soso
"cuadernillo de observación".
En resumen, los
planteamientos museográficos deben tener
en cuenta, de manera obligada, cuáles son
las necesidades y las demandas de los usuarios,
de los que son parte escogida, y muy significativa,
los estudiantes de los diversos niveles educativos.
Y ello para crear las estrategias comunicativas
más adecuadas. Todo esto supone desplegar
distintas actuaciones; en primer lugar, elaborar
estudios de las tipologías de usuarios;
en segundo lugar, establecer las estrategias de
visitas adaptadas y diferenciadas para cada grupo;
en tercer lugar, ofrecer actividades a públicos
con intereses concretos --el de los escolares
es uno de ellos, y no todos los niveles escolares
tienen los mismos-- . Pero debe tenerse en cuenta
una premisa general: relativizar el criterio únicamente
cuantitativo para identificar el éxito
--es decir: más visitantes igual a más
éxito--, sustituyéndolo por la calidad
de la visita, es decir, por su valor educativo
y formativo. Un elemento clave en este objetivo
radica en valorar los índices de satisfacción
de los usuarios como expresión de la calidad.
3. El tercer factor
que hemos considerado consiste en renovar
las estrategias museográficas
de las instalaciones del patrimonio cultural para
hacerlas útiles a la educación.
Las nuevas tendencias de la musealización
nos han venido por influencia de los museos de
la ciencia. Es el caso de la Villete, de Futuroscope,
del Golden Gate (Exploratorium) o del Museu de
la Ciència de Barcelona, etc.. Estas instalaciones,
y otras, han supuesto la creación de un
nuevo concepto de museo. Todos los ejemplos citados
se caracterizan por tener unos rasgos comunes:
el referente es siempre el futuro; los espacios
interactivos son predominantes; nos muestran cómo
funciona la técnica o los principios científicos;
y transmiten valores como: el valor de la ciencia
para resolver problemas diversos, la sostenibilidad
y equilibrio de lo que es natural, y el optimismo
ante el crecimiento del conocimiento.
Los museos o emplazamientos
culturales --mucho más antiguos en el tiempo--
ofrecen, aún, una visión muy diferente,
posiblemente debida a la sacralización
que se tiene de los objetos o de los elementos
que se exponen. En su mayoría, se trata
de museos-escaparate en los que se exponen restos
del pasado, pinturas, ollas, piedras o pequeños
muros que dicen muy poco al visitante no iniciado.
Ahora bien, son intocables y preciosos por el
sólo hecho de ser antiguos, independientemente
de su valor artístico o de su función
actual, y no transmiten más valor que la
exaltación del pasado. En el mejor de los
casos, están bien situados, bien iluminados,
bien contextualizados, y están acompañados
de un correcto letrero explicativo.
Pero este modelo,
que satisface a un público nada menospreciable,
que podríamos calificar de relativamente
culto, puede no satisfacer a la mayoría
de otros sectores de usuarios potenciales. Existe
una competencia lúdica cada vez más
numerosa, y los emplazamientos corren el riesgo
de ser percibidos por los jóvenes como
espacios aburridos, que sólo gustan a los
maestros, o a los eruditos y, sobre todo, a aquellos
que podríamos calificar de obsesos por
la cultura.
Es importante,
que la mayoría del público, y sobre
todo, el publico más joven, identifique
los museos y otras instalaciones patrimoniales
como espacios amables, atractivos, dónde
pueda moverse y aprender de manera autónoma,
y lo más lúdica posible.
Eso supone establecer unas estrategias museográficas
que incorporen nuevos medios de comunicación
y diseño, elementos interactivos, uso de
las nuevas tecnologías, e incluso la adaptación
de algunas estrategias publicitarias en los recorridos
y en la creación de los ambientes.
Una renovación
de las estrategias conlleva superar una museografía
simplemente expositiva, donde la prioridad es
mostrar el resultado del trabajo del investigador,
eso sí, bien colocado y catalogado por
el conservador. Supone superar también
el modelo de visita donde lo único que
se puede hacer es mirar y leer. El usuario ha
de tener la posibilidad de hacer cosas, de manipular,
de buscar, de resolver enigmas, y de construir
conocimientos. Estas cosas son posibles y se están
haciendo, ya que disponemos de lo que podríamos
llamar una ingeniería cultural importante.
Renovar las estrategias museográficas implica
hacer de los bienes patrimoniales objetos de deseo
para la mayor parte de la ciudadanía y,
por descontado, para los estudiantes.
4. Por último,
el cuarto factor que trataremos, es la urgencia
por dotar de un planteamiento didáctico
a la utilización escolar del patrimonio.
Una parte de las estrategias de la difusión,
como ya he señalado, deberán orientarse
hacia la educación, buscando la calidad
didáctica de las visitas. Esto supone la
determinación de unas recomendaciones e,
incluso, de unos requisitos para poder considerar
la instalación, o lo que contiene, como
recurso didáctico. Algunos de los elementos
que se tendrían que tener en cuenta se
basan en un punto fundamental: el propio planteamiento
del concepto patrimonial y la orientación
que se le quiere dar.
El concepto de
patrimonio no se tratará en esta intervención.
Tan sólo indicar que la actuación
sobre el patrimonio no es aséptica, ni
está solamente en manos de los expertos
y de los técnicos en museística.
Generalmente, tiene su punto de arranque en políticas
culturales que pretenden expresar los rasgos identitarios
de acuerdo con una determinada visión de
la realidad. Dicho de otra forma, la activación
patrimonial y, como consecuencia, lo que social
y culturalmente es consensuado como patrimonio
es una forma de expresión ideológica
de las distintas posturas político-sociales,
lo que no niega que entre estas diversas posiciones
existan franjas de acuerdo y consenso, en las
que se concentra la unanimidad social y en las
que los referentes simbólicos son aceptados,
aunque con posibles versiones diferentes.
Como consecuencia
de lo dicho, un discurso correcto y conveniente
para la utilización educativa de los bienes
patrimoniales será aquel que esté
en concordancia con los principios de racionalidad,
visión crítica de los hechos sociales.
Deberá producir un conocimiento lo más
coincidente posible con los resultados que sobre
la historia y la sociedad producen las ciencias
humanas. Este último aspecto implica
decodificar y, por lo tanto, desvelar la significación
simbólica que la sociedad actual está
otorgando al bien patrimonial en cuestión.
Respecto a la
orientación que debe darse al uso didáctico
de los bienes patrimoniales, no deberá
darse una imagen estática o acabada del
pasado. La correcta utilización del patrimonio
para la educación, posibilita propuestas
más interesantes y significativas para
los alumnos. Es posible, a través de la
utilización patrimonial, hacer revivir
el pasado a los estudiantes, conseguir que se
emocionen ante él, y disfrutar del gusto
por descubrir y por entender cosas llenas de razones
y de vida. Y ello, como hemos señalado,
sin mitificar, sobrevalorar, o hacer chauvinismo
local o regional.
Los bienes patrimoniales
permiten simular cómo se ha llevado a término
la investigación histórica que nos
informa de la pieza o del monumento, cómo
se contextualiza en la sociedad en la que surgió.
Desde una torre medieval, una iglesia, un cañón,
una herramienta de trabajo, un instrumento de
cualquier profesión, una obra de arte,
un enterramiento, etc, es posible introducir al
visitante (y si es un escolar, mucho mejor) en
el método y la técnica que se ha
utilizado para poder decir aquello que sabe el
conservador y el investigador. Hay profesionales
que consideran que la historia, entendida como
proceso científico, sólo puede estar
al alcance de los historiadores, ya que sólo
éstos pueden enfrentarse con las fuentes
del pasado. Según esto, no conciben que
un niño, un adolescente o un simple visitante
pueda extraer conclusiones por sí mismo
de los restos del pasado. La didáctica
de la historia nos demuestra todo lo contrario.
Negar el tratamiento didáctico
de la utilización del patrimonio, en la
orientación que defiendo, supone negar
la curiosidad del público, menospreciar
el pensamiento crítico de los adolescentes,
tutelar el discurso ideológico y, en definitiva,
negar la posibilidad de acceder a la construcción
orientada de una interpretación del pasado
en los ámbitos escolares.
La visión
tradicional, que entendemos ya superada, supone
una museografía de carácter pasivo,
donde se da prioridad a los resultados de los
trabajos del científico, y donde el visitante
sólo tiene la opción de leer o no
leer, de creerse o no creerse el contenido del
mensaje preestablecido.
En contra de
esta visión, creemos que, si se quiere
captar el interés de los adolescentes por
la historia y sus contenidos a través de
los vestigios del pasado, es necesario introducirlos
en la metodología de análisis histórico.
Por lo tanto, se han de seguir procedimientos
semejantes a los que utilizan los museos de la
ciencia, en la medida que el objetivo no es sólo
mostrar los resultados de la investigación
científica, sino introducir al
visitante en el conocimiento y en la práctica
de los métodos y técnicas de la
propia ciencia.
En el museo,
en el yacimiento arqueológico, en el barrio
histórico, etc. el visitante, sea adolescente
o no, debe poder encontrar las fuentes más
interesantes o estimulantes para él, descubrir
los enigmas del pasado, aprender las claves de
interpretación, aprender a formular los
juicios críticos sobre los testimonios
que nos han quedado y, en definitiva, hacerse
una imagen propia del pasado, que él mismo,
con la ayuda de todo el planteamiento que he señalado,
ha construido. Todo ello supone una museografía,
una manera nueva de diseñar los museos,
los yacimientos arqueológicos y los conjuntos
patrimoniales que contemplen de manera fundamental
los planteamientos didácticos.
Introducir al
visitante en este proceso implica adoptar un nuevo
estilo de considerar la acción del patrimonio.
Supone transformarlo en instrumento real
del aprendizaje y, por lo tanto, del conocimiento,
que no se debe confundir con la exclusiva información.
El modelo que se propone dispone de un elemento
clave: centrar la línea
de acción didáctica en el
saber hacer, en todo aquel conjunto de
aprendizajes de tipo metodológico y técnico,
que son tan necesarios para la investigación
histórica. Con esta opción, no pretendemos
dejar de lado ni menospreciar la contemplación
o la visión pasiva de lo que se muestra,
pero no será esta la prioridad para la
utilización escolar, quizá sí
para otros estilos de visita.
Así pues,
de la misma manera que en su momento, el Museo
de la Ciencia de San Francisco introdujo una nueva
manera de vivir la visita, se puede pensar que
los museos y otras instalaciones patrimoniales
con contenidos históricos introduzcan una
nueva manera de concebir el mundo de estas disciplinas;
esta nueva manera debería centrarse en
el aprendizaje de los conceptos, de los métodos
y de las técnicas relacionadas con la interpretación
y descodificación de los hechos, situaciones
y procesos que conciernen a la investigación
histórica y sus principales hallazgos.
Estas propuestas
deben acompañarse de un componente de tipo
lúdico. Cuando decimos lúdico no
queremos decir folklórico, en el sentido
peyorativo de la palabra, ni poco riguroso. Todo
contenido trabajado en un entorno de aburrimiento
tiende a dificultar la construcción de
un conocimiento válido para el escolar.
La base del esfuerzo exige el deseo de saber,
la motivación. El componente lúdico
es una buena y probada estrategia y ha sido utilizado
de manera bastante generalizada en el ámbito
de las ciencias experimentales, pero no ha tenido
el mismo eco en el campo de la historia. Introducir
esta dinámica de carácter lúdico
permitiría que vivan, desde una instalación
cultural, una experiencia interesante, motivadora,
enriquecedora y, ¿por qué no?, también
divertida.
El cambio hacia
un mejor tratamiento escolar del patrimonio ya
se está produciendo, pero no debe suponer
sólo la posibilidad de aumentar el número
de visitantes en las instalaciones. Deberíamos
plantear, no sólo cuantos van, sino cómo
van y que obtienen de las visitas. No
debería hacerse una opción únicamente
cuantitativa, sino que se debería tener
como prioridad la dimensión cualitativa.
Y esta visión se debería configurar
como un indicador de calidad y, por lo tanto,
de éxito. Se debe plantear la
visita de los escolares al yacimiento, al monumento
o al museo, de manera didácticamente correcta,
lo cual quiere decir que el uso que harán
de la instalación ha de encaminarse para
su educación y para su formación
personal y civil.
Como reflexión
final, hay que decir que el patrimonio cultural,
debidamente comunicado, deberá ser un elemento
clave para la formación integral de la
persona, para su desarrollo emocional y como elemento
propiciador de la interacción y cohesión
social. Junto a esto, los usuarios deberán
ser conscientes de la función ideológica
que ejerce la activación patrimonial en
el seno de nuestra una sociedad.
NOTA
1. .-Este
escrito constituye el texto de la conferencia
pronunciada en el ICE de la Universidad de Zaragoza
en el marco de los cursos organizados por esta
institución dirigidos al profesorado de
Educación Secundaria. Su carácter
de ponencia elude todo aparato de referencias
propias de un artículo. No obstante, las
ideas contenidas en esta intervención están
basadas en una serie de publicaciones, que se
citan a continuación, y en las reflexiones
de su autor sobre este tema.
Bibliografía:
Mikel ASENSIO
y Elena POL. Cuando la mente va al museo: un enfoque
cognitivo-receptivo de los estudios de público"
en Actas de las Jornadas de DEACs. Jaén:
Diputación Provincial. 1996 Mikel ASENSIO
y Elena POL. "¿Siguen siendo los dioramas una
alternativa efectiva de montaje?. En: Ambar.
Revista de Museología, núm
8. 1996 Llorenç
PRATS. Antropología y patrimonio.
Barcelona: Ariel, 1997 Joaquim PRATS.
"El Patrimoni al servei de l'educació de
la ciutadania" en: Barcelona Educació.
Núm.10. Gener-Abril de 1999 Joaquim PRATS
y Antonia HERNÁNDEZ. "Educación
para la valoración y conservación
del patrimonio" en: Institut d'Educació
de l'Ajuntament de Barcelona. Por una ciudad
comprometida con la educación. Barcelona:
Ajuntament de Barcelona. 1999 Joan SANTACANA
"Museos, ¿al servicio de quién" en: Iber
Didáctica de las Ciencias Sociales, geografía
e Historia. Núm. 15 Enero 1998 |