SOCIEDAD,
PATRIMONIO Y ENSEÑANZA. Estrategias para
el siglo XXI.
Dr.
Francesc Xavier Hernández Cardona.
Departamento de Didáctica de las Ciencias
Sociales.
Universidad de Barcelona.
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Índice
TIEMPOS
DE CAMBIO. LA SOCIEDAD POSTINDUSTRIAL
La historia
de la humanidad y los ritmos de continuidad y
cambio han venido marcados por los cambios tecnológicos.
El avance de la tecnología fue lento, se
necesitaron centenares de milenios para que los
humanos desarrollaran las tecnologías líticas
de la prehistoria. Durante el de Neolítico,
hace apenas diez mil años, se experimentó
la primera gran revolución tecnológica
que condujo al desarrollo de la agricultura, la
ganadería y el urbanismo, y al florecimiento
de las más diversas civilizaciones. El
desarrollo tecnológico recibió un
impulso fundamental en el marco de la antigua
Grecia que conoció el despuntar del espíritu
científico. Después de un desarrollo
desigual ese espíritu científico
volvió a cuajar en época del Renacimiento,
y se consolidó definitivamente en el marco
de la revolución científica y tecnológica
de los siglos XVII y XVIII, cuando la modernidad
ilustrada impuso su lógica en el desarrollo
de la ciencia, del pensamiento y de las formas
de relación políticas. A partir
de ese momento el desarrollo tecnológico,
y también científico experimentó
un ritmo de cambio trepidante, y debe tenerse
en cuenta que un cambio tecnológico y científico
no sólo se fundamenta en su propia lógica
interna, sino también en el contexto cultural
de una determinada sociedad que lo posibilite
o estimule. En ese sentido, la Europa de la modernidad
ilustrada fue capaz de organizar un sistema socio
político congruente con la posibilidad
de cambio tecno-científico. Esta lógica
se acabó concretando en la revolución
industrial que, al ritmo de la implantación
de la máquina de vapor, cambió vertiginosamente
el panorama europeo en menos de 50 años,
a mediados y finales del siglo XIX. La revolución
industrial, que condujo a sociedades industriales,
modernas y democráticas, en algunos lugares
del planeta, tuvo su continuidad en el impulso
que provocaron nuevas energías. Así
el desarrollo de la tecnología vinculada
a la electricidad fue determinante a lo largo
del siglo XX.
Tras la II
Guerra Mundial, las sociedades europeas desarrolladas
alcanzaron importante los niveles de confort y
desarrollo en el marco, todavía, de la
revolución industrial. Es en la década
de 1970 que comienzan a pulsarse los síntomas
de un nuevo cambio que acabaría conduciendo
a lo que serían las sociedades pos-tindustriales
o sociedades de la información o comunicación.
Esta nueva
revolución se desarrolló a partir
de tres ejes principales: la cibernética/informática,
la ingeniería genética, y los nuevos
medios de comunicación de masas, vinculados
a su vez a la informática y la electrónica.
El impacto de estas tres áreas tecnológicas
sobre el desarrollo tecno-científico fue
sencillamente impresionante. En los países
desarrollados las personas pudieron disponer de
una tecnología que les posibilitaba un
alto confort y calidad de vida, y mejorar sensiblemente
sus opciones de vida, asegurando una longevidad
alta, una mortalidad infantil de baja y una gran
capacidad para mitigar los efectos de enfermedades,
traumatismos, dolencias y agresiones diversas
sobre los cuerpos humanos. La interacción
entre los distintos campos tecnológicos
y científicos comportó un ritmo
de cambio extraordinario que se evidenciaba en
las nuevas opciones y tecnologías accesibles
a los humanos.
Es precisamente
en esta situación que la sensación
de cambio se hace patente por primera vez en las
generaciones humanas de una manera totalmente
evidente. En efecto durante siglos los humanos
apenas habían tenido la percepción
de que las cosas cambiaban. Es evidente que las
personas de la prehistoria , del mundo antiguo
y medieval conocían cambios irrelevantes
en cuanto a tecnología a lo largo de su
vida. Un ciudadano romano apenas veía a
variar las máquinas, los vestidos y los
estilos de vida entre su niñez y vejez.
Es más, griegos y romanos desconocían
los conceptos de cambio histórico y progreso,
más bien consideraban que sus mundos eran
la degeneración de un anterior período
de plenitud del género humano. En Cualquier
caso, no deben confundirse las ideas de cambio
con progreso . El factor o los factores de continuidad
-cambio están presentes siempre, mientras
que el progreso implica creer que esos cambios
son positivos para la especie humana, total o
parcialmente. Por supuesto el progreso es una
idea indemostrable y se puede creer en el o no,
y eso es un tema o problemática particular
y opinable. Cabe destacar sin embargo que la idea
de progreso adquirió importancia durante
la revolución industrial del siglo XIX
cuando se creía que la ciencia sería
capaz de resolver o abordar el todo.
Como hemos
indicado, la percepción del cambio, y del
progreso empieza a variar durante el siglo XIX.
La revolución industrial supone un corte
importantísimo en la cultura la mentalidad
y las condiciones de vida cotidiana de las personas.
Centenares de miles de personas abandonan el campo
y se trasladan a las ciudades. Nuevos barrios
populosos, los suburbios obreros, se levantan
en las ciudades más dinámicas. Nuevas
clases sociales como la burguesía industrial
y el proletariado se convierten en el sujeto de
la historia. Los cambios son extraordinarios,
las sociedades rurales ceden protagonismo a las
modernas sociedades urbanas. Por primera vez en
la historia, muchas personas se dan cuenta que
las cosas cambian, que sus estilos de vida se
transforman, que la tecnología y maquinaria
a su alcance varía sustancialmente en pocos
años. Esta sensación se corrige
y aumenta a lo largo de todo el siglo XX y alcanza
el paroxismo en el último cuarto del siglo
pasado.
El desarrollo
y crecimiento tecnológico a finales del
siglo XX es extraordinario, prácticamente
exponencial. Sin embargo la evolución del
pensamiento institucional, es decir de las leyes,
las mentalidades y la reflexión de las
sociedades sobre sí mismas es mucho más
lento. Ello produce un fenómeno importante
ya que la distancia o separación entre
el punto de desarrollo tecno-científico
y el de desarrollo del pensamiento institucional
corren el riesgo de aumentar y distanciarse. Por
decirlo de otra manera, el pensamiento no va tan
rápido como la tecnología. Es como
si la tecnología avanzará en progresión
geométrica mientras que el pensamiento
institucional lo hiciera en progresión
aritmética. Esta distancia o disfunción
provoca rupturas y crisis mentales importantes.
Las personas, que en última instancia no
son más que primates más o menos
evolucionados, que mantienen su estatus sobre
el planeta a partir de la transmisión cultural
generacional se ven con dificultades para encajar
las situaciones de cambio dentro de sus esquemas
ideáticos. Ello implica importantes crisis
de valores y de estilo de civilización
entre las personas de finales del siglo XX y principios
del XXI. Estructuras ideológicas y organizativas
que se habían mantenido incólumes
durante los siglos XVIII y XIX, como la familia
saltaban despedazadas en los contextos de cambio.
Tal crisis de valores se intentará mitigar
potenciando la dimensión educativa de los
sistemas de enseñanza.
Revolución
tecnológica y cambio social e ideológico
coincidirán propiciando y preparando el
terreno de la nueva sociedad post-industrial que,
en los países desarrollados, se caracterizará
en sus prolegómenos por una amplio desarrollo
de las libertades individuales y por la consecución
de un alto nivel de equidad en cuanto a derechos
y deberes.
Como hemos
indicado los motores del cambio son las nuevas
tecnologías. La cibernética o informática
se desarrolla lentamente después de la
II Guerra Mundial, pero en pocas décadas
conoce fuertes tirones. La revolución de
la masificación de sus usos se precipitó
en la década de los 70 y los 80. Es a partir
de la década de los 90 cuando su generalización
se extiende a amplios sectores de la población
del planeta. En ese momento es cuando se vinculan
las posibilidades de comunicación que ofrece
la informática a las posibilidades de las
redes telefónicas, y ello produce una auténtica
revolución en todos los sentidos incluido
el de las mentalidades y sistemas ideáticos
dominantes. Con la masificación de internet
en los 90 la información y la comunicación
ganaron en equidad. En cualquier caso las aplicaciones
de la informática fueron determinantes
en todo el sistema productivo y incidieron principalmente
en la automatización de los procesos de
producción. En efecto, la informática
y la robótica simplificaron de manera determinante
las actividades económicas en todos los
sentidos. Durante milenios los esfuerzos principales
de los humanos se había encaminado prioritariamente
a conseguir elementos comestibles. Miles de personas
se habían dedicado conseguir grano, vino,
aceite , etc., para asegurar la subsistencia y
eso era lo más prioritario e importante.
En el marco de la revolución industrial
se habían experimentado los primeros cambios,
en aquel momento y gracias a la maquinización
y mecanización algunos trabajos del campo
se simplificaron notablemente. Pero lo que tipificó
la nueva revolución del vapor fue que miles
de personas se dedicaron a producir objetos y
bienes de consumo tangibles: telas de algodón,
picos de hierro, molinillos de café, cucharas,
lámparas... que en su conjunto facilitaban
la vida de las personas. Así la revolución
neolítica se centró en la producción
de alimentos y la revolución industrial
comportó la producción y de socialización
de los más diversos objetos al servicio
del confort humano. En el marco de la revolución
post-industrial tanto los procesos vinculados
a la agricultura y la ganadería como los
vinculados a la producción de objetos de
consumo se simplifican. Gracias a las nuevas tecnologías
se necesitan muy pocas personas para producir
aquello que durante siglos había obsesionado
a la humanidad: alimentos y objetos de confort.
En consecuencia las sociedades post-industriales,
se caracterizan por una escasa ocupación
en lo que se ha denominado sectores primario y
secundario; tomando importancia el sector de servicios
o terciario. El impacto de la ingeniería
genética combinado con el de la informática
resultó determinante en el replanteamiento
de las actividades agropecuarias. Igualmente la
proliferación de nuevos materiales, en
combinación con las técnicas de
robótica y de automatización, fueron
determinantes en el replanteamiento del sector
secundario. Evidentemente Las nuevas tecnologías
también impactaron en el llamado sector
terciario o de servicios, muchas de sus funciones
se simplificaron y crecieron, y en este sentido
es representativo como ejemplo el caso de los
banqueros automáticos que ahorraron o liquidaron
en una extraordinaria cantidad de mano de obra.
Sin embargo las posibilidades de crecimiento del
cajón desastre del sector terciario eran
prácticamente ilimitadas. Como hemos señalado
y durante milenios los humanos habían orientado
a sus esfuerzos a conseguir alimentos, objetos
o máquinas, pero ahora podían dedicarse
también a intentar adquirir servicios,
experiencias singulares y situaciones de satisfacción,
confort y felicidad que colmaran sus expectativas.
Las posibilidades de crecimiento en esa dinámica
eran prácticamente ilimitadas. El siglo
XXI comenzaba tipificado por la compra-venta de
servicios, las extraordinarias posibilidades de
acceso a la información y el desarrollo
espectacular del sector biomédico puesto
al servicio de la optimización de las funciones
y duración de los cuerpos humanos.
Todo ese
proceso, como hemos indicado, no se daba de manera
homogénea en todo el planeta. La revolución
tecnológica, a principios del siglo XXI,
no disminuye las desigualdades entre países,
sociedades y áreas del planeta, sino que
más bien contribuirá a aumentar
las. En el marco de la globalización de
la economía los países ricos fueron
aumentado en su riqueza y los pobres mantenían
o aumentaban su pobreza relativa. Tal situación
evidentemente era problemática por los
peligros que suponía para el desarrollo
sostenido del "progreso" del planeta
Por otra
parte la revolución tecnológica
no sólo produciría desequilibrios
entre países pobres y países ricos.
En el seno de las sociedades desarrolladas también
aparecían fenómenos importantes
de pobreza, mitigados parcialmente por la opulencia
del desarrollo. Sin embargo la crisis en cuanto
a necesidad de mano de obra se dejaba sentir inexorablemente.
En efecto las fábricas que habían
ocupado a centenares de miles de proletarios desaparecían
y por descontado la población ocupada en
la agricultura, ganadería o pesca también
disminuía hasta alcanzar cotas mínimas.
La revolución
tecnológica propiciaba un paro estructural.
Pero también producía un ocio estructural
que cada vez adquiría mayor importancia.
A principios del siglo XX costó durísimos
esfuerzos sindicales conseguir la jornada de las
ocho horas. En España ello no se logró,
de manera generalizada, hasta 1919 cuando tras
la organizada huelga de "La Canadiense"
en Cataluña; el gobierno se vio obligado
a ceder ante la presión obrera. A finales
del siglo XX la generalización de los sábados
y domingos como días festivos era una realidad,
y en muchos países la semana de las 35
horas sustituía a la de 40 horas, y se
convertía en una realidad al alcance.
En los países
desarrollados, y en el contexto de revolución
post-industrial, el ocio adquiría cada
vez mayor importancia. Los ciudadanos que disfrutaban
de las secuelas del Estado del bienestar disponían
de ingresos regulares y de mucho tiempo libre,
que podían usar en beneficio del propio
cultivo. Precisamente en ese marco el sector terciario,
de la comunicación, y de la cultura en
general creció espectacularmente. Este
nuevo cambio trepidante se sostenía también
en la revolución de la comunicación
fundamentada en la expansión de los medios
de comunicación de masas y en la redes
de internet. Miles de ciudadanos disponían
de tiempo libre y de recursos económicos
para adquirir servicios, saberes y conocimientos
en los cuales fundamentar su felicidad.
En este entorno
la cultura se convirtió en un complejo
industrial, y la expansión de la cultura
venía reforzada por las enormes posibilidades
de comunicación y por la posibilidad de
disfrutar el ocio. Así pues, el siglo XXI,
se iniciaba en los países desarrollados
con una clara tendencia a la nueva revolución
cultural y al acceso masivo a la cultura por parte
de millones de ciudadanos. La conciencia de que
parte de la felicidad se fundamentaba en el conocimiento
espoleaba notablemente los deseos de acceso a
la cultura. La cultura entraba en las estructuras
de mercado y era objeto de oferta y demanda, de
compra y venta. Este proceso fue definido en algunos
medios como de masificación de la cultura;
sin embargo parece más correcto definirlo
como de democratización de la cultura,
en el sentido que nunca antes en toda la historia
de la humanidad tantos humanos habían tenido
tantas posibilidades de acceder al conocimiento.
La revolución
en los medios de transporte facilitada por la
progresiva socialización y mejora, a lo
largo del siglo XX, del automóvil; así
como la potenciación de la aviación
y los trenes de alta velocidad facilitaron igualmente
un nuevo fenómeno que se incardinó
en el proceso: el turismo. A principios del siglo
XXI el turismo movía a centenares de millones
de personas que se desplazaban de un lado a otro
del planeta, y también existía a
escalas geográficas menores el denominado
turismo regional. El objeto de ese turismo tenía
objetivos diversos, sin embargo el turismo cultural,
es decir el descubrimiento de los elementos de
personalidad de una determinada comunidad o lugar
tenía mucha importancia. Este turismo cultural
se fundamentaba principalmente en el patrimonio
y en los espacios de presentación y conservación
del patrimonio, como son los museos y otras instalaciones
culturales.
La demanda
creciente del turismo cultural ha actuado como
un acicate para que determinadas comunidades y
gobiernos consideren el patrimonio como una fuente
de recursos, en función de su capacidad
para atraer turismo cultural de calidad. Así
a finales del siglo XX estados como Francia habían
iniciado una auténtica cultura de turismo
de calidad sobre la cual se fundamentaban, en
buena medida, las esperanzas de reconversión
económica en diferentes regiones del país.
Contrariamente otros países como Italia,
Grecia o España, a pesar de sus enormes
potencialidades en el campo del patrimonio, continuaban
sin desarrollar una política pragmática
tendente a explotarlo y entenderlo en clave económica.
Naturalmente el turismo cultural se incardina
poderosamente en la sociedad del ocio y de la
cultura, convirtiéndose en uno de los pilares
fundamentales de la integración de la cultura
en el mercado.
El tránsito
hacia la sociedad post-industrial se ha venido
caracterizando por la proliferación, e
invención, de las más diversas actividades,
oficios y servicios en el ámbito del sector
terciario. La entrada de la cultura en los mercados
ha propiciado la aparición de nuevas profesiones
vinculadas a ese sector económico en crecimiento.
Así pues empresas de servicios culturales,
de turismo, de monitores, de guías, de
espectáculos, de deportes de aventura,
etc. han proliferado constituyendo un importante
i próspero entorno económico.
Las diversas
ofertas culturales son consumidas por los más
diversos sectores de la población, y entre
los públicos cabe señalar la emergencia
de dos sectores importantes. Por un lado los usuarios
de la llamada "tercera edad" muy numerosa
en los países desarrollados que cuentan
con una esperanza de vida alta gracias a la revolución
biomédica. Cada vez más las personas
maduras constituyen un segmento de usuarios importante
en el campo de la cultura y del turismo cultural.
También el sector de la enseñanza,
con todas sus actividades periféricas en
el campo de la enseñanza no formal, tiene
un papel importante en el consumo de la cultura,
y constituye un segmento de usuarios importantísimo.
Naturalmente el turismo cultural escolar siempre
ha tenido peso y lo continua manteniendo, e incluso
aumenta su importancia y expectativas. Pero el
consumo de cultura, turismo cultural, patrimonio,
historia... no se explica solamente por el auge
de nuevos sectores, prácticamente todas
las capas de la sociedad consumen, y en aumento,
cultura. Como indicaremos más adelante
ello ha supuesto lo que podríamos denominar
un cambio de paradigma. Hasta el momento el uso
y disfrute de la cultura había estado reducido
a la burguesía, a algunos sectores de las
clases medias o a una minoría de la población
ilustrada. Por decirlo de otra manera, el acceso
a la cultura era una cuestión de élite.
Las élites burguesas que accedían
a la cultura, y a los diversos espacios donde
ésta se ubicaba, contaban con preparación
suficiente para interpretar y procesar los elementos
que se les comunicaban, mostraban o exponían.
Esa tradición acabó en la lógica
de que lo importante, lo que se debía tener
en cuenta en los espacios de presentación
del patrimonio, museos, etc. eran los criterios
estéticos, ya que los criterios de comprensión
no preocupaban. Sin embargo la democratización
de la cultura, y la llegada masiva de personas
a los centros y equipamientos culturales, ha exigido
que el factor de comprensión o didáctico
adquiera importancia, es decir que cualquier persona
entienda, intérprete y sea capaz de integrar
en sus esquemas aquellos conocimientos o valores
que se muestran o transmiten en los espacios culturales.
A lo largo
de las décadas de 1970 y 1980 centenares
de miles de ciudadanos europeos y de países
desarrollados comenzaron a frecuentar los museos,
monumentos, exposiciones y espacios culturales
diversos. Ello provocó una crisis en tanto
en cuanto que dichos espacios no estaban preparados
para que personas sin suficientes conocimientos
previos pudieran optimizar sus visitas. En este
contexto la museografía comprensiva o didáctica,
es decir aquella que se fundamenta en la necesidad
de hacer comprender y contextualizar el objeto
de estudio al visitante, o por decirlo de otra
manera hacerlo "significativo", se reveló
como una necesidad frente a las opciones museográficas
estrictamente estéticas basadas en el diseño.
Se exigía por tanto una revolución
didáctica en museografía para satisfacer
nuevas demandas de la sociedad y la escuela.
LOS MUSEOS.
EXPOSICIÓN DE TROFEOS.
La percepción
y valoración del patrimonio por parte de
los humanos ha variado a lo largo de los siglos.
De hecho la misma palabra patrimonio es polisémica
y susceptible de diversas interpretaciones. Sin
embargo podríamos argumentar que el patrimonio
lo es en tanto en cuanto que una sociedad lo reconoce
como tal, y que es una parte material o inmaterial
de su pasado, cultura o herencia de civilización,
que otorga una determinada personalidad colectiva.
Probablemente la concepción de patrimonio
se desarrolló a la par que las antiguas
civilizaciones. Parece que sumerios, egipcios,
babilonios, etc. se preocuparon por los monumentos
del pasado que formaban parte de su presente.
Por descontado en el mundo clásico el conocimiento
de la historia y el patrimonio, así como
la valoración de los monumentos era una
realidad. Historiadores, viajeros y geógrafos
greco-romanos recorrieron amplios espacios del
mundo conocido en su tiempo, disfrutando e identificando
los más diversos elementos patrimoniales.
Basta recordar que el mundo helenístico
se preocupó por definir las siete maravillas
del mundo, lo cual no fue más que un primer
intento de definir el catálogo de realizaciones
más importantes de la humanidad y del patrimonio
de la misma. Por lo que se refiere al "museo"
debemos recordar que la palabra evocaba el espacio
donde se reunían las musas para discutir
y ejercer sus artes. En esta perspectiva el "museo"
era un espacio abierto de cultura, y de práctica
del debate.
Las primeras
colecciones sistemáticas las reunieron
los romanos que se apresuraron a recoger estatuaria
griega para coleccionarla con pasión. Ya
en tiempos de los romanos determinados elementos
del patrimonio se relacionaron con el concepto
"trofeo". A menudo lo romanos trasladaron
hasta los templos de sus ciudades piezas, objetos,
armas de pueblos a los que habían vencido.
Esta tradición de recoger y exponer trofeos
en espacios culturales o museos se ha mantenido
prácticamente hasta nuestros días.
Así cuando lo romanos ocuparon Siracusa
trasladaron el analema de dicha ciudad a Roma,
y con estupor comprobaron que no funcionaba en
su nueva instalación ya que la posición
con respecto al Sol era, obviamente, diferente.
Cabe destacar también que tras una campaña
victoriosa los cesares organizaban grandes desfiles
y mostraban los trofeos que eran, precisamente,
carros con una columna central en la cual se exponían
las enseñas del enemigo, y a veces los
propios caudillos enemigos capturados.
Esta tradición
de capturar los elementos emblemáticos
de otra cultura y trasladarlos al propio territorio
fue, desde entonces, una constante en la historia
de la humanidad. A partir de la Edad Media los
sucesos de este tipo fueron continuos. Cuando
Almazor conquistó Santiago tomó
sus campanas con las cuales hizo construir lamparillas
votivas para la mezquita de Córdoba. Cuando
Francisco I fue derrotado en la batalla de Pavía
, Carlos V le arrebató su espada que quedó
depositada en el Escorial. En 1808 Murat se apresuró,
a su vez, en recogerla del Escorial y devolverla
a París.
A lo largo
del siglo diecinueve las principales potencias
imperialistas, y sobre todo el Reino Unido y Francia
construyeron grandes museos en base a las piezas
de los territorios que dominaban sus ejércitos.
La grandeza del Imperio Británico y la
potencia de la República Francesa también
se medía por la cantidad de piezas acumuladas
en sus museos. Las salas mostraban como sus estados
eran capaces de dominar amplias zonas del mundo
y traer hasta la metrópoli piezas codiciadas
y emblemáticas de otras culturas. Algunos
poderes, como el Vaticano, consiguieron reunir
también ingentes tesoros en sus museos,
pero en este caso no fueron conseguidos por la
fuerza de las bayonetas, llegaron gracias a la
influencia de la Iglesia católica presente
con fuerza en los más recónditos
lugares del planeta. Algo parecido sucedió
con Alemania que llegó tarde a los procesos
de reparto colonial y que apenas pudo reunir colecciones
en base a la compra de conjuntos en el Imperio
Otomano y Oriente Medio y Próximo. España
en estos momentos ya no era una gran potencia
colonial y los trofeos expuestos en los museos
fueron mínimos. Cabe destacar que las victorias
de Wad-ras y Tetuán, sobre los marroquíes,
se materializaron en la captura de cañones
de bronce que sirvieron para fundir los leones
de las Cortes. Eso sí algunos museos de
carácter nacional incorporaron piezas de
las periferias regionales del Estado siendo los
casos más emblemáticos el de la
Dama de Elche, los toros de Costix y más
recientemente la Dama de Baza.
Tan curioso
comportamiento humano resulta difícil de
entender. Según nos indican los antropólogos
en algunas culturas el hecho de comer las vísceras
del enemigo o del animal cazado confieren al guerrero
o cazador la fuerza de su oponente. De alguna
manera las sociedades y los Estados también
han reproducido colectivamente tan complejo comportamiento
y en ese sentido han procedido al tomar las vísceras,
es decir lo que consideran más representativo
de la cultura de sus enemigos, para digerirlas
en el centro de sus metrópolis y en sus
museos. Obviamente el patrimonio reconocido como
emblemático de una sociedad es lo que se
convierte en objeto de disputa en estos casos.
Una variante de esa actitud consiste precisamente
en destruir esos puntos fuertes de la esencia
del enemigo. A menudo las guerras y revoluciones
han comportado la destrucción sistemática
de lo emblemático del enemigo. Vale la
pena recordar que recientemente en las guerras
balcánica las los ejércitos serbios
se dedicaron a destruir las iglesias croatas,
las mezquitas bosnias y los espacios emblemáticos
de sus oponentes como la singular biblioteca de
Sarajevo.
Sin embargo
en la actualidad la pervivencia del concepto "trofeo"
en los museos tiene una contestación fuerte.
Los movimientos indigenistas norteamericanos han
conseguido logros importantes para que parte de
la cultura exhibida en los museos y exposiciones
les sea retornada. Vale la pena recordar también
sobre esa problemática la singular dureza
que llevó al exterminio de las gentes de
Tasmania. Los tasmanos fueron sistemáticamente
aniquilados por los colonos de origen británico.
La última mujer tasmana murió en
1876, y se llamaba Truganini. Rogó que
su cuerpo no fuese entregado a los científicos
para realizar experimentos. Sin embargo sus huesos
fueron a parar a un museo y se conservaron en
una vitrina hasta 1976, año en que fueron
incinerados en una ceremonia singular. En este
caso la propia sociedad tasmana de origen colonial
fue la que intentó deshacer en el equívoco.
Caso similar, pero con algunas matizaciones, es
el que presenta el llamado "negro" de
Banyoles. Se decía que era un guerrero
bosquimano disecado por científicos franceses,
y que acabó expuesto, tras un complejo
periplo, en el Museo Darder de Banyoles a principios
del seglo XX. Justo en el año 2000 los
restos del cuerpo del cazador africano fueron
entregados a las autoridades de Botswana. Sin
embargo la problemática del Museo Darder
de Banyoles es absolutamente diferente a la que
presentan los grandes contenedores de trofeos.
Dicho museo fué creado por Darder, un ciudadano
apasionado por la ciencia y el progreso, que intentó
reunir una colección particular y diversa
sobre las más variadas temáticas.
La colección tenía una pretensión
científica, a pesar de que obviamente su
carácter o algunas de sus piezas fueron
cuestionadas posteriormente. Probablemente para
Darder la incorporación de un guerrero
africano disecado no suponía ningún
problema moral y entraba dentro de las lógicas
de actuación científica de su tiempo,
y todo el mundo sabe que la ciencia también
actúa con la metodología del ensayo/error
TRANSFORMACIONES
EN LA MUSEOGRAFIA
Las distintas
opciones y posibilidades en museología
y museografía, han variado a lo largo del
tiempo. Como se ha indicado, los templos romanos,
los palacios medievales, así como los museos
contemporáneos fueron espacios donde depositar
trofeos. Sin embargo y más allá
de esa función la definición e invención
del concepto "museo" adquirió
una dimensión mucho más amplia,
lógicamente, que la de centro de exposición
de trofeos de guerra.
Como hemos
señalado lo romanos ya fueron ávidos
coleccionistas de piezas de arte griego, Tal tendencia
al coleccionismo aumentó notablemente durante
la edad media, y sobre todo en el marco de las
cruzadas. La llegada a Palestina de miles de peregrinos
de distintos estamentos sociales, en un periodo
de extraordinaria efervescencia religiosa, estimuló
la creación de colecciones de carácter
sacro. Era usual que cualquier peregrino volviera
a Europa con piezas relacionadas con el antiguo
o nuevo testamento. Así las iglesias europeas
se llenaron de reliquias, objetos y huesos vinculados
a las vidas de los santos o de Jesucristo. Todavía
hoy es muy usual encontrar en numerosas iglesias
un pedazo de madera de la cruz de Cristo. Naturalmente
los antepasados de los actuales libaneses y palestinos
hicieron pingües negocios gracias a la candidéz
de los peregrinos.
Durante el
Renacimiento tanto los nuevos burgueses de las
ciudades como los nobles que pugnaban con ellos
en el control y desarrollo de las artes comenzaron
a reunir importantes colecciones. En el Renacimiento
el poder no solamente estaba en la punta de las
espadas, o en las bolsas con monedas de oro, el
refinamiento y la capacidad para acceder y mostrar
cultura era también un baremo indispensable
que se sumaba a los anteriores, y que evidenciaba
un incontestable prestigio social. Príncipes
y burgueses, sobretodo de las ciudades italianas,
se dedicaron a reunir piezas de arte en importantes
colecciones, y a esa iniciativa no fue ajeno el
papado. Nuevamente las piezas griegas y romanas
fueron el objeto de colección más
preciado, e incluso se iniciaron en excavaciones
en lugares como Pompeya para tomar directamente
de los yacimientos piezas para enriquecer las
colecciones. De hecho la palabra "Renacimiento",
creada en ese contexto cultural de valoración
de la ciencia y la cultura, evoca la recuperación
del espíritu artístico científico
y filosófico del mundo clásico que,
perdido tras la Edad Media, pasaba a renacer en
el marco de una nueva sociedad.
La colección
como elemento de prestigio fue en aumentó
en los siglos posteriores y alcanzó su
cénit con los príncipes y monarcas
de la ilustración, que en sus capitales
organizaron impresionantes pinacotecas, galerías
de arte y museos, donde disfrutabande sus inmensas
colecciones. De Madrid a San Petersburgo Europa
vió aparecer numerosas instalaciones de
este tipo.
La ilustración
fue un período extraordinario y decisivo
en la configuración de la civilización
occidental, basada precisamente en la modernidad
ilustrada. El combate por la lógica, la
razón y la ciencia en ese período
fue determinante. Los príncipes deseosos
demostrar su espíritu de cultura, e incluso
de racionalidad, redoblarán como hemos
indicado sus colecciones que desde el punto de
vista cultural reforzaban su prestigio. Por otra
parte los ámbitos de interés, más
allá del arte y la arqueología,
se generalizaron. Es en ese periodo que se potencian
todo tipo de gabinetes científicos, de
archivos, bibliotecas, centros astronómicos,
y se organizan también las más diversas
expediciones para reconocer los elementos zoológicos,
botánicos y geogràficos del conjunto
del planeta. Los materiales obtenidos por esas
expediciones también generaron colecciones
que acabarían concretando museos.
Naturalmente
el desafío de la ilustración en
el ámbito monárquico tenía
sus límites. La nueva revolución
exigía lógica, ciencia y razón
en todas las esferas de la vida, y los príncipes
resultaron ser irracionales a pesar de sus esfuerzos
de modernización. Los deseos de democracia,
de participación y de división de
poderes condujeron a las revoluciones liberales
o burguesas. Primero en los Estados Unidos de
América, y más tarde en Francia.
Por descontado los ideales de esas revoluciones
tendentes a situar la burguesía en los
centros de decisión del Estado se expandieron
imparables por toda Europa, que buscó formas
lógica de gobierno más allá
de las monarquías medievalizantes. La Revolución
Francesa trajo la República francesa, que
fue la primera en preocuparse seriamente por el
patrimonio. Con ella aparecen de hecho los primeros
museos. Las colecciones y espacios que habían
servido, única y exclusivamente, para uso
y disfrute de la nobleza se ponen al servicio
del pueblo a través de los museos nacionales.
La República también se preocupará
por proteger los monumentos que se consideran
emblemáticos del nuevo o en el nuevo Estado
nación. Esto sucede a finales del siglo
XVIII, y tales ideas tendencias y actividades
con respecto a los museos y el patrimonio se expanden
por toda Europa a lo largo del siglo XIX. También
en España, y en el marco de las transformaciones
liberales, aparecen los museos y la redes de museos.
La construcción del Estado nación
capitalista, al igual que sucede en otros lugares
de Europa, busca también coherencia y apoyos
en el mundo de la cultura. En efecto, la burguesía
que detentaba el poder en el Estado se apresura
a construir los nuevos aparatos de Estado: ejército,
justicia, enseñanza, policía, etc..
La coherencia y la legitimación del Estado,
o del nuevo Estado nación emergente, pasa
a ser tarea de la enseñanza y de los distintos
aparatos de cultura. Así, los museos provinciales
de Bellas Artes se nutren principalmente de las
obras artísticas que pasan al Estado tras
el proceso de desamortización eclesiástica.
A su vez esos museos provinciales de Bellas Artes
actúan como elemento legitimador de la
nueva división territorial del Estado en
provincias. Surgen también los grandes
museos nacionales en los cuales los objetos y
elementos emblemáticos tienen el máximo
protagonismo. Museos como los de Arqueología,
Ciencias Naturales o, por supuesto, la gran pinacoteca
de el Prado se convierten en instituciones al
servicio de la coherencia y el prestigio del Estado
nación.
Teóricamente
los museos, así como la legislación
sobre patrimonio, se ponen al servicio del pueblo.
En la práctica esos espacios acaban restringidos
al uso y disfrute de la burguesía ilustrada,
cuyos miembros son los únicos que cuentan
con preparación intelectual para interpretar,
valorar y disfrutar las diferentes tipologías
de materiales y obras de arte expuestas en los
museos. El museo acaba configurándose como
un espacio para la burguesía, reflejo de
su poder y del poder del Estado. Tal situación
se mantiene incólume a lo largo de todo
el siglo XIX y a lo largo del siglo XX.
Por lo que
respecta a la organización de las colecciones
surgen ya a finales del siglo XIX diversas tendencias.
En la Europa central y del sur, y en los grandes
museos de Francia, Reino Unido, Vaticano, España
o Italia se desarrolla lo que podríamos
llamar museografía clásica. Son
museos que enseñan "cosas". Los
museos se entienden como espacios en los cuales
se almacenan los más distintos tipos de
objetos. De hecho el museo es un espacio para
la exposición de objetos. El objeto o la
pieza es el elemento que vértebra el museo
y el centro de toda intervención museográfica.
En esa dimensión de la pieza lo es todo.
Ahora bien Las piezas y objetos deben entenderse
en sí mismos y en sus valores estéticos
al margen del contexto en el cual fueron creados
o utilizados. El museo clásico del siglo
XIX no realiza concesión alguna a la interpretación
y a la didáctica. De hecho los usuarios
del museo son una minoría lo suficientemente
culta como para valorar e interpretar el objeto
sin necesidad de que haya información complementaria.
Una simple etiqueta, basta para dar al usuario
las claves necesarias para ubicar y contextualizar
el objeto en el propio sistema ideatico. El paroxismo
de esta filosofía llega a su máxima
expresión en los museos de arte, en los
cuales las piezas y el espacio son lo único
que define al museo: una pared, un clavo y un
cuadro colgado del clavo. Por lo que respecta
a la intervención sobre el patrimonio arqueológico
e histórico artístico y monumental
hay a lo largo de los siglos XIX y XX las más
diversas alternativas que van desde restauraciones
imaginarias a la consolidación de ruinas.
Igualmente la visión del pasado se traduce
en múltiples versiones iconográficas.
Cabe destacar
que a finales del siglo XIX los países
escandinavos dan muestras de creatividad impresionante
en las concepciones museales. Hazelius, un profesor
de filología sueco, muy preocupado por
la desaparición de las formas de vida tradicionales
escandinavas arrasadas por los procesos de industrialización,
intentó recuperar, y ciertamente desde
una sensibilidad antropológica y tecnológica,
distintos conjuntos de habitación tradicionales
de Suecia. Así numerosas casas, granjas
y cabañas fueron desmontadas, trasladadas
y reinstaladas en los jardines reales Skansen
de Estocolmo. Esto sucedía en la década
de 1880, y progresivamente el Skansen se fue convirtiendo
en un parque etno-arqueológico en el cual
se concentraban elementos arquitectónicos
de los más distintos lugares de Suecia,
con su mobiliario y utillaje. Más tarde
esta visión del mundo tradicional se complementó
con la presencia de animales relacionados con
los distintos espacios, y con actores que evocaba
oficios, actitudes y actividades tradicionales.
El modelo Skansen tuvo un notable suceso a lo
largo del siglo XX, y fue especialmente adaptado
en los países nórdicos, Alemania,
Holanda y también en los países
del este esuropeo tras la II Guerra Mundial. En
Norteamérica, partiendo o no del modelo
Skansen, se desarrollaron iniciativas similares.
La más importante, y la que marca auténticamente
un punto de inflexión, es la reconstrucción
de la antigua ciudad colonial de Williamsburg
en Virginia. El multimillonario Rockefeller hizo
excavar el conjunto de la antigua sede colonial
y financió su reconstrucción parcial.
A partir de ese momento el yacimiento se convirtió
en uno de los conjuntos culturales, instructivos
y recreativos más importantes de los Estados
Unidos, y todavía hoy es una de las mecas
del turismo cultural en ese país.
A mediados
del siglo XX el modelo mayoritario en los museos
y espacios de presentación del patrimonio
era el tradicional. Sin embargo, como se ha señalado,
también existían variantes derivadas
de la tradición nórdica y norteamericana,
con un carácter netamente lúdico
y didáctico. Tras la II Guerra Mundial
comenzaron a operarse cambios importantes. En
la mayor parte de los países desarrollados
se afianzó el llamado Estado del bienestar,
que se caracterizó por el progreso económico,
la promoción de las clases medias e incluso
de las clases trabajadoras. Por primera vez en
la historia amplias capas de la sociedad, incluyendo
los sectores vinculados a la producción
industrial, tuvieron acceso a la cultura y la
enseñanza. Los hijos de las clases medias
y del proletariado acudían masivamente
a los centros de enseñanza secundaria e
incluso a las universidades. La cantidad de personas
que accedía a la cultura iba en aumento,
y por tanto las que se interesaban por el patrimonio
también. Comenzaba pues un proceso de cultura
de masas caracterizado por el progresivo aumento
del número de personas con acceso a saberes
y conocimientos. Este proceso lejos de construir
una masificación de la cultura, constituiría
más bien una democratización del
acceso a la cultura. Tal situación se mantuvo
durante la década de 1960, 1970 y 1980.
En esta última década la promoción
de la cultura, experimentada en el marco del estado
del bienestar, se acrecentó. Los procesos
de revolución post-industrial ponían
la cultura en los circuitos de mercado y de comunicación
de masas, y ello implicaba un nuevo aumento espectacular
de los usuarios de la cultura. Tendríamos
pues dos momentos importantes en la promoción
en el acceso a la cultura, uno el marcado por
el Estado del bienestar y otro el experimentado
en el marco de la revolución post-industrial
y la entrada de la cultura en los mercados.
La reacción
de los profesionales del patrimonio frente a esos
cambios fue desigual. Con todo, el debate se centró,
lógicamente, en como responder a las nuevas
demandas de la sociedad y a la llegada masiva
de nuevos usuarios a los conjuntos y centros culturales.
Las opiniones vascularon en dos grandes campos,
por un lado aquellos que eran partidarios de mantener
la tradición decimonónica de los
museos es decir, preservar el protagonismo absoluto
de la pieza y rechazar todo tipo de intermediación
entre la pieza y el usuario. Tales opciones arraigaron
sobre todo en el campo de los museos de arte.
La otra gran corriente apostaba por promocionar
sistemas de intermediación, que hicieran
más comprensible y accesible el objeto
de estudio a los amplios horizontes destinatarios
que visitaban de los museos y conjuntos patrimoniales
o monumentales. Con ello se pretendía que
el usuario tuviera más claves para integrar
en su sistema ideático la información
y los valores de los objetos, gracias a sistemas
diversos de intermediación.
La inquietud
por hacer comprensibles los museos también
se extendió al campo de la enseñanza.
En efecto a partir de la década de 1970
la presencia de los escolares en los museos fue
un fenómeno usual que inquietó seriamente
a los directivos culturales, que no sabían
cómo responder a ese nuevo reto. Era evidente
que los escolares necesitaban elementos de intermediación
para poder acceder a la comprensión de
objetos y piezas. En ese sentido los organismos
internacionales vinculados a la museología
recomendaron que los museos se dotaran de departamentos
específicos que recibieron diversas denominaciones
(de educación, enseñanza, pedagogía...)
y que tenían como objetivo, frente a exposiciones
incomprensibles para niños y jóvenes,
desarrollar elementos complementarios de intermediación
que permitieran realizar las visitas con mínimas
garantías de éxito. En principio
no se planteaba que estos departamentos estudiaran
la posibilidad de rehacer o diseñar las
museografías, en un sentido comprensivo.
Se entendía que su labor consistía
en improvisar "muletas" para que niños
y jóvenes pudieran acceder con más
facilidad a los contenidos a partir de dosieres
de información o de fichas de observación
complementarias e incluso de talleres didácticos.
En ese contexto
y para responder a esas preocupaciones es cuando
se diversifican diferentes tipos de museos y equipamientos
culturales. Aparecen museos interactivos sobre
todo en el campo de la museografía de ciencias.
Aparecen en montajes singulares vinculados a los
monumentos. Surgen instalaciones multimedia, se
desarrollan centros de interpretación y
exposiciones que no se vertebran a partir de piezas.
Aparecen nuevos tipos de museos de sociedad destinados
precisamente a satisfacer la instrucción
de grandes capas de público y que ponen
en el factor lúdico el centro de su personalidad.
Hay nuevas generaciones de museos que "explican"
cosas y que conviven con los que "muestran"
cosas. Así pues en la década de
1970 se consolida un amplio abanico de modelos
museográficos, algunos de ellos con un
carácter experimental y que tienen como
objetivo responder a la progresiva masificación/democratización
del mundo de la cultura y mantener el museo como
un espacio competitivo.
Tales tendencias
se acentuaron en la década de 1990 y a
principios del siglo XXI cuando la revolución
post-industrial en marcha añadía
progresivamente nuevas variables y nuevas exigencias.
En efecto, la revolución post-industrial
provocó que la cultura entrara plenamente
dentro de los circuitos económicos de mercado.
Asimismo el estado del bienestar había
alcanzado sus límites y nadie podía
esperar que el estado promocionara y ampliará
indefinidamente inversiones en cultura y a fondo
perdido.
Al entrar
la cultura en los circuitos del mercado los efectos
en el mundo de los museos fueron inmediatos. La
competencia también alcanzó a los
centros y equipos culturales más diversos,
que debían preocuparse para captar el número
más amplio posible de usuarios. En efecto,
un alto número de visitantes podía
garantizar la continuidad de las inversiones de
las administraciones públicas, mientras
que un descenso visitantes siempre podía
ponerlas en duda. En ese sentido la necesidad,
y la política, de atraer el número
más alto posible de usuarios también
presionó en favor de las opciones singulares
o las opciones de intermediación. Se creía
que en tanto en cuanto las exposiciones en las
instalaciones fueran más comprensibles
y lúdicas mayor capacidad de atracción
tendrían sobre un horizonte destinatario
amplio. En este sentido las políticas de
difusión y promoción llevadas a
cabo por los museos en general fueron mucho más
agresivas con la entrada del siglo XXI. Incluso
los museos y equipos que intentaron mantener posiciones
de no intermediación tuvieron que buscar
en la espectacularidad o singularidad de su oferta,
o en la especialización en un público
determinado opciones que garantizaran su continuidad.
En cualquier
caso y a modo de síntesis el panorama del
debate museológico y museográfico
al inicio del siglo XXI se polarizaba en dos grandes
tendencias: una la concepción clásica
decimonónica cerrada a la intermediación
entre objeto y usuario; y por otra parte todo
un cúmulo de tendencias y estrategias que
experimentaban continuamente para buscar soluciones
que aumentarán la dimensión comprensiva
de las exposiciones. En este segundo campo las
didácticas específicas adquirían
progresivamente más importancia, ya que
todas las personas niños o adultos aprenden
conceptos de la misma manera. En esta tesitura
la didáctica trascendía su tradicional
función de hacer comprensible objetos de
estudio a niños y jóvenes para plantearse
la comunicación, y la comprensión
de los más diversos objetos de estudio,
a los más amplios horizontes destinatarios.
En este sentido las didácticas específicas
vinculadas a las ciencias o disciplinas adquirían
un protagonismo singular en el campo de la museografía
que, hemos dicho se orientada hacia amplios públicos
y con estrategias plenamente comprensivas.
LAS TRANSFORMACIONES
EN EL CAMPO DE LA ENSEÑANZA
La enseñanza
contemporánea comenzó con el ascenso,
en los países desarrollados, de los estados
liberales (o lo que se ha venido en llamar el"estado-nación").
Las nuevas formas de estado consolidaban la hegemonía
política de la burguesía que a través
del control del Estado y de los aparatos del Estado
garantizaba la cohesión del mercado nacional.
La principal función del Estado era en
última instancia el mantenimiento y garantía
del mercado nacional establecido dentro de sus
límites y en el cual se realizaba la burguesía
y singularmente la burguesía industrial.
Para cumplir sus finalidades el estado se dotó
de los más diversos aparatos: ejército,
justicia, policía hacienda y también
la escuela.
El aparato
de enseñanza de los estados liberales tenía
unas finalidades básicamente instructivas.
Se entendía que los ciudadanos debían
adiestrarse, es decir adquirir conocimientos normativos,
científicos o técnicos, que permitieran
mejorar la producción. Se entendía
que la educación era otra cosa y que debía
impartirse en el marco de la familia, la sociedad
o la Iglesia en el caso de los países que
contaban con esa tradición religiosa. Por
decirlo de otra manera se entendía que
enseñanza y educación eran cosas
distintas.
El aparato
de la enseñanza se organizaba en dos grandes
grupos, la primaria y la secundaria. La enseñanza
primaria tenía un impacto muy distinto
según en que Estado nación se desarrollaba.
En el caso del Estado español su impacto
era muy desigual ya que los medios puestos para
este tipo de enseñanza eran muy limitados.
En la etapa de primaria se pretendía que
los ciudadanos adquirieran conocimientos básicos
que en general se limitaban a nociones de aritmética,
a saber leer y en el mejor de los casos a escribir.
Contrariamente a la enseñanza secundaria
estaba muy organizada y se materializaba en los
institutos de enseñanza media, que en España
eran provinciales. La enseñanza media tenía
como objetivo preparar a los hijos de la burguesía
para acceder a los centros de decisión
económica y política. La enseñanza
secundaria se entendía en clave propedeutica,
cómo un paso necesario y previo a la enseñanza
superior y universitaria. En cualquier caso el
carácter de esa enseñanza secundaria
también era instructivo y no educativo.
Tanto en
la enseñanza primaria como en la secundaria
La transmisión del conocimiento se realizaba
a partir de asignaturas. Las asignaturas eran
congruentes con las ciencias o disciplinas. Por
decirlo de otra manera las asignaturas introducían
saberes proporcionados por distintas ciencias
o disciplinas. Es este sentido las asignaturas
tenían un carácter marcadamente
instructivo que perseguía transmitir los
saberes en un campo de conocimiento. Sin embargo
asignaturas como la geografía y la historia
eran una excepción en ese sentido. Dichas
materias se planteaban tanto en enseñanza
primaria como en enseñanza secundaria con
una finalidad eminentemente educativa, y en ese
sentido suponían una excepción en
el panorama de la enseñanza de tradición
decimonónica. Las diferencias entre instrucción
y educación son, por otra parte claras,
la instrucción pretende transmitir conocimientos
y saberes científicos es decir evaluables
y que responden a una lógica de verdadero/falso.
La educación, por su parte, pretende inculcar
valores, y los valores no son demostrables, dependen
de una lógica bueno/malo que se define
en función de los sistemas ideáticos
dominantes en una sociedad dada y en un momento
dado, por tanto son variables y por descontado
no son demostrable. Así pues la historia
y la geografía pretendían educar
a los ciudadanos del país en una serie
de valores. Y entre lo más destacados el
patriotismo y en el respeto a la jerarquía
social existente y los valores dominantes en la
sociedad. Por tanto la geografía y la historia
no respondían a una lógica científica
sino a una lógica ideológica y estrictamente
educativa. No sorprende que en ese sentido la
historia fuera un relato cerrado donde nada se
demostraba y donde no había una enseñanza
de tipo práctico o metodológico.
Cabe tener
presente que a mediados del siglo XIX los estados
nación, necesitaban urgentemente un proceso
de consolidación económica y política,
y a menudo eso se complementaba con procesos tendentes
a buscar la unificación cultural. Muy pocos
estados liberales se plantearon la posibilidad
de estructurarse a partir de la diversidad de
sus territorios y respetando sus características
culturales. La mayoría intentaron imponer
una sola cultura y una sola lengua para racionalizar
hasta el extremo la lógica del mercado.
Se pretendía que nación, mercado,
y cultura, fueran una misma cosa para obtener
el máximo de rendimientos y disipar cualquier
intento de división del mercado ni que
fuera por la vía secesionista de las culturas.
En este contexto
la historia se convirtió en un relato que
tenía como finalidad legitimar el Estado
nación desde la más remota prehistoria,
esa historia que tenía poco a ver con una
reflexión científica se caracterizaba
por la práctica de situar al estado como
sujeto y objeto de la historia, y tomaba plenamente
una fisonomía de historia nacional. Así
la historia de Francia, por ejemplo, no solamente
era la historia de Francia, si no la historia
de Francia contra España, de Francia contra
Alemania etc. igualmente la historia de España
era la historia de España contra Francia,
de España contra Inglaterra, etc.. El estado
nación debía estar preparado, en
todo momento, para competir contra otros estados
y el ciudadano debía contar con valores
patrióticos altos que permitiera la posibilidad
de acudir a las armas en defensa del estado o
al servicio de los intereses del estado, de ahí
que la conculcación de los valores patrióticos
fuera una necesidad básica para el estado
nación. Naturalmente eso tenía poco
a ver con la historia, entendida como ciencia
que estudia la "historia", y que se
fundamenta en el análisis de las fuentes
y en una metodología científica
propia. En ningún momento la historia se
planteaba en ese nivel científico, la historia
explicaba mucho pero no demostraba nada.
Este relato
ideológico se vertebraba invariablemente
desde la más lejana prehistoria, en ese
sentido los estados nación de reciente
creación quedaban legitimados por la historia
desde tiempos remotos. Los franceses y indicaban
que los galos ya era franceses y en España
se indicaba que los numantinos ya eran españoles.
Los protagonistas de esa historia eran invariablemente
personajes vinculados al mundo político
y militar con algunas concesiones al mundo religioso,
sobretodo en el caso del Estado español,
en el cual la revolución burguesa y liberal
estaba dirigida por burgesias procedentes de la
transmutación de las viejas clases dominantes
feudales.
Los libros
de texto de primaria y secundaria también
daban visiones del patrimonio. Y en ese sentido
se seleccionaban determinados objetos que adquirían
la categoría de emblemáticos para
el conjunto del Estado nación. Por decirlo
de otra manera al seleccionar y divulgar determinados
objetos patrimoniales, y sobre todo monumentales,
el Estado también formaba a sus ciudadanos.
Obviamente el patrimonio seleccionado acostumbraba
a estar vinculado con los grandes grupos sociales
que se suponía que eran los protagonistas
de la historia. En este sentido Las grandes catedrales,
imagen del poder de la Iglesia, y los grandes
palacios imágen del poder de la monarquía
y la nobleza, así como la pintura cortesana
y la imaginería religiosa adquirían
el máximo protagonismo. Catedrales como
las de Burgos, León, Salamanca o el Pilar
de Zaragoza eran ensalzados como grandes monumentos.
Monumentos de la monarquía, como la Puerta
de Alcalá, el Museo del Prado, el Palacio
de Oriente, el Alcazar de Toledo o el de Segovia
también se presentaban como paradigmas
de las grandes intervenciones. Elementos antiguos
como el Acueducto de Segovia o los Toros de Guisando
también eran incorporados al imaginario
hispánico. En algunas ocasiones elementos
periféricos como la Mezquita de Córdoba
o la Alhambra de Granada eran recuperados en su
dimensión hispánica.
Como hemos
indicado estos presupuestos de la enseñanza
de la historia con un carácter de "Educación
Nacional" eran generales en prácticamente
todos los Estados capitalistas desarrollados y
en vías de desarrollo. Por lo que se refiere
a la geografía la problemática era
muy similar. La geografía en la escuela
era también una asignatura descriptiva
y memorística. La finalidad principal de
la geografía era legitimar en el espacio
los límites del Estado nación, así
las fronteras se hacían coincidir con determinados
accidentes geográficos para justificarlas
desde el punto de vista natural. Otra de las funciones
de la geografía consistía precisamente
a presentar las diferencias culturales en el marco
del Estado nación a simples diferencias
folklóricas.
Ya a finales
del siglo XIX tales tendencias en la enseñanza-aprendizaje
de la historia y la geografía fueron objeto
de contestación. A nivel español
y europeo cabe destacar la importante figura de
Rafael Altamira que, en el marco de la Institución
Libre de Enseñanza, preconizó una
historia vinculada a criterios estrictamente científicos,
y que ponía énfasis en la formación
metodológica de los alumnos. Altamira a
su vez otorgaba mucha importancia al patrimonio
y sus posibilidades de utilización para
acceder a los conocimientos históricos.Ya
entrado el siglo XX pedagogos como el norteamericano
Jhon Dewey destacaron la importancia de la historia
en la formación integral del individuo.
Posteriormente el movimiento de la Escuela Nueva
impugnó la manipulación política
en la enseñanza de la historia preconizando
a su vez una estrategia basada en el descubrimiento
y en el desarrollo del método y el espíritu
científico. Pedagogos como Freinet fueron
importantes en el desarrollo de estas ideas. En
España destacó la implantación
de la escuela nueva en el ámbito catalán
impulsada primero por la Mancomunidad de Cataluña
y más tarde por la Generalidad republicana.
Cabe destacar que en Cataluña figuras como
Pau Vila impulsaron un conocimiento de la geografía
y de la historia muy vinculado a la vivencia directa
en el medio. Por descontado otros pedagogos como
Ferrer Guardia insistieron en la desmitificación
de la historia. Más recientemente y en
el ámbito europeo las corrientes vinculada
a la tradición de la Escuela Nueva, como
el Movimiento de Cooperación Educativa
(MCE) italiano, o el movimiento Freinet (CEL)
en Francia así como diversos movimientos
de renovación pedagógica en el conjunto
del continente abogaron por una historia basada
en criterios científicos y con finalidades
científicas.
A pesar de
todo Las críticas desarrolladas de del
campo de la ciencia histórica y geográfica,
y desde la pedagogía, tuvieron, han tenido
y tienen un resultado desigual en la práctica.
Esos movimientos jamás fueron mayoritarios.
Por otra parte los estados se han reservado celosamente
el derecho a programar los contenidos de geografía
de historia en beneficio propio, incluso en tiempos
recientes.
Naturalmente
todo ese sistema está en crisis desde hace
mucho tiempo. Cabe destacar que el planteamiento
de relato de la historia implicó un raquitismo
evidente en todo lo referente a desarrollos didácticos.
Al considerarse la historia como un relato cerrado
el alumno no tenía, frente a la materia,
otra posibilidad que la memorización y
la aceptación dogmática de todo
lo que se le obligaba a aprender, sin tener opción
a cuestionar o preguntar. La memoria fue pues
el único recurso metodológico y
didáctico usado en historia y en menor
medida en geografía. A partir de la década
de 1960 el papel ideológica de la historia
en la escuela cedió protagonismo a los
nuevos y agresivos medios de comunicación
de masas. En ese sentido los valores del momento
se divulgaron, con mayor efectividad, a partir
de medios como la radio y la televisión.
La función ideologizadora de la historia
se convirtió en poco tiempo en una función
obsoleta. Faltada de la lógica ideologizadora
que había motivado su presencia en la enseñanza
y faltada de una práctica pedagógica
y didáctica competitiva y capaz de captar
el interés o atención de los alumnos,
la historia se convirtió en una materia
y asignatura marginal y marginada. En el caso
español la decadencia de la historia en
la enseñanza se consumó por diversas
vías. En 1970 la Ley General de Educación
acabó con las asignaturas, prefigurando
lo que serían las áreas y en concreto
en la Educación General Básica apareció
el área de Ciencias Sociales donde se pretendían
fundir diversas materias y disciplinas sociales.
Sin embargo tanto la geografía como la
historia en sus concepciones más clásicas
descriptiva y nacionalitaria continuaron manteniendo
su protagonismo. Al acabar la dictadura franquista,
en el proceso de transición a partir de
1975 la debilidad de las reformas democráticas
del Estado se materializó, o quedó
patente, en la pervivencia de los viejos programas
de enseñanza de geografía e historia
franquistas. El nuevo régimen democrático
no pudo o no quiso cambiar los programas de 1970,
aspecto que constituye una excepción respecto
a otros modelos y situaciones de cambio político
en Europa. A partir de 1980 empezaron los prolegómenos
de la reforma educativa que confirmó la
minorización de la historia, que acusó
demoledores ataques por parte de la sicología
cognitiva. A pesar de todos los aspectos negativos
de ese contexto la reforma educativa significó
un cambio positivo en tanto en cuanto pretendía
que la historia en la enseñanza se fundamentara
en un mayor protagonismo de la metodología
y el dominio del método por parte de los
alumnos. En ese sentido se puede afirmar que la
reforma fue una conquista.
Por otra
parte la reforma de la enseñanza en España
así como las reformas operadas en diversos
estados europeos respondían a un intento
de común de dar respuesta a las situaciones
económicas políticas sociales y
culturales cambiantes que se habían experimentado.
Frente a los trepidantes cambios económicos
las sociedades europeas habían acusado
cambios, y la enseñanza debía intentar
responder a los desafíos del momento. En
general lo que caracterizaba el período
era un cambio de paradigma importante en el cual
la instrucción cedía un protagonismo
definitivo a la educación. En este sentido
la enseñanza que hasta el momento se había
vertebrado a partir de la instrucción y
la transmisión de conocimientos y saberes
científicos, pasaba a ceder protagonismo
a la educación que se centraba en la promoción
y la transmisión de valores.
Las razones
que motivaron los cambios de enfoque en los aparatos
de la enseñanza están relacionadas
con la intensa situación de cambio provocada
por la revolución en postindustrial. En
efecto, como hemos señalado los profundos
cambios tecnológicos y la sensación
de transformación vertiginosa afectó
las mentalidades de las personas, y más
cuando la evolución del pensamiento institucional
no seguía un ritmo de desarrollo parejo
al que experimentaba el ámbito tecnológico.
Las rupturas mentales, desfases y problemas de
acoplamiento afectaron centenares de miles de
personas con dificultades para asimilar los cambios
trepidantes. Las fracturas sociales y las crisis
de pensamiento se manifestaban también
en la decadencia irreversible de determinados
modelos de convivencia. Así la familia
que hasta el momento había sido el principal
baluarte de la educación saltaba en pedazos,
y en pocas décadas, dando lugar a agrupaciones
más libres entre humanos pero con menor
capacidad de incidencia en los actos educativos.
Por otra parte instituciones que habían
mantenido un gran protagonismo en la moderación
de las costumbres y en la promoción de
los valores, como la Iglesia o las iglesias entraron
también en decadencia a pesar de los esfuerzos
de sus dirigentes para mantener cuota y presencia.
A finales del siglo XX las iglesias habían
perdido una parte importante de su poder material
y espiritual. Naturalmente ello no implicaba que
otros movimientos religiosos ganarán espacios
más allá de las fronteras de los
países ricos. En ese contexto de disolución
de la familia, y de las organizaciones promotoras
de los valores sociales, los Estados tuvieron
que reaccionar otorgando a la enseñanza
una mayor beligerancia en el campo de la formación
y promoción de los valores.
La reforma
educativa española es en ese sentido emblemática,
las asignaturas antiguas desaparecieron para dejar
paso a las áreas, y las áreas concentraban
tres tipos de contenidos; los denominados contenidos
conceptuales y factuales; los contenidos procedimentales,
de carácter metodológico; y los
denominados contenidos de valores actitudes y
normas. Este intento pretendía fusionaron
instrucción con educación en el
marco de las áreas. Así los contenidos
conceptuales y procedimentales podían responder
a una óptica instructiva, es decir promocionar
conocimientos científicos o disciplinares;
mientras que los contenidos de actitudinales pretendían
promocionar los valores, a partir de los primeros.
Cabe destacar que tal situación era, sobre
el papel, en extremo peligrosa ya que los referentes
instructivos son incuestionables en tanto en cuanto
que parten de una base disciplinar- científica,
y usualmente se pueden reducir a lógicas
de verdadero o falso. Es decir lo que propone
la historia, la geografía, la biología,
la física, etc. puede plantearse en términos
de verdadero o falso a partir del análisis
científico. Igualmente por lo que se refiere
a disciplinas normativas puede reducirse a correcto
o incorrecto, como en el caso de la gramática
o el derecho. Contrariamente los valores actitudes
y normas no responden a una lógica de verdadero/falso
sino a una lógica de bueno/malo y eso es
opinable y depende de los sistemas ideáticos
en una sociedad determinada y en un momento dado.
Por decirlo de otra manera los valores pueden
cambiar o buscar coartada en el pensamiento dominante
de una sociedad. Por otra parte en la tradición
de la modernidad ilustrada los valores básicos
de la civilización se fundamentan en el
concepto de ciencia, en el de libertad entendida
como democrácia, y en la idea indemostrable
de progreso. Por decirlo de otra manera una enseñanza
basada estrictamente en la instrucción
no está exenta de valores, sino que implícitamente
promueve los valores de la modernidad ilustrada
es decir los que se derivan de una mentalidad
disciplinada en el pensamiento racional, la lógica
y la confianza en los propios recursos y límites
del individuo.
En cualquier
caso el nuevo contexto educativo, surgido a finales
del siglo XX, fue extremadamente duro al carecer
los aparatos de enseñanza de coberturas
sociales, que complementaran en la dinámica
educativa la labor de los centros de enseñanza/aprendizaje.
A menudo el esfuerzo de los maestros se centró
y se centra en el campo de la educación
más que de la instrucción. A su
vez la formación del profesorado de primaria
y secundaria en España y otros países
se centró, cada vez más, en la formación
psico-pedagógica descuidando la formación
disciplinar. Ello produjo profesionales teóricamente
expertos en relaciones humanas y pedagogía,
pero con poca capacidad para conocer y transmitir
conocimientos. Tal realidad reducía dramáticamente
sus márgenes de maniobra en las aulas.
En muchas ocasiones el profesor de primaria y
secundaria quedaba reducido a un simple animador
de clase que pugnaba por entretener a sus alumnos,
y sobrevivir. Ni que decir tiene que la percepción
social del profesor, del maestro y la enseñanza,
degeneró notablemente sobre todo en lo
referente a sistemas públicos, en España
y en buena parte de Europa. Por lo que respecta
al patrimonio desde el área de sociales,
e incluso de naturales, las programaciones o currículums
habían explicitado su importancia. Se entendía
que el patrimonio era importante como objeto de
estudio directo y como referente que posibilitaba
una acción interdisciplinar en la enseñanza.
A partir
de todo este cúmulo de situaciones la similitud
de los sistemas educativos europeos con los norteamericanos
fue, cada vez más, un hecho. La enseñanza
aprendizaje institucionalizada en centros educativos
daba preeminencia a la formación en valores,
mientras la formación disciplinar perdía
protagonismo; y la reacción que desde los
mismos aparatos de enseñanza se promocionaba
consistía en buscar compensaciones en aspectos
instructivos fuera del marco escolar. En ese contexto
los alumnos conocían poco de historia y
patrimonio a partir del trabajo en las aulas;
buena parte de sus conocimientos al respecto se
obtenían a partir de programas televisivos,
juegos y visitas a monumentos o museos.
La actitud
de las escuelas con respecto a los museos y centros
patrimoniales varió radicalmente a finales
del siglo XX. A partir de la década de
1970, cuando comenzó una relación
fluida entre enseñantes y museos, las demandas
de los maestros y profesores respecto a museos
y patrimonio habían sido complementarias
a su actividad. Así cuando el maestro acudía
con sus alumnos a un museo sabía muy bien
lo que quería, e incluso había realizado
con anterioridad una visita previa. En general
el profesor conocía los contenidos del
museo y sabía en que momento relacionarlos
con los trabajos que se estaban realizando en
el aula. Así la visita al museo se realizaba
para motivar a los alumnos con respecto al estudio
de un tema o problemática; en otras ocasiones
la visita se efectuaba para consolidar o contrastar
aquellos aspectos que se estaban estudiando; y
en otras ocasiones la visita se hacia para realizar
una síntesis sobre temas y estudiados.
También existían las visitas o actividades
de carácter metodológico, en las
cuales los alumnos analizaban algunas de las piezas
de los museos para obtener información
para uno de sus temas de estudio. El profesor
era quien decidía qué cosa debían
aprender y trabajar sus alumnos y, a menudo, era
el propio profesor quien organizaba el dossier
de las actividades. En ese contexto la oferta
educativa del museo consistente en repertorios
de fichas, o talleres, eran seleccionados y usados
por el maestro o profesor en tanto en cuanto que
pudieran reforzar sus actividades e intenciones
didácticas.
En la medida
que el profesor tipifico sus prioridades en el
aula en la promoción de valores cívicos
y democráticos, las actitudes frente a
los contenidos variaron e indirectamente variaron
también las relaciones con los museos,
y en general el tipo de actividades fuera del
aula. El maestro o profesor ya no pretendía
una acción complementaria en el referente
a instrucción científica, sino que
pedía o exigía directamente que
los museos, centros de interpretación,
etc. ejercieran directamente una acción
de instrucción científica. A menudo
el docente no se consideraba con formación
suficiente, o no disponía de tiempo para
profundizar en los contenidos científicos.
En ese sentido la actitud de importantes sectores
del profesorado pasaba por delegar al museo esas
tareas de formación e instrucción
de carácter científico. Ello explica
la situación que fácilmente se puede
constatar en cualquier museo: el profesor deja
a sus alumnos en manos de monitores especializados
vinculados al museo para que realicen determinadas
actividades que conduzcan a un mayor conocimiento
del tema objeto de estudio o visita.
Sobre el
papel tal situación pudiera parecer sorprendente
pero en la práctica no es más que
una consecuencia de una dinámica lógica.
A fin de cuentas los profesores de primaria y
secundaria viven una realidad muy dura, y con
una serie de prioridades. Como hemos indicado
su formación disciplinar también
es muy limitada, en este sentido no debe escandalizar
que busquen expertos en la materia para dar a
conocer a sus alumnos aquellos conocimientos sobre
los cuales ellos se consideran limitados.
En cualquier
caso, y más allá de los juicios
de intenciones, esa es una realidad imparable
que en los Estados Unidos ya se vive desde hace
tiempo y que ha provocado que los centros patrimoniales,
los monumentos y los museos hayan tenido que diseñar
estrategias de reconversión o readaptación
didáctica. Cabe destacar también
que ello sintoniza con la dialéctica de
lanzamiento de industrias culturales. Al entorno
de esa nueva problemática de relación
entre escuela y museo surge un espacio donde consolidar
nuevas profesiones, al entorno de la difusión,
divulgación y didáctica del patrimonio,
vinculando museo y escuela. En los últimos
tiempos numerosas empresas de servicios culturales,
de monitoraje especializado, de realización
de talleres, de desarrollo de itinerarios, e incluso
de deportes de aventura con connotaciones más
o menos vinculadas al paisaje, han proliferado
en España y en diversos lugares de Europa.
Nos encontramos pues en un proceso en el cual
los museos forzosamente van a tener que reconvertirse,
todavía más, para dar respuesta
a las exigencias procedentes del mundo de la enseñanza.
Tal tendencia se suma a la expresada en los dos
primeros apartados del presente artículo;
los museos deben responder a una demanda social
en aumento como consecuencia de la democratización
del acceso a la cultura; y deben dar respuestas
técnicas para responder a los nuevos retos.
El desarrollo de una museografía comprensiva
y didáctica capaz de responder a la demanda
social, a las demandas de la enseñanza
y al replanteamiento de estrategias expositivas,
será sin duda alguna una de las necesidades
para el desarrollo de la cultura del siglo XXI.
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