Si
modernidad es lo que etimológicamente es modus
hodiernus, posmodernidad carece literalmente
de sentido. Si, con todo, quiere buscarse un
sentido a lo que no lo tiene porque pensando
en alguno se dirá, éste no se manifestará con
una definición única, armónica, sistemática,
ya que ello sería intrínsecamente contradictorio
con la conciencia que de sí misma tiene la posmodernidad
que, si no sabe decir qué es, sí dice saber
lo que no es, razón por la cual se declara amante
de lo incierto, fragmentario, contingente y
como de alfeñique.
La
posmodernidad hace acto de presencia en el cónclave
en que los ilustrados y los críticos decretan
cumplido el «programa de la modernidad». Huelga
decir que es un cumplimiento compatible con
el abandono por imposible de aquella parte del
programa que no se ha hecho realidad; o sea,
compatible con el incumplimiento. Esto no tiene
arreglo, la emancipación, en sus diversas proyecciones
era un cuento de las Mil y una Noches; la racionalidad
es norma y adorno de la acción humana siempre
que deje libre campo a la irracionalidad porque,
de otra forma, no hay quien entienda nada. El
último objetivo de la ética, tanto de la teórica
como de la práctica, si cabe hacer esta distinción,
consiste no en aspirar a lo mejor, sino en prepararse
para lo peor. Y algún nombre habrá que dar a
esta actitud que no sea los muy manidos de pesimismo,
catastrofismo o hipocondría. Un nombre que no
comprometa a mucho, no sea que la liviandad
que alcanza el ser que abandona empeños absurdos
como el de comprender, se convierta en una nueva
obligación de algún tipo de militancia. Un nombre
como posmodernidad, que deja abiertos todos
los orificios para que cada cual los rellene
con lo que mejor le venga en gana; un nombre
que, de designar algo habrá de hacerlo, congruentemente
con su autoconfesada debilidad conceptual, mediante
la acumulación de una serie de datos, rasgos,
características que, al modo de los retratos
robots, nos permitan hacernos una idea de lo
que se esté hablando. Una idea no es una definición,
pero trata de acercársele. Entre tales rasgos
(y seguramente habrá otros, pero éstos son suficientemente
significativos) contamos:
1.
El predominio de la comunicación en la indistintamente
llamada «sociedad de la información», de la
«comunicación» o de la «imagen» y cuyos símbolos
más patentes, según sus glosadores son:
1.1.
La sustitución de la palabra por la imagen;
1.2. La reproducibilidad mecánica de las obras
del espíritu; y
1.3. La llegada de la comunicación en tiempo
real.
2.
La libertad de conciencia. En las poliarquías
contemporáneas conviven sistemas de valores
distintos y hasta contrapuestos. Las costumbres
se han hecho libres y comparten espacios para
todos en un marco de tolerancia mutua sin que
nadie pueda imponer una doctrina. Lo que parece
horripilar a quienes denuncian el «pensamiento
único» es que, a pesar de todo dé la impresión
de que sí quepa imponer una doctrina.
3.
La desacralización en sus numerosas manifestaciones.
No se trata de un corolario de lo anterior,
aunque pueda parecerlo. Se trata de la famosa
desmitificación Entzäuberung weberiana del mundo
o sea, la desmitificación y el valor secular
de los símbolos sagrados.
4.
La supremacía del individuo y el valor simbólico/práctico
de los derechos humanos.
1.
El predominio de la comunicación
1.1.
La sustitución de la palabra por la imagen
Eso
de que vivimos en la era de la imagen, como
si todo lo anterior hubiera sido texto o tinieblas
es una de las simplezas que se oyen con mayor
frecuencia. Y la progresiva sustitución de la
palabra por la imagen (del homo sapiens por
el homo videns según Sartori) una de las agorerías
también más habituales. Un planeta de zombies
programados a través de la retina. Y no es que
no sea nuevo; es que es una de las historias
más antiguas de la humanidad. No hay que traer
a colación la milenaria sabiduría china acerca
de que una imagen valga por mil palabras para
comprender que el ser humano arrancó su camino
civilizatorio a base de imágenes, que la imagen
es el origen mismo de la humanidad porque, aunque
San Juan diga que «en el principio fue el verbo»,
ese verbo no podía pasar del estadio de la «idea
en sí misma» hegeliana, en tanto no se «enajenara»,
no se convirtiera en algo distinto, en el hombre,
creado, según la Vulgata «ad imaginem et similitudinem»
de Dios, es decir, no generara su imagen. Ya
en el cielo, ya en la tierra la imagen se encuentra
en el origen y desarrollo de la conciencia humana
desde el comienzo de los tiempos. Véase una
imagen humana estilizada por el paso de los
siglos y el último refinamiento cubista de Picasso
y compárese con otra de las pinturas rupestres
de antigüedad . Son lo mismo y cumplen más o
menos las mismas funciones.
No
es aventurado decir que esta época es la que
menos depende de la imagen dado que, al menos
en el llamado mundo occidental, la alfabetización
es completa. Proliferan los mensajes textuales
en todo tipo de medios diciendo a la gente lo
que tiene que hacer, dejar de hacer, consumir,
dejar de consumir, creer o descreer que carecerían
de sentido hace 200 años, cuando la mayoría
era analfabeta; no digamos hace 1000 o 2000
años. Es más, nuestro signos alfabéticos proceden
de imágenes. Como puede verse cuando se reduce
a un cuadro la evolución de la escritura desde
los pictogramas más primitivos a los rasgos
cuneiformes como el que trae Kramer en La historia
empieza en Sumer.
1.2. La reproducibilidad mecánica
de las obras del espíritu
Que
yo sepa, el primero en señalar la importancia
de este fenómeno fue Walter Benjamín en un ensayo
del mismo nombre. La reproducibilidad mecánica,
claro es, afecta a una de las partes esenciales
de la obra de arte, que es su carácter único,
original, irrepetible, producto exclusivo del
genio creador. Las copias son copias porque
hay un original que, muchas veces, como sucede
con la famosa barra de platino e iridio, se
guarda en algún museo. Si desaparece la barra,
el original, anegado en decenas, centenas de
«originales», es posible que todos firmados
de su puño y letra por el autor, el caos se
instala en el mundo. Hay, sin embargo, tres
consideraciones que relativizan el valor de
cualquier conclusión apocalíptica que quiera
obtenerse desde la «degeneración del arte» al
fin de éste, pasando por las diatribas contra
la comercialización o mercantilización de la
actividad creadora.
En primer
lugar, no todas las obras del espíritu han tenido
que esperar al siglo XX para alcanzar la condición
de reproducibilidad mecánica. Desde que surgió
la imprenta la dicha reproducibilidad fue un
hecho, en unas artes más que en otras, desde
luego. Las artes literarias se liberaron de
los copistas y conquistaron mercados allende
los océanos. Los creyentes podían llevar la
Biblia consigo, a los confines más remotos de
la tierra sin necesidad de acercarse a la iglesia,
a escuchar la palabra de Dios de los labios
del cura. Pero no será ésta la reproducibilidad
que caracterice a la posmodernidad, si bien
sí y claramente a la modernidad{1}. A
la par que las artes literarias y, en cierto
modo, las musicales, desde el momento en que
cabía reproducir mecánicamente las escrituras
musicales, partituras, pentagramas, etc, también
se desarrolló la reproducción de las artes pictóricas
y las plásticas, como la escultura y la arquitectura
cuando, gracias a los avances en diversas técnicas
de grabado, se pudieron multiplicar obras de
arte que antes eran (y, por lo demás, en verdad,
seguían siendo) únicas; o incluso, por algún
motivo habían dejado de existir, desaparición
que admite muchas variantes. Merced a un grabado
de Cornelis Vos sabemos que Miguel Ángel pintó
una Leda que no ha dejado más rastro que el
tal grabado de Vos. Algunos de estos reproductores
mecánicos alcanzaron cimas excelsas de genialidad,
tanto en el campo artesanal como en el de la
creación más original. Así, Durero, por ej.
Estableció iconografía canónica en algunos de
sus grabados, que ha seguido imitándose a lo
largo de los siglos; basta con recordar a Böcklin,
Carrá y buena parte del simbolismo. Asimismo,
los más celebres artistas, aparte de trabajar
con el socorrido procedimiento del «taller»,
tenían relaciones que hoy llamaríamos en exclusiva
con determinados grabadores de su predilección.
Tal era el caso de Rembrandt o el de Rubens.
Muchas veces sabemos de la fama que alcanzó
un cuadro, una escultura, por la cantidad de
copias que ha llegado hasta nosotros. Poca posmodernidad
hay en esto.
En segundo
lugar, cabe señalar que la reproducibilidad
mecánica de que se habla aquí no es la del sustrato
material de la obra, sino que afecta a la interpretación
misma, al juicio que por su ejecución nos merece.
El manuscrito de una sinfonía es mudo, sólo
suena cuando alguien lo interpreta y hay tantas
interpretaciones como intérpretes y veces en
que los intérpretes han acometido la obra. No
hay una Eroica, sino cientos, miles, decenas
de miles. Cada época, cada generación, cada
grupo, cada individuo tiene su Beethoven. Pero
esto no es propiamente hablando «reproducibilidad
mecánica» ya que tal cosa sucede con todos los
artistas, incluso los plásticos, no narrativos
y no abstractos. Cada época tiene su Fidias.
La reproducibilidad empieza el día en que se
graba en algún tipo de soporte invariable una
determinada interpretación. Siempre que escuchemos
la versión de la Heroica que grabó Von Karajan
en tal lugar en tal fecha y de la que se han
hecho miles, cientos de miles de copias, estaremos
escuchando exactamente la misma interpretación.
Es lo mismo que pasa con el teatro y el cine,
como todo el mundo sabe. Cada vez que los cómicos
salen a escena empieza un espectáculo único,
maravilloso, irrepetible. Cada vez que acudamos
al cine a ver a Lawrence Olivier interpretando
a Ricardo III oiremos exactamente el mismo Shakespeare
y veremos al mismo rey retorcido en cuerpo y
alma hablando con la misma entonación, la misma
cadencia, idéntico ritmo. ¿Afecta esto a las
obras de arte en sí, en la medida en que son
manifestaciones únicas e inimitables del espíritu
humano? Sólo si estamos dispuestos a admitir
que la cantidad condiciona la calidad, asunto
espinoso y que se sale bastante de nuestro actual
discurso. ¿Condiciona en algo el contenido del
Himno a la Alegría de la coral de la IXª sinfonía
(sea éste el símbolo del gozo íntimo, como pensaba
el compositor o un pobre pastiche, como creía
Tolstoi) el hecho de que suene cada vez que
los gobernantes se hacen la acostumbrada «foto
de familia» en Bruselas? La pregunta, entiendo,
carece de respuesta .
En
tercer lugar, hay una forma de reproducibilidad
mecánica, especialmente hoy día y en el campo
de la pintura en la que la obra de arte se concibe
ya en una estructura multiplicadora. Las serigrafías,
sobre todo a partir del pop art son el mejor
ejemplo. Las modernas técnicas de fotocomposición
permiten hacer obras de arte en las que no hay
un «original» y unas copias, sino que son de
series de originales. El arte, a su vez, refleja
la realidad de las series, las convierte de
medios en fines dignos de representación e,
incluso, hace una transferencia a las personas,
convirtiendo el carácter multiplicativo de la
imagen humana en uno de los pilares del «pop
art». Al margen de que esto ya sucedía desde
que empezaron los grabados que, al hacerse sobre
planchas, tampoco contaban con un «original»
en ese sentido sacralizado de obra «primigenia»
que parece emanar de las observaciones sobre
reproducibilidad mecánica, la cuestión deriva
hacia la muy espinosa de si cabe o no considerar
arte una obra de serigrafía. También fuera de
nuestro ámbito, si bien en este caso no me resisto
a dar mi opinión que consiste en un sí. La condición
del arte reside en una serie de factores (también,
claro es, fragmentarios) y uno de ellos es el
de su originalidad intrínseca, no material.
Lo que hace de Las Meninas una obra de arte
es el tema, el tratamiento, no el lienzo; el
uso de los colores, no las sustancias químicas
que los componen; la estructura de la composición,
no el marco.
En
resumen, siendo la observación sobre la reproducibilidad
mecánica de las obras de arte de las más inteligentes
y penetrantes que se han hecho y teniendo algo
de interés al respecto de lo que aquí se trata,
no deja de referirse a un aspecto aleatorio,
contingente, material y cuantitativo de la cuestión.
Dado el carácter eterno y proteico del arte,
todas estas consideraciones suelen quedar sumergidas
en un piadoso silencio al paso de unos cuantos
años. Piedad es lo que hay que tener cuando
se leen las tarascadas de Unamuno contra el
cine con el que venía a decir, jamás podrá tratar
un literato serio porque...¡es mudo!
1.3. La llegada de la comunicación
«en tiempo real»
Hace
un tiempo, Ted Turner, gran jefe de la CNN,
teniendo que explicar qué importancia daba a
la información «en tiempo real», decía que el
día del fin del mundo, allí estaría la CNN,
dándolo e directo. La expresión es obviamente
desmesurada, desaforada, con el desafuero habitual
en los humanos empeños. Pero, además, ni siquiera
es nueva. Esquilo, al comienzo de la Orestiada
nos hace saber que Clitemnestra se entera de
la caída de Troya en tiempo real, a la velocidad
de la luz porque apostó un centinela en cada
pico desde Argos hasta Troya con la única orden
de encender sucesivas hogueras en el momento
en que Troya cayera. Tiempo real, directo; nada
de diferido. Nos consolamos pensando que para
nosotros es una realidad lo que para los griegos
era una fantasía. Nuestro mérito es haber hecho
realidad algo que ya estaba pensado hace más
de 2000 años pero no estaba realizado. Somos
nosotros los únicos que hemos podido hacer realidad
los sueños de la humanidad, desde volar hasta
enterarnos de lo que pasa sin mediación temporal
alguna. La información es instantánea, simultánea
al hecho informado y fidedigna. Lo que sucede,
sin embargo, es que muchos de estos sueños,
si no todos (exceptuado el de la inmortalidad
y ese sigue siendo un sueño) ya estaban realizados.
Lo que Esquilo imaginó lo pusieron en práctica
los emperadores chinos que constituyeron un
mecanismo de alerta temprana en tiempo real
y protección del imperio gracias a la muralla
china, lo que garantizó que el «Imperio del
medio» fuera una realidad política inalterada
durante más de 2000 años y hasta hay quien dice
que así sigue siendo pues la revolución comunista
no fue sino un avatar más de aquella milenaria
construcción. Obviamente, es obligado pensar
con más detenimiento las ideas sobre el progreso
de la especie e, incluso, en caso de apuro,
sobre la especie misma.
Esta
idea de que la modernidad y no digamos la posmodernidad
es el «no va más» que produce hastío y nos impulsa
a perdonar la vida a los antepasados, tentados,
como estamos, de creer que no eran tan listos
como nosotros, también debe matizarse. Al pairo
de los interesantes debates sobre el año 2000
surgió, cómo no, uno que enfrentaba dos posiciones
diametralmente opuestas. Posición a: ya sabemos
todo lo que puede saberse, todo está explorado,
quedan migajas, los grandes veneros de los descubrimientos
científicos están agotados; posición b: estamos
al comienzo de la carrera del conocimiento,
apenas hemos degustado sus primeros y dulces
frutos, nos espera un territorio nuevo, insólito,
fascinante; estamos dando los primeros vagidos
del homo sapiens; llegaremos muy lejos. Mucho
más que ahora. Llegaremos a ser dioses, aunque
ya tenga Dios especializado a uno de sus arcángeles,
San Miguel, en la tarea de evitar que se dé
tan anómala realidad al grito de «¿Quién como
Dios?». Que no se nos olvide lo que sucedió
con el último insensato que lo intentó. Es decir
seguiremos soñando.
2. La libertad de conciencia
Tampoco
cuenta con base sólida la idea de que la libertad
de conciencia es propia y exclusiva de la posmodernidad.
Si se compara esta época con las anteriores,
la propuesta no es cierta. Sólo lo es cuando
la comparamos no con los tiempos anteriores,
sino con la idea que nos gusta hacernos de ellos.
Así, la era victoriana puede ser el apogeo de
la hipocresía, la pudibundez y la gazmoñería;
pero también lo es de algunas de las ideas y
prácticas más atrevidas de todos los tiempos,
incluidos los nuestros. Quizás se considere
hoy a D. H. Lawrence demasiado pacato; no estoy
seguro. Menos lo estoy de que las ideas de Darwin
no produzcan el mismo rechazo que hace 150 años,
sobre todo cuando recuerda uno que hay escuelas
en los EEUU en las que se enseña el origen de
las especies a través de la Biblia. Quienes
así procede conviven con quienes quieren hacer
híbridos entre hombres y ratones, mezcla de
los dos extremos de la novela de Steinbeck.
Conviven, y no en las antípodas respectivas,
sino puerta con puerta. Y, puestos a imaginar
lo fragmentario, contradictorio y hasta absurdo,
¿por qué no suponer que el mismo científico
dispuesto a cruzar a Superman con Mickey Mouse
objete a que se enseñe darwinismo a su hijo
en la escuela? De Ionesco y Adamov hasta hoy,
¿no es el teatro del absurdo un reflejo de la
vida llamada real? Levantar constancia del absurdo
de la existencia humana, tampoco algo tan original,
¿es para sentir complacencia alguna?
Se
dirá que el avance es más completo y evidente
en el terreno socialmente no menos importante
de las modas y costumbres, de las formas simmelianas.
Nuestro mundo posmoderno se ha liberado de convencionalismos
y tiranías. Simmel redivivo reconocería que
la moda contemporánea es el sincretismo más
intenso, esto es. todas las modas, vale decir,
ninguna moda. Pero no hay que precipitarse.
Es frecuente que los visitantes se admiren ante
la «modernidad» del mosaico de las muchachas
en bikini que se guarda en la Villa Casale,
Piazza Armerina. Puede, asimismo, argumentarse
con cierta lógica que el tal mosaico, lejos
de testimoniar de cierta licencia en los usos
romanos, versión muy a tono con las interpretaciones
moralizantes del hundimiento del Imperio por
la degeneración de las costumbres, prueba un
grado alto de pudicia e, incluso, de pudibundez.
Basta recordar que, en Creta, las mujeres llevaban
los senos a la vista y era frecuente que se
pintaran los pezones de vivos colores, como
queda claro en esta estatuilla de terracota
de la Reina cretense de las serpientes, hallada
en Heraklión. Siguiendo con el espíritu edificante,
habrá quien sospeche (otra cosa es que se diga,
pues hoy no es el siglo XIX) que el ignoto cataclismo
que puso fin al reino minoico pueda deberse
a alguna forma de cólera divina, como la que
destruyó Sodoma y Gomorra o la que confundió
a los artífices de la torre de Babel. Los cretenses,
a su vez, eran puente de transmisión de las
influencias egipcias. A la altura de la XVIII
dinastía, hacia 1350 a.C., cabían representaciones
que testimoniaban de una vida relativamente
licenciosa, al menos entre los príncipes. Y
aunque los romanos seguramente no supieron gran
cosa de los cretenses, sí entraron en contacto
y choque «civilizatorio» con los egipcios; si
no con los de la XVIII dinastía, con los de
la XX. Para entonces es posible que las egipcias
llevaran sus encantos velados. Pero la verdad
es que a Cleopatra se la representa siempre
a seno abierto bien es verdad que en el momento
del mutis, áspid mediante, destinado a morder
«por do más pecado había».
Día
del orgullo gay 2001En materia de libertad de
costumbres, al menos por lo que hace a las cuestiones
eróticas y sexuales, la modernidad tiene poco
que enseñar a las culturas y civilizaciones
del pasado: desde la homosexualidad de ambos
sexos hasta la poligamia y la poliginia, pasando
por el hetairismo, la prostitución hospitalaria,
la relativa recurrencia del incesto, el adulterio
y otras prácticas más o menos aceptadas o condenadas,
el pasado ha conocido de todo. Nuestra moral
no es una liberación frente a la de la Letra
escarlata, y nuestra época no es el reinado
triunfante de Hester Prynne en la que cada cual
dispone libremente de sí mismo (y lleva en silencio
el castigo social por ello) sino una continuación
moderada y a veces baladí de aquel siglo XVIII
francés en el que, «faute de mieux, on couche
avec son mari». Del respeto a la homosexualidad
no hace falta decir nada; estamos muy contentos
y tenemos a gala nuestra tolerancia en la materia
que, por lo demás, tampoco está tan generalizada.
Para bajar algo los humos bastará recordar que
El banquete se cierra con una agria y endemoniadamente
enrevesada escena de celos entre Alcibíades
y Sócrates por el amor de Agatón en la que Alcibíades
lleva la peor parte y Sócrates se liga al mancebo.
Es verdad que cada vez hay más armarios que
se abren y más personajes significados en diferentes
andaduras de la vida tienen la osadía de reconocerse
en público como son en privado. Oscar Wilde
no precisó salir del armario porque jamás había
entrado en él.
Lolita
ha gozado y goza de aplauso general en una sociedad
que gusta de saborear el placer de la ambigüedad,
bordeando lo ilícito. No solamente por la prosa
de Nobokov, sino por el tema. De Lolita se han
rodado dos filmes. Lolita simboliza las fantasías
ocultas, reprimidas, de los hombres de mediana
edad en adelante; es la imagen del pecado y
el placer, aquello que no consiguen los que
lo tienen todo por otro lado, el dinero, el
poder, la influencia, pero a cuyos pies se abre
el tenebroso atractivo de les jeunes filles
en fleurs.. Buena parte de la pintura de Balthus
está impregnada de esa sensación de peligro
en la que la frontera del arte roza de alguna
forma imprecisa el ilícito penal. Hay desnudos
de niñas en Balthus muy inquietantes, pero no
mucho más que los extraños y sensuales andróginos
que representaba Aubrey Beardsley, incluso en
conculcación de iconografías venerables, como
la de SJB en plena época victoriana, un culto
al hermafroditismo que empezaba por él mismo.
Su autorretrato no puede ser más sugestivo.
Y, si de jeunes garçons se trata, el gusto por
la androginia ha hecho estragos. Gustav Aschebach
sucumbe a los encantos de Tazdio que, por lo
demás, es la imagen viva del hermafroditismo.
Tampoco nada que avale esa ingenua convicción
de que, habiendo roto los últimos tabúes, nos
embarga la agridulce emoción del acceso a lo
nuevo y enmocionante. El Renacimiento ya ocupaba
los territorios de la ambigüedad recuperando
así para la manifestación artística la libertad
e independencia frente a los cánones morales
de que había hecho gala la antigüedad.
Quizás
se sostenga que lo característico de la época
y de sus selfimages, como dice Alasdair McIntyre,
sea la mezcla impune de ambas perversiones:
el atractivo de lo ilícito con la inclinación
hacia la ambigüedad. La transgresión y el peligro.
En verdad estamos de vuelta de todo.
¿Hay
alguien que no interprete correctamente el SS
de Dalí? Y, al mismo tiempo, ¿hay alguien que
no vea exactamente el mismo mensaje y más refinado,
si cabe, menos obvio en la abundante iconografía
de SS? Tómese alguna de las versiones de Mantegna,
una tardía, como la muy conocida de 1480 y se
verá lo que está diciéndose aquí, o incluso
alguna aún más llamativa, como la de Perugino
frente a la cual nadie con algo de sentido común
se atrevería a pronunciarse. A lo más que llega
la posmodernidad aquí es a encontrar un anacrónico
elemento de vampirismo añadido.
En
el incesto, la situación es como siempre: repudio
absoluto, aderezado de razonamientos científicos
y noticias médicas. Lo que los dioses griegos
practicaban con verdadero ahínco y los faraones
egipcios cumplían casi como mandato divino,
a los efectos de conservar la pureza de la sangre,
ha concentrado la ira condenatoria de las generaciones
posteriores, sin paliativo alguno. De forma
que, por puro miedo, se ha trasladado al ámbito
de la ficción y la poesía. Manfred va a su perdición
por lo que sabe que es un amor culpable por
su hermana, trasunto del de Byron por la suya,
cosa que el pintor evidencia en ese gesto de
última desesperación del héroe. En todo incesto
se masca la tragedia; incluso aunque se trate
de una mera tentativa y de un incesto «político»
como en el caso de Fedra o conlleve fuerza,
estupro, como en el de Amon y Tamar. El incesto
sigue mostrando su doble consideración: de una
parte, la prohibición absoluta y universal que
no se matiza con circunstancia alguna; de otra,
una oscura realidad, una realidad general y
extendida pero refoulée , presente en el terreno
freudiano del «Ello», como lo está, por ejemplo
en las relaciones de Ulrich con su hermana en
El hombre sin atributos o en algunos de los
cuadros de Klimt. Existe, pero se oculta y se
sublima y, en la medida en que se manifiesta
o la conciencia moderna se encara con él en
las manifestaciones artísticas lo hace como
las anteriores, excepción hecha de los dioses
del olimpo o de la egipcios, vinculado al mal,
al pecado, a lo prohibido, al castigo y a la
sangre. La prohibición sigue siendo absoluta,
como queda tajantemente en evidencia en el cuadro
de Beckmann.
3.
La desacralización en sus numerosas manifestaciones
La
doctrina oficial acerca de la convivencia en
las sociedades occidentales es que éstas son
sociedades «laicas» en las que, tras siglos
de oscurantismo y penalidades y después de ímprobos
esfuerzos se ha conseguido desgajar a la Iglesia
del Estado. Ahí está la posmodernidad campando
por sus respetos. Hay algunos datos inquietantes
que la buena conciencia actual reduce a la mínima
condición de «inercias» del pasado, como el
hecho de que la Reina de Inglaterra siga siendo
la cabeza de la Iglesia del país, que en los
Estados Unidos se impetre oficialmente la bendición
del Dios al que todos los niños invocan en las
escuelas cuando se va a atacar a emprender alguna
hazaña bélica{2}, o que en España ya
no se sepa si la Iglesia está en el sistema
educativo o el sistema educativo en la Iglesia.
No parecen motivos suficientes para mover un
debate público acerca de en qué medida real,
verdadera y tangible son laicas las sociedades
occidentales y toleran multiplicidad de cultos.
Para no perdernos en disquisiciones irrelevantes
mencionaremos un hecho frecuente que suele mover
intensas polémicas en las opiniones públicas
de los laicos países occidentales. De vez en
cuando se hace público algún atropello, vejamen,
tortura o ejecución sumaria que mueve a indignación
general y que, quienes los perpetran defienden
invocando costumbres ancestrales, identidades
culturales y creencias religiosas o las tres
cosas al tiempo. Hay escándalo y campañas en
la red, pero la posmodernidad sonríe condescendiente.
Esas cosas pasan en otros pagos, en lugares
como Nigeria y demás ámbitos donde campea el
fanatismo islamista. Esas cosas entre nosotros,
aquí y ahora, no pasan.
¿O
sí? A veces, al socaire de una nueva producción
artística que no muestre suficiente respeto
por las creencias religiosas de las confesiones
mayoritarias, se sublevan las conciencias de
unos u otros creyentes, principalmente católicos,
pero también protestantes, dignos herederos
de los eldermen de La letra escarlata, y arremeten
públicamente contra la supuesta ofensa a sus
sentimientos religiosos. El asunto tiene unas
honduras que ponen los pelos de punta porque
dependen de la reaparición de un problema al
que ya se ha hecho fugaz mención por su aspecto
no ya vidrioso, sino vitriólico, esto es, el
de si cabe encontrar algún acuerdo colectivo
acerca de qué sea arte y qué no, asunto que
pudiera considerarse trivial por imposible de
solventar de no ser porque de la definición
colectiva de qué sea o no arte dependen muchas
medidas de eficacia práctica que tocan a las
obras de arte, a la vida de los artistas y al
consumo general de tales obras. Resulta que
hay que llegar a un acuerdo sobre algo sobre
lo que no es posible llegar a acuerdo alguno,
lo cual tiene unas consecuencias a veces sorprendentes.
Si
un ayuntamiento autoriza una exposición de obras
de un artista que, en alguna de ellas, presenta
una imagen que puede considerarse «indecente»
de Cristo, por ejemplo, crucificado mostrando
los órganos genitales, es de esperar que haya
protesta social. Ya en 1948, cuando Rivera colgó
el magnífico mural Sueño de una tarde de domingo
en la Alameda Central, con su ambición de ser
la síntesis de la historia de su país, un país
que había consagrado la separación de la Iglesia
y el Estado en la Constitución de Querétaro,
el arzobispado del D.F. movió una campaña social
en contra de la obra. Aparecía en ella, cerca
de Juárez un erudito local que había pronunciado
una conferencia sobre el siempre atractivo tema
de «Dios no existe» y aparecía el título de
la conferencia. Hubo manifestaciones, piquetes,
agresiones personales y atentados contra la
obra (Rivera tuvo que restaurar su autorretrato,
destruido por unos grupos de vándalos universitarios)
hasta que el autor se resignó a cambiar aquel
título por otro que moviera menos indignación
entre los católicos. Pero eso fue en 1948, cuando
los ánimos estaban más exaltados. Hoy nos hemos
hecho más tolerantes a fuer de posmodernos.
Pero, recientemente, el ex alcalde de NY, Rudolf
Giuliani, un hombre de recias convicciones morales
y religiosas{3}, lanzó un ataque institucional
contra la Galería de Arte de Brooklyn, por exponer
a la Virgen María en actitud poco decorosa.
A la Virgen suelen defenderla hordas de ciudadanos
indignados, como los que asaltaban las salas
en las que se exhibía el film de Jean-Luc Goddard,
Je vous salue Marie, por considerarla vejatoria
para la Virgen. Ahora bien, está claro que esas
hordas de ciudadanos con rosario al cuello nada
tienen que ver con las hordas de ciudadanos
musulmanes que hacen lo mismo cuando se trata
de sus deidades. Son éstos musulmanes y ya hemos
dicho que el Islam es fanático e intolerante,
según recuerdan también Haider y Berlusconi.
Jean
Fouquet, Virgen y niño, 1450Para dejar bien
claras las diferencias acuden luego los críticos
posmodernos, perfectamente impuestos en los
mandatos de la ilustración que no ladran al
contemplar la falta de respeto, sino que la
rechazan con gesto hastiado no por ser irreverente
sino por ser mala, es decir, por no ser arte.
Arte de verdad, claro es{4}. Resulta
difícil imaginar qué hubieran dicho todos los
censores (los de la tijera, la piedra y el puñal
o los de la ironía y el sarcasmo posmodernos)
a la vista de una virgen como la de Jean Fouquet
en el siglo XV. En cuanto a la alegría en el
trato o la falta de reverencia, no sé si alguien
puede juzgar qué sea más atentatorio a la pureza
virginal de Maria si la obra de Goddard o esa
Virgen de Fouquet con el seno turgente, el vestido
elegante, escotado y adornado y con un peinado
à la page, con media cabeza rapada y los labios
pintados, que mira al niño más como un estorbo
que como un divino tesoro. No se trata solamente
de una mera imagen de Virgen lactante, de las
que hay muchas desde el románico, que se prosiguen
en el gótico internacional y llegan al renacimiento.
Tampoco de aquellos casos en que el artista
da forma al milagro de San Bernardo, en imágenes
que son trasunto del tratamiento plástico de
la Vía Láctea en los dos ejemplos más conocidos
de Rubens y Tintoretto. En el caso de Fouquet
la imagen de la Virgen es positivamente la de
una cortesana; es más, es el retrato de Agnès
Sorel, la amante del Rey Carlos VII. Algo de
toda esa irreverencia parece traslucirse en
el rojo de los querubines.
Felicien
Rops, La tentación de San Antonio, 1878El programa
iconográfico del Concilio de Trento, consistente,
entre otras cosas, en ensalzar la figura de
la Virgen a base de Inmaculadas Concepciones,
se impuso con tal plenitud que el Papa declaró
la tal inmaculada concepción dogma, legitimando
en consecuencia el culto mariano, que es de
hiperdulía, es decir, no el que se tributa a
Dios, pero tampoco el que corresponde a los
mortales ordinarios. Esto de hacer superior
a los mortales a alguno de ellos, incluso a
hacerlo inmortal, es tentación a la que no es
fácil se resistan las religiones. Los griegos
hicieron varios inmortales, Psiché o Hércules,
por poner un par de ejemplos. Mortales nacidos
mortales y devenidos inmortales. Como María.
La muerte de la Virgen es tema delicado. Hay
tendencia a preferir la expresión de la «dormición»
de María. Es un juego elegante ya que, aunque
la muerte y el sueño son primos hermanos, no
son lo mismo. Obsérvese que María es asunta
a los cielos. Si es asunta es porque lo es en
carne y hueso, ya que las almas no precisan
asunción, van por la vía de la ascensión, como
Cristo. Pero Cristo es Dios. Su morir no precisa
disimulo ya que es un mero trámite con tres
días de carencia, especie de «habeas corpus»
de la Tetrarquía romana bajo dominio de Herodes.
Y ya, como colofón, quedaría por preguntarse
si no se moverían hoy idénticas muchedumbres
de ilustrados ciudadanos pero heridos en sus
sentimientos religiosos si alguien pasase por
la televisión la versión que de la tentación
de San Antonio hizo uno de aquellos franceses
simbolistas y un tanto decadentistas, y que
a Freud le parecía un magnífico ejemplo de las
relaciones entre las personas y sus ámbitos
subconscientes.
4.
La supremacía del individuo y los derechos humanos
En
esto parece que las conquistas de la posmodernidad
son indiscutibles. Importa el individuo, al
que se considera depositario último de los valores
de la especie. La posmodernidad hereda (que
no todo ha de ser rechazo) de la modernidad
la mentalidad antiesclavista y la prohibición
de las prácticas crueles y degradantes con vivos
o muertos, de la tortura, de las mutilaciones
forzosas y, si no de la pena de muerte por entero
(ya que hay reductos inexpugnables, según parece)
sí de su administración como espectáculo público.
En algunos aspectos ha hecho honor a la herencia;
en otros, no.
Nos
distinguimos de los «demás», esto es, de los
salvajes, los incivilizados, los atrasados,
en que «nosotros» no toleramos aquellas prácticas.
Una consideración más detenida del asunto prueba
que no es oro todo lo que reluce. La esclavitud
está viva y coleando. Es cierto que sólo se
da en las zonas marginales del mundo desarrollado;
pero esas zonas marginales son continentes enteros.
En Asia, en África, en América Latina hay esclavitud
con prevalencia variable y con manifestaciones
concretas también diferentes. Añádase el trabajo
infantil, que es una forma de esclavitud. Entre
los adultos, la esclavitud va desde su forma
más pura hasta modernos sistemas de contratación
abusiva, al estilo de la que se narra en Huasipungo,
de Jorge de Icaza o en Mamita Yunai, de Carlos
Luis Fallas, novelas latinoamericanas anteriores
al llamado «boom» del realismo mágico y que
casi nadie conoce porque versan sobre el lado
oscuro de la perpetuación de la esclavitud en
el continente en nuestro siglo.
En
las prácticas crueles y degradantes con vivos
y muertos hay cuestiones interesantes y muy
reveladoras de los artilugios de legitimación
posmodernos. Por ejemplo, el cine Western, en
la etapa de los años 50 (Ford, Hathaway, Vidor)
construyó una imagen de los rostros pálidos
portadores de la civilización, frente al salvajismo
y la ferocidad de las tribus indias. En nada
se observaba mejor la diferencia entre el civilizado
y el salvaje que en la repugnante práctica del
escalpelo. Erradicar aquella horrible costumbre
de profanar los cadáveres contribuía a justificar
la conquista del Oeste. Sin embargo, esa costumbre
del escalpelo no era de los pieles rojas, sino
de los rostros pálidos. Los pieles rojas, pensando,
seguramente, que la práctica debía de tener
algún poder mágico, la adoptaron, si es que
no lo hicieron en aplicación de alguna ley del
talión peculiar. Eran los blancos, los tramperos,
los colonos, los que cobraban por cada indio
muerto, para lo que guardaban las cabelleras.
Léase The Deerslayer, de James Fenimore Cooper,
publicada en 1841, antes de que naciera John
Ford, y se verá que eran los blancos los que
codiciaban las cabelleras de los iroqueses.
Cien años después habíamos reescrito la historia,
como en 1984 y, donde dije blanco, digo indio;
nos horrorizaba arrancar la cabellera a los
muertos, que merecen un respeto. Más que los
vivos porque, por esos años de 1941, los judíos
con suerte llevaban una estrella amarilla en
la solapa; los que tenían menos suerte, llevaban
un número tatuado en el brazo. Los judíos de
hoy, en plena posmodernidad, son los palestinos,
todos asimilados a los terroristas, o los chechenos
o los hutus, a quien nadie se molesta siquiera
en asimilar a nada.
De
torturas y tratos físicos inhumanos y degradantes
es mejor no hablar. Lo que se cuenta en los
libros de Arthur London, Julius Fucik, Arthur
Koestler y lo que pasó en España entre 1936
y 1945, más o menos, se ha estado repitiendo
a lo largo y ancho del planeta hasta el día
de hoy. En América Latina, en África, en Asia
se ha torturado más o menos, según los momentos,
pero se ha torturado. Con más método, intensidad
y de modo más general que en los Estados Unidos
o en Europa. Torturas ha habido muy recientemente
en Inglaterra, en Francia y en España, donde
se conoce un caso espeluznante de torturas culminado
con un enterramiento en cal viva, sustanciado
en los tribunales a fines de los años 90. Y
esto es en el terreno de la confrontación política,
económica, religiosa, étnica o cultural. Pero
no es enteramente exagerado decir que ya la
forma de vida a la que se ajustan los países
occidentales, con la división social del trabajo
imperante, la instrumentación de los seres humanos
para los más variados fines, especialmente los
lucrativos, implica la aceptación de que toda
la vida se ha convertido en un trato «inhumano»
y degradante, cuya manifestación plástica más
lograda se dio en Soylent Green, una película
de ciencia ficción de los años 70 en la que
los seres humanos llevaban una existencia sin
sentido ni utilidad en la tierra, en espera
del momento en que pudieran convertirse en alimento
para los otros seres humanos. No hemos llegado
a esta situación por ahora, pero, gracias a
las sucesivas medidas de «ajuste» de las economías
que, en lo esencial, residen en tratar a los
seres humanos como utensilios y magnitudes contables,
nos acercamos en cambio a la situación que con
tanta fuerza expone Sydney Goodman en su obra.
Es
en la pena de muerte donde parece darse una
situación más optimista. Más optimista porque
hay luces y sombras; pero luces al fin y al
cabo. Sigue habiendo ejecuciones públicas en
numerosas partes del mundo. En muchos países
islámicos la gente puede asistir, es de suponer
que gratis, a una ejecución por decapitación
o ahorcamiento, o a una mutilación de manos
o narices; y eso si no se le ofrece la oportunidad
de participar directamente, por ejemplo en la
lapidación de alguna adúltera En China, el Estado,
que todo lo hace a lo grande, de vez en cuando
convoca al pueblo a presenciar una ejecución
en masa de delincuentes condenados a muerte
en procesos judiciales que nadie, que yo sepa,
se ha molestado en estudiar a fondo pero que
pudieran oscilar entre los «procesos de Moscú»
y la «justicia de Peralvillo», de la que hablaban
los escritores del Siglo de Oro.
Claro,
la «periferia». Nosotros no ejecutamos a la
gente en público. Las últimas ejecuciones como
espectáculo callejero tuvieron lugar en España
entre fines del siglo XIX y principios del XX.
El siglo XX no es el XXI, pero tampoco es el
XV, gracias a Dios, cuando Pedro Berruguete
podía pintar a Sto. Domingo de Guzmán presidiendo
un auto de fe en el que algún desgraciado iba
a achicharrarse como un torrezno a mayor gloria
de Dios. Es de suponer que la Iglesia Católica
habrá pedido perdón por esa atrocidad; pero
también lo es que Domingo de Guzmán seguirá
siendo santo. Podríamos revolver las tripas
del más pintado mostrando nuestra crueldad,
nuestra manifiesta degradación moral acumulando
muestras gráficas de torturas, asesinatos, degollaciones
cometidos contra los indios de América, entre
nosotros mismos durante las guerras de religión.
Bastaría traer algunas imágenes de los Desastres
de la guerra para probar que en todas partes
cuecen habas. Pero no tardará en levantarse
alguna voz diciendo que no se niegan tales extremos,
al contrario, se «asumen», según se dice hoy,
con plena conciencia; pero que, por suerte,
pertenecen al pasado y que quienes quieran airearlos
de nuevo son poco menos que aves carroñeras
a las que, me temo, les gustaría exterminar.
Es verdad, no hay que remover el pasado; no
es necesario. Basta con tener ojos en el presente.
Como se decía más arriba, a fines del siglo
XIX había ejecuciones públicas en España, a
las que asistía el gentío, es de suponer que
con perversa delectación. Ramón Casas nos ha
dejado este cuadro, bello y siniestro, forma
de impresionismo a la española. Los honrados
ciudadanos barceloneses, con su chaqueta y bombín,
lectores quizá de prensa liberal o incluso anarquista,
se apiñaban para ver mejor los últimos instantes
del infeliz al que iban a agarrotar.
Hoy,
sin embargo, en el siglo XXI, en Europa, y América
las ejecuciones son secretas. Allí donde son
públicas (y no sólo las ejecuciones, también
las vejaciones, humillaciones, malos tratos
y torturas) no se trata de territorios posmodernos.
La posmodernidad tiene el pudor de la muerte.
Pero es lo único que es secreto, esto es, el
hecho mismo de la ejecución. Todos los antecedentes,
incluidos los últimos momentos de los acusados
son objeto de consumo mediático con audiencias
de millones. No pondremos ejemplos de ello porque
basta con ir a buscarlos a la red y sería un
colofón demasiado desagradable. Es con todo
un avance. Como lo es que la pena de muerte
esté abolida en la mayor parte de los países
civilizados. Ya parece mentira que se conserve
en el más poderoso de ellos. La abolición de
la pena capital es el aspecto más claramente
positivo del relativismo de la posmodernidad.
Y el hecho de que unos u otros gobiernos hayan
de defenderla frente a opiniones públicas ocasionalmente
partidarias del restablecimiento indica que
la lucha continúa; que no está ganada. Ni lo
estará nunca.
Conclusión
Las
complacencias de la posmodernidad son un ejercicio
de irrelevancia. El abandono del esfuerzo por
entender el mundo no sólo se disfraza de un
sentimiento de superioridad moral por agotamiento
de las posibilidades si no que se entretiene
decretando la muerte de toda aquello a lo que
no osa enfrentarse, la muerte del relato (o
del «gran relato», según precisan algunos),
la muerte de los sistemas, de las ideologías,
de la historia, de la filosofía, del arte. Algunos
de estos fenómenos llevaban muertos más tiempo
que otros. La defunción del arte es decreto
de Hegel, como también la de la historia. Las
muertes de las ideologías y de la filosofía
son más recientes. La de los sistemas es una
propuesta globalizadora: la muerte de todo aquello
que pretenda tener sentido en sí mismo. Al abandonar
la ambición de comprender el mundo y retrotraer
la 11ª tesis sobre Feuerbach a sus supuestos,
hemos renunciado a comprender lo que no somos
nosotros para integrarlo en un todo orgánico
superior, en un gran sistema. Y como nos negamos
a comprender a los otros o, cuando menos, decimos
que es imposible, que viene a ser lo mismo,
pasamos los trastos a quienes creen que no hay
que comprender a los demás y que basta con fusilarlos.
El pensamiento fragmentario busca razones para
criticar esos fusilamientos en nombre de una
moral universal en la que no cree, a fuerza
de fragmentario. Y, al criticarlo, legitima
al fusil. Debe de ser la astucia de la razón.