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Hacia
una nueva Ilustración: Una Respuesta a las críticas
postmodernistas del Humanismo
Por
Paul Kurtz
New York University
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Aparecido
en la Web de: RPFA
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Somos testigos
de un período en la historia en el que existe
un gran desencanto con la Ilustración expresado
por un amplio espectro de intelectuales. Estos
críticos son frecuentemente descritos como
«antihumanistas,» a pesar de que algunos que
se identifican a sí mismos como «humanistas»
participan de igual modo en los ataques contra
la Ilustración considerándolo, en el mejor
de los casos «obsoleto» e «ilusorio», y en
el peor como «represivo» o «diabólico». El
término postmodernista caracteriza a un diverso
grupo de escritores críticos del concepto
de «modernidad,» que es entendido como parte
de la Ilustración. El término Ilustración
ha sido usado para referirse a ciertas corrientes
intelectuales en el siglo diecisiete y especialmente
en el dieciocho en la sociedad occidental.
Comenzó quizás con Descartes, Bacon y Locke,
quienes propusieron el empleo de la razón,
o de la ciencia como método universal tendiente
a obtener conocimiento, y culminó con les
philosophes franceses, Voltaire, Diderot,
Condorcet, d'Holbach, y los Enciclopedistas.
Los escritores
de la Ilustración mostraban gran optimismo
acerca del potencial de la ciencia y la razón
para revelar los secretos de la naturaleza
y del entendimiento de la condición humana,
y en la aplicación de dicho conocimiento para
la mejora de la mencionada condición humana.
Tenían fe en el poder de la educación para
transformar la sociedad. Eran adversarios
de la superstición religiosa y la mitología
y criticaban la influencia del clericalismo.
Algunos eran ateos, aun cuando la mayoría
eran deístas. Mantenían que existen normas
éticas universales que trascienden la relatividad
cultural. Creían en los ideales de libertad,
igualdad, sociedad secular, y democracia.
Muchos de ellos atacaron los ancient regimes,
defendieron la industria y el comercio, y
deseaban usar la tecnología a fin de mejorar
las condiciones sociales. Pensaban que la
naturaleza en general y la condición humana
en particular eran básicamente buenas. Creían
que el progreso humano podía ser conseguido
y que la felicidad podía ser ampliamente distribuida
para un bienestar mayor. El término modernidad
se refiere al hecho de que había confianza
en la habilidad de hombres y mujeres de controlar
su destino. Creían en que los seres humanos
eran libres, autónomos, y agentes racionales,
y que, en alguna medida, eran responsables
de su futuro. Estaban convencidos de que,
por intermedio de la ciencia, era posible
el conocimiento objetivo sobre la naturaleza
y sobre nuestro lugar en ella. Por medio del
entendimiento y acciones iluminadas pensaban
que era posible mejorar la vida humana así
como crear una sociedad mas justa y benéfica.
A pesar de que existía cierto desacuerdo acerca
de tal o cual aspecto de la posición arriba
descrita, los ideales de la Ilustración inspiraron
a muchos pensadores posteriores, desde Kant,
Goethe, Bentham y Mill hasta Marx, Darwin,
Freud, quiénes ayudaron a acelerar el rápido
desarrollo de las ciencias y del cambio político
social y económico. Así las cosas no sin reconocer
la protesta romántica del siglo diecinueve
-la visión de que la razón no era suficiente
y de que necesitábamos añadir al pensamiento
pasión, intención, artes, espiritualidad,
y otras dimensiones de la experiencia humana.
En un sentido real, la Ilustración realizó
muchos de los ideales del renacimiento y del
humanismo de la Grecia y Roma antiguas.
Mirando atrás, no podemos sino impresionarnos
por el significativo impacto de la Ilustración:
primero, en el continuado crecimiento de la
revolución científica y la expansión del conocimiento;
segundo, en el incomparable efecto de la tecnología
en transformar, domesticar, y conquistar el
planeta, reduciendo el sufrimiento humano,
la pobreza, las enfermedades, contribuyendo
a la felicidad y bienestar humano; tercero,
en el impresionante avance de la educación
universal, alfabetización, y el aprendizaje
-antaño considerado el privilegio exclusivo
de la clase alta- y ahora considerado, virtualmente
en todas partes, como el derecho universal
de los niños de todas las clases, ricos y
pobres de igual modo; cuarto, en el avance
de la revolución democrática, la cual se ha
extendido mucho más allá de Francia, Inglaterra
y América (cuyos cimientos, incidentalmente,
fueron posibles gracias a los discípulos de
la Ilustración: Jefferson, Madison, Franklin,
Paine, etc.) hasta todos los continentes,
de un modo tal que la defensa de la libertad,
igualdad, y de los derechos humanos es actualmente
aceptada por la comunidad mundial. ¿Cuál es
entonces el motivo de la desesperación? ¿Porqué
tantos intelectuales condenan la Ilustración,
la modernidad, la razón, la ciencia, incluso
la libertad y la democracia, y señalan el
humanismo como el problema fundamental, el
archienemigo?
Si a finales del
siglo diecinueve Nietzsche podía proclamar
«la muerte de Dios», al aproximarnos al final
del siglo veinte, muchos proclaman «la muerte
del hombre.» Theodor Adorno expresa quizás
una actitud ácida con respecto al humanismo
y a su optimista fe en el hombre, cuando dice
«después de Auschwitz» no podemos ya componer
himnos»a la grandeza del hombre» ( Theodor
Adorno, citado en L. Ferry and A. Renault,
French Philosophy of the Sixties: An Essay
on Anti-Humanism [La Filosofía Francesa de
los Sesentas: Un ensayo sobre el antihumanismo]
(Amherst, Mass, University of Massachusetts
Press), 1990, p. xxix. Publicado originalmente
en Francia como La Pensee 68: Essai sur l'anti-humanisme
contemporain [El Pensamiento del 68: Ensayo
sobre el antihumanismo contemporáneo] (Paris:
Gallimard), 1985). En cualquier momento de
la historia, hay sin duda varias corrientes
culturales compitiendo por ascendencia. Por
cada generalización ofrecida, una contra-generalización
puede ser hallada. La verdad es que ambos,
el humanismo y las fuerzas del antihumanismo
existen, lado a lado, en la sociedad contemporánea.
¿Cuáles son las más recientes formas de antihumanismo?
Claramente, la esperanza de la Ilustración
de que la superstición sería suplantada por
la educación y la ciencia no ha sido plenamente
realizada, al abundar por doquier el neofundamentalismo.
El catolicismo tradicional, el fundamentalismo
protestante, el judaísmo ortodoxo, el islamismo
revitalizado y el hinduísmo todos niegan que
los humanos sean capaces de decidir su propio
destino, y demandan sumisión a mitologías
de salvación. Alexander Solzhenitsyn
en su ataque al humanismo secular contenido
en su discurso en Harvard en 1978 (Ver los
extractos del discurso de Alexander Solzhenitsyn
y del artículo de Sidney Hook, «Solzhenitsyn
and Secular Humanism: A Response» [Solzhenitsyn
y el Humanismo Secular: Una Respuesta] aparecido
en «The Humanist», November/December
1978) y en su llamado a un redespertar a un
nuevo espiritualismo nacionalista es
sintomático de nuestros tiempos. En los últimos
años hemos observado el resurgimiento de fuerzas
que muchos modernistas consideraban antaño
erradicadas: intensas pasiones nacionalistas,
raciales, étnicas y religiosas; y el brote
de un chauvinismo multicultural de la más
cruda especie (desde Croacia y Serbia hasta
Armenia y Eslovaquia, desde Irlanda del Norte
y la franja occidental hasta Québec y el tribalismo
norteamericano nativo).
Todas ellas llaman
por la renovación de las lealtades étnicas.
Podemos preguntar: ¿es el nacionalismo más
poderoso que el racionalismo; y la sangre
y el suelo más duradero que las ideas universales?
No pretendo enfocar este problema aquí, sin
embargo, más bien en un crítica mucho mas
sofisticada de la Ilustración y del Humanismo
que en un sentido parece implicar no una simple
retirada de la razón, sino un colapso en un
subjetivismo y desesperación y en la perdida
de la confianza de que podemos controlar el
futuro -una nueva forma de nihilismo. Sin
lugar a dudas uno de los ingredientes fundamentales
de este pesimismo en relación a la agenda
humanista es la aparente muerte del marxismo,
ideología que ha atraído a tantos intelectuales.
Ha sido señalado por los críticos del humanismo
que ambos Marx y Robespierre estaban comprometidos
con la Ilustración. Creían en la razón y el
progreso, y ambas ideologías terminaron en
terror y/o en el gulag totalitario. A fin
de salvar la revolución, todo medio puede
ser empleado. Los marxistas-leninistas atacaron
libertades democráticas e incluso al humanismo
marxista, como una simple reflexión del «liberalismo
burgués.» Hoy día los marxistas, si es que
queda alguno, condenan el stalinismo y defienden
los derechos humanos. Así los sueños de muchos
idealistas socialistas y comunistas fueron
derrumbados por la experiencia totalitaria.
Es difícil estimular la convicción de que
la ciencia, el secularismo o el humanismo
son objetivos sociales viables. Quien podría
imaginar una década atrás que la teología
del capitalismo laissez faire sería proclamada
en Moscú, Berlín oriental, Varsovia y Budapest,
y que la búsqueda por antiguas lealtades tribales
y las viejas tradiciones resurgirían con semejante
venganza. Los humanistas necesitan señalar
que fueron ellos de los primeros en criticar
el uso del terror y en defender una sociedad
abierta, y que siempre han colocado la libertad
individual en el tope de la lista de los valores
primarios. Todavía el énfasis humanista en
la libertad humana es atacado hoy día por
otro sector.
Una poderosa acusación
es ahora oída en las voces de los discípulos
últimos de Martin Heidegger. Ciertamente,
su visión filosófica está de moda en las facultades
de las universidades elitescas del mundo occidental.
Los postmodernistas franceses, Jacques Derrida,
Jacques Lacan, Michael Foucault, y Jean-Francois
Lyotard están de moda. Interesantemente, ellos
no sólo niegan el proyecto de la Ilustración
sino que explicítamente niegan cualquier número
de premisas humanistas: que los seres humanos
son capaces de decidir libre y autónomamente;
que pueden ser racionales y responsables;
que normas éticas universales pueden ser descubiertas;
que meta-narrativas de la emancipación pueden
o deben ser logradas; que las ideas de la
democracia liberal y de los derechos humanos
tienen genuina autenticidad. Partiendo de
la filosofía de Heidegger, deploran igualmente
el crecimiento de la tecnología. Mantienen
que el lenguaje es un velo ocultando al ser,
que cada texto debe ser de-construido y que
el conocimiento científico objetivo es un
mito. Derrida es tenido como el virtual profeta
del postmodernismo.
Recientemente le
fue otorgado un grado honorario en la Universidad
de Cambridge, no sin vigorosas protestas por
parte de muchos profesores (Yo estoy más bien
impresionado por esto ya que creo que merezco
algún crédito, o reproche, de haber sido el
primero en introducir a Derrida al público
Americano. Yo organicé una conferencia de
filósofos franco/americanos en la Universidad
Estatal de Nueva York en Buffalo en 1968,
en el cual él leyó su influyente trabajo,
The Ends of Man [Los Fines del Hombre] Este
fue publicado en «Philosophy and Phenomenological
Research» [Filosofía e Innvestigación Fenomenológica]
y en un libro que yo edité, Paul Kurtz, ed.,
Language and Human Nature [«Lenguaje y Naturaleza
Humana»](St. Louis: Wm. H. Green), 1971. G.
Derrida está influenciado por la famosa Carta
sobre el Humanismo (Martin Heidegger, Letter
on Humanism [Carta sobre el Humanismo], en
D. F. Krell, ed., Basic Writings [Escritos
básicos], Nueva York,: Harper and Row, 1977.
Hay temas humanísticos en el El Ser y el Tiempo
de Heidegger, 1927, pero desecha el
humanismo en su posterior Letter on Humanism)
en la que Heidegger rechaza la visión de Sartre
en cuanto a que el existencialismo es un humanismo
(Jean Paul Sartre, L'Existentialisme est un
Humanism [El Existencialismo es un Humanismo],
1946, traducido al inglés por P. Mairet, Londres,
1948) así como la defensa de Sartre la libertad
humana radical y la autonomía. ¿Qué haremos
de este asalto al humanismo por parte de los
heideggarianos franceses? Podemos preguntar,
¿cuál es la praxis ética y social a la que
sus principios filosóficos guían? Considerablemente
embarazoso para el heideggerianismo postmodernista
es la publicación del libro de Victor Farías
Heidegger y el Nazismo (Victor Farias, Heidegger
and Nazism [Heidegger y el nazismo], ed.,
por Joseph Margolis y Tom Rockmore (Philadelphia:
Temple University Press), 1989. Publicado
en Francia como Heidegger et le Nazisme en
1987), en el que se señala que Heidegger se
unió al Partido Nazi en 1933, cuando se convirtió
en rector de la Universidad de Friburgo, y
mantuvo su membresía en el partido hasta 1945.
Heidegger asumió el puesto una vez ocupado
por Husserl en Friburgo. Según Hannah Arendt
el era el «rey sin corona del imperio del
pensamiento.» Como rector, dio la bienvenida
a los nacional-socialistas. Posteriormente
renunció, pero en 1935 reafirmó la «verdad
interior y grandeza del nacional-socialismo.»
Si era o no antisemita eso está abierto a
controversia. Rechazó dirigir las disertaciones
de los estudiantes judíos (Un ex-colega mío,
Marvin Farber, fue alumno de Husserl en Friburgo
y conoció a Heidegger. Farber fue responsable
de introducir la fenomenología a los Estados
Unidos, y de fundar la revista Philosophy
and Phenomenological Research. El estaba convencido
de que Heidegger había comprometido todos
sus principios filosóficos debido a sus asociaciones
nazis), a pesar de que pensaba que las características
de los judíos eran «culturales» más que «biológicas».
En 1966, en una entrevista en Der Spiegel,
publicada post-mortem en virtud de su insistencia,
manifestó que su adherencia a los nazis surgió
de la breve convicción de que ellos eran la
única esperanza para la nación alemana y que
ellos mejor que nadie podían captar «el problema
de la tecnología.» En 1947 Herbert Marcuse,
su ex-alumno, le imploró a Heidegger que renunciara
públicamente a su identificación con el nazismo.
La respuesta de Heidegger fue igualar el transplante
violento de los alemanes orientales con la
aniquilación de los judíos. y posteriormente
comparó las nuevas tecnologías agrícolas con
la «manufactura de cadáveres en las cámaras
de gas y campos de exterminio» (Fui alumno
de postgrado de Herbert Marcuse en 1948 en
la Universidad de Columbia y recuerdo el desarrollo
de su propia posición filosófica y la influencia
de Marx, Hegel, Freud y Heidegger en su trabajo).
Todo esto debe ser observado a la luz del
repudio de Heidegger hacia el liberalismo
democrático y su llamado a una nueva filosofía
en sus escritos (Un excelente comentario del
libro de Faria es el de Thelma Lavine («The
Washington Post», 1989). Ella claramente destaca
la complicidad de Heidegger y la relevancia
con respecto a sus contribuciones filosóficas).
Algunos defensores de Heidegger mantienen
que sus contribuciones filosóficas deben ser
separadas de sus convicciones políticas y/o
de su ingenuidad en este respecto. Pero, ¿cómo
hemos de interpretar los escritos de un gran
filósofo, si no es examinando en parte las
consecuencias de su filosofía en la práctica
ética y social, dado el hecho de que sus escritos
reflejan no simplemente reflexiones ontológicas
o epistemológicas sino pronunciamientos éticos
generales? ¿Cómo hemos de observar su rechazo
de la ética del humanismo? Increíblemente,
Philippe Lacoue-Labarthe, un discípulo de
Derrida ha buscado defender a Heidegger manteniendo
que «el nazismo es un Humanismo». ¿Porqué?
Por que «se apoya en la determinación de humanitas»,
dice él, «el cual es, a sus ojos, más poderoso,
más efectivo, que ningún otro» (Philippe Lacoue-Labarthe,
La fiction du politique: Heidegger, l'art
et la politique [La ficción y el arte de la
política] (Paris: Christian Burgois), 1987,
p.81). Como otras formas de humanismo, el
nazismo también, nos dice, intenta imponer
categorías humanas al Ser. Pero esta trama
es una escandalosa distorsión. Por cuanto
lo que es distintivo del humanismo es su incomprometida
defensa del valor y dignidad humana, así como
su compromiso a la libertad humana, la igualdad
y valor de cada persona -ideales traicionados
por Heidegger y los nacional-socialistas.
Una respuesta conocida a los heideggerianos
postmodernistas y una defensa del humanismo
se encuentra en una serie de libros publicados
por dos filósofos franceses, Luc Ferry y Alain
Renaul (Ver especialmente Luc Ferry y Alain
Renaut, French Philosophy of The Sixties:
An Essay on Anti-Humanism, op. cit; Luc Ferry
y Alain Renaut, Heidegger and Modernity [Heidegger
y la Modernidad] (Chicago: University of Chicago
Press), 1990. Publicado originalmente en Francia
como Heidegger et les modernes (Paris: Grasset
and Fasquelle), 1988). «Hemos llegado a la
convicción,» dicen, «que su [de Heidegger]
acusación de los tiempos modernos y del humanismo,
la cual era vista por él como remontándose
a Descartes y a la filosofía de la Iluminación,
puede en el mejor de los casos terminar en
un criticismo radical de todas las características
del mundo democrático: del mundo de la tecnología
y de la cultura de masas, por supuesto, pero
también del mundo de los derechos humanos...»
«Es imposible», en todo caso, dicen, «regresar,
después de Marx, Nietzsche, Freud, y Heidegger
a la idea de que el hombre es el amo y señor
de la totalidad de sus acciones e ideas» (Luc
Ferry y Alain Renaut, French Philosophy of
the Sixties, op. cit., xvi, Prefacio a la
traducción inglesa). Rechazar totalmente la
«modernidad» y el grupo entero de ideales
de la Ilustración es imposible. Por cuanto
es tanto lo que le debemos que no podemos
abandonar. Yo sugiero que debemos usar los
mejores de los ideales de la Edad de la Razón,
pero adaptándolos al mundo contemporáneo.
Las contribuciones
fundamentales de la modernidad son todavía
significativas, pero quizás sólo como una
«postmodernidad» o como un nuevo renacimiento
humanista. Necesitamos una reconstrucción
del conocimiento y valores humanos, no una
deconstrucción, una revisión y no una ridiculización
de las potencialidades humanas. Necesitamos
reafirmar algún optimismo acerca la condición
humana en lugar del reinante pesimismo. Digo
esto al tiempo en que los cambios sociales,
políticos y económicos en el mundo entero
se suceden con tal velocidad que es usualmente
difícil para cualquiera predecir, siquiera
recomendar, con confianza que ocurrirá o ciertamente
debiera ocurrir en el futuro. En este momento
la guerra fría se ha acabado y la amenaza
de un holocausto nuclear -por lo menos temporalmente-
ha disminuído. Los grandes imperios coloniales
europeos han desaparecido. La Pax Britanica
y la gloria de Francia han sido reemplazadas
por la Pax Americana, la única superpotencia,
en competencia con Japón, una nueva Alemania,
y una nueva Europa. Ha habido un colapso del
optimismo norteamericano, y todo lo que sus
líderes neo-conservadoress tienen para ofrecer
es un retorno a la antigua fe judeo-cristiana
y oposición al humanismo secular. El sobrecogedor
reto en el mundo contemporáneo es el continuado
crecimiento de la tecnología, (tal y como
ambos Dewey y Heidegger reconocieron) y el
fracaso de la humanidad en saber como lidiar
con él. ¿Debemos acaso asumir la postura nihilista
de los postmodernistas y encogernos de horror
frente a la ciencia y la tecnología, o reconocer
sus potencialidades para bien y para mal e
intentar utilizar sus frutos sabiamente para
el beneficio de la humanidad? La crisis que
encaramos es la disparidad entre los nuevos
poderes que poseemos (La explosión del conocimiento:
por ejemplo la biotecnología, la tecnología
del espacio, las ciencias de la computación)
y nuestros prevalecientes valores que frecuentemente
están basados en mitos antiguos y sistemas
religiosos dogmáticos. Aquí el humanismo provee
una alternativa auténtica, de hecho, la opción
mas viable, por cuanto es la única significativa
representación o actitud vital (eupraxofía)
sobre el mundo que consciente y decididamente
defiende el panorama científico y sus métodos
para lidiar con el mundo. Permítaseme mencionar
brevemente cuales pienso que son algunas de
las características fundamentales del nuevo
post moderno neo-humanismo y su relevancia
para el futuro.
Primero, la era de la ciencia continúa avanzando,
y en tres sentidos. El humanismo es una expresión
filosófica o eupraxófica importante. En la
continua controversia acerca de que es la
realidad, los humanistas mantienen que las
ciencias probablemente describen mejor lo
que encontramos en la naturaleza y proveen
explicaciones de como y porque está ocurriendo.
Por ello, el humanismo cristaliza un panorama
cósmico: un universo evolucionado en el cual
los conceptos, teorías e hipótesis en las
fronteras de las ciencias naturales biológicas
y sociales sean tomados seriamente en vez
de aquellas de la teología o la poesía. La
especulación metafísica o las apelaciones
a la revelación, fe, intuición, o emociones
no pueden ser un substituto para la investigación
experimental y la confirmación teorética.
Lo que de seguro carecemos hoy día es de sophia,
o sabiduría integrando el cuerpo de nuestro
conocimiento. Desafortunadamente, la ciencia
está dividida en especialidades angostas y
uno puede ser competente en un campo y no
serlo en otros. Los científicos solitarios
han sido suplantados por investigadores empleados
por gobiernos o corporaciones multinacionales
que trabajan en aras de ganancia o poder.
Necesitamos recapturar el panorama científico
y desarrollar cierta sophia sobre sus más
amplias implicaciones tanto para nosotros
mismos como para el público en general. En
los medios de comunicación lo que usualmente
oímos interpretaciones sensacionalistas -como
la de que el big bang prueba la existencia
de Dios, o que las investigaciones de los
estados cercanos a la muerte prueban la existencia
de la vida en el más allá. Parte del panorama
científico es su escepticismo con respecto
al tradicional panorama teísta. Necesitamos
dedicarnos a una continua crítica de las afirmaciones
bíblicas, hecha por académicos, lingüistas,
arqueólogos e historiadores y a defender la
alternativa naturalista. Hay todavía otro
aspecto dinámico de las fronteras en expansión
de la ciencia, y lugar para el optimismo en
el sentido de que los problemas de investigación,
si bien difíciles pueden ser resueltos introduciendo
nuevas hipótesis y probándolos experimentalmente.
En todo caso, está claro que la ciencia no
es un cuerpo de principios pre-establecidos,
o parte de una enciclopedia del conocimiento,
sino que es definida por los métodos de investigación
del entendimiento y comportamiento humano
y en el encarar los problemas que se nos presentan.
El uso de la razón no supone la razón abstracta
o verdad absoluta. La ciencia es tentativa,
probabilística, falible. A pesar de que es
capaz de progresar sostenidamente, hay continuos
cambios y revisiones. Sugiero, en todo caso,
que hay algunos métodos objetivos que nosotros
empleamos, los cuales son continuamente probados
en el mundo real por sus consecuencias. Por
ello, la ciencia no es simplemente un mito
entre otros, (como algunos de los postmodernistas
mantienen), ni es una cuestión del paradigma
histórico dominante la que decide entre teorías
científicas. A pesar de que claramente son
influenciados por su contexto socio-cultural,
sus métodos de investigación son probados
por su comprobada efectividad en comparación
con otros métodos.
Es la aplicación de la ciencia y de la tecnología
lo que ejemplifica su mayor impacto. La sociedad
industrial estaba basada en la tecnología
de la industria pesada; la sociedad del futuro
en la tecnología de la información. ¿Podrían
acaso los filósofos y poetas que meditan acerca
el universo, alinearse en contra del uso de
los antibióticos, cirugía moderna, marcapasos,
respiradores artificiales, o anestésicos,
que han extendido la expectativa de vida y
han reducido dolor y sufrimiento, o la revolución
verde, que ha ofrecido estándares enriquecidos
de nutrición y reducido la pobreza y el hambre?
¿Desean renunciar a sus inodoros (invento,
que a juicio de uno de mis colegas universitarios,
es uno de los más importantes del siglo diecinueve),
la refrigeración, la electricidad, los grifos
de agua, los equipos estereofónicos, o las
imprentas, en las que imprimen sus libros?
¿Desean regresar a la tecnología de simples
campesinos o escribas? Es claro que hay abusos
en la tecnología incontrolada, así como destrucción
ecológica y de la bio-diversidad. Pero no
es la tecnología per se lo que esta en juego,
sino su uso poco sensato. Segundo, la cuestión
central se refiere a nuestros valores éticos.
Aquí sugiero que los valores del humanismo
son significativos. Tienen ya amplia aceptación
en el mundo y están a la vanguardia del cambio
social.
Necesitamos estar
claros en cuanto a lo que nuestra eupraxia
(nuestra actitud y práctica ética), acarrea.
Nuestro primer punto aquí es sobre la libertad
de pensamiento y conciencia y la investigación
libre. Concedido que esto es limitado por
el contexto social, aun así es necesario reafirmar
la vitalidad de la mente inquisitiva e investigativa.
Son los lectores de Heidegger o Marx libres
de aceptar o rechazar sus argumentos, o la
investigación libre, autónoma o racional es
una ilusión. El solo hecho de proponer esta
pregunta supone cierta capacidad para la libre
investigación. Los humanistas defienden el
derecho a la privacidad, auto-determinación,
libertad moral, el derecho del individuo a
tomar sus propias decisiones en cuanto al
amor y al sexo, familia y amigos, carrera
y profesión, gustos y deseos, ayuda médica,
decisiones sobre vida y muerte -consonantemente,
por supuesto, con los derechos de los demás.
Propongo que hay estándares éticos objetivos
implícitos en el humanismo. Los llamo «decencias
morales comunes» y «valores de excelencia.»
La ética no necesariamente degenera en gustos
y caprichos. La razón, en todo caso, debe
ser aunada a las pasiones, y la cognición
puede modificar y reconstruir las emociones.
A pesar de que reconocemos una amplia diversidad
de valores, hay normas éticas que se aplican
a la humanidad en general. Defenderé una teoría
neo-kantiana y un utilitarianismo modificado.
Uno no puede separar los fines de los medios.
Esta fue uno de los mayores fallas de la teoría
marxista. Es por ello que necesitamos una
ética tanto de principios como de valores.
Tercero, el humanismo ofrece una teoría social
significativa. De nuevo, esto se abre paso
en el mundo. Es la filosofía de la democracia
y de la sociedad abierta, política y económica,
de tolerancia y respeto de diferencias. Y
esto está íntimamente ligado a los derechos
humanos. Trasciende la relatividad cultural
y ofrece principios normativos generales de
comportamiento.
Es un gran reto la emergencia de la
ética global o planetaria, que toma la perspectiva
de la humanidad como un todo. Esto acarrea
la necesidad de desarrollar una ética del
ambiente. En este respecto, necesitaremos
en el futuro lidiar con el poder no regulado
de las empresas multinacionales, la disparidad
entre los países ricos y pobres, la urgencia
por el control de la población, la belicosidad
entre grupos nacionalistas étnicos y tribales.
El humanismo ofrece una óptica universal
basada en la ciencia y los valores comunes.
Reconocer la diversidad cultural, es el partido
de la humanidad, puesto que está ocupado con
la comunidad mundial, mas allá de las facciones
étnicas, raciales o religiosas. Cuarto, necesitamos
dejar en claro que el humanismo ofrece una
respuesta a la pregunta central acerca de
el sentido de la vida. Si el drama ortodoxo
de la salvación divina y de la inmortalidad
del alma no tiene mérito probatorio, ¿cuál
es la alternativa? La actitud vital humanista
ofrece una opción viable: la buena vida de
satisfacción creativa, felicidad y exhuberancia
para la persona individual. La existencia
humana no tiene que estar desprovista de ideales
a seguir, planes significativos y proyectos
tenazmente perseguidos.
El gran problema
del humanismo en el futuro, en todo caso,
es elevar el nivel de los gustos y las cualidades
de apreciación, enriquecer la expresión cultural
y ofrecer oportunidades de educación para
todos. Quinto, y más importante, son las genuinas
posibilidades de cierto optimismo realista
acerca de las potencialidades humanas y su
prospecto. En esta era postmoderna hemos sido
consistentemente esclarecidos en cuanto a
cualquier declaración de progreso ilimitado.
No hay final para la historia, sólo nuevos
comienzos; y cada día es un reto que enfrentamos
de crear nuestro propio mundo, y de luchar
por un futuro mejor. Si no podemos construir
una sociedad utópica, por lo menos podemos
mejorar la condición humana. Pero si lo hacemos,
no es por retirada en la desesperación pesimista,
fortalecida por las cassandras a nuestro alrededor,
ni por ansiedad temerosa. Requiere la voluntad
de expresar las virtudes humanistas fundamentales
de cognición y valentía, mezcladas con compasión,
y la resolución de entrar en el mundo y cambiarlo
para bien. Si eso es lo que vamos a hacer,
necesitamos reencantarnos con los ideales
del humanismo, un re-Ilustración. Necesitamos
una nueva Ilustración. Para aquellos que dicen
que ello es imposible, Yo digo que es posible,
y ciertamente, la corriente de cultura del
humanismo se abre paso a pesar de sus críticos.
La historia no es pre-establecida. No
hay leyes inevitables del desarrollo social
que nosotros descubrimos. Lo que ocurrirá
depende de nosotros. Que el siglo veintiuno,
y en adelante, será en parte dependiente de
la buena fortuna y la suerte, lo contingente
y lo inesperado, pero también depende de nuestros
esfuerzos y nuestros actos. Dadas estas consideraciones,
sugiero, que el humanismo todavía tiene un
brillante prospecto.
(Traducción
al castellano de M. A. Paz y Miño)
LA
ACTITUD CIENTIFICA CONTRA LA ANTICIENCIA Y
LA PSEUDOCIENCIA
Paul Kurtz,
Profesor emérito de filosofía, Universidad
Estatal de Nueva York
Ha
habido un conflicto que ha prevalecido por
largo tiempo en la historia de la cultura
entre la ciencia y la religión, la razón y
la pasión. Los teólogos han argüido incesantemente
que hay «límites» para la investigación científica
y ésta no puede penetrar «el reino transcendental»;
los poetas han despreciado la lógica deductiva
y el método experimental, los cuales sostienen
quitan a las experiencias de sus cualidades
sensitivas. La controversia actual entre las
dos culturas de la ciencia y las humanidades
es por eso familiar.
A pesar de la crítica clásica, la empresa
científica ha tenido un significativo progreso
en las pasados tres siglos, resolviendo problemas
que estaban supuestamente más allá del alcance
de su metodología; y la revolución científica
que empezó primero en las ciencias naturales,
se ha extendido a las ciencias biológicas,
sociales y conductuales, con enormes beneficios
para con el logro de la educación universal
la visión científica eventualmente triunfará
y emancipará la humanidad de la superstición.
Se pensó que el progreso era correlativo con
el crecimiento de la ciencia.
La confianza en la ciencia, sin embargo ha
sido malamente estremecida en los últimos
años. Aún las sociedades supuestamente avanzadas
están inundadas por los cultos de la sin razón
y otras formas de insensatez. A principios
de este siglo fuimos testigos del surgimiento
de cultos ideológicos fanáticos tales como
el nazismo y el stalinismo. Actualmente, las
sociedades democráticas occidentales están
siendo barridas por otras formas de irracionalismo,
con frecuencia marcadamente anticientíficas
y pseudocientíficas en carácter. Hay varias
manifestaciones de esta nuevo asalto a la
razón.
Una buena ilustración de esta tendencia es
el aumento de la astrología, pero sólo la
punta del iceberg. Porque si uno hace encuestas
sobre el estado actual de las creencias, uno
encuentra que gran número de gente está lista
aparentemente para creer en una amplia variedad
de cosas, aunque atroces, sin pruebas suficientes.
Aún un catálogo al azar de algunos de los
cultos y gurúes bizarros ilustran el punto:
la consciencia de Krishna, el Maharaj Ji,
Aikido, el Maharishi Mahesh Yogi y formas
diversas de la meditación trascendental, la
Iglesia de la Unificación, el Proceso, los
Gurjievianos, el Zen, Arica, los Hijos de
Dios y el I-Ching. Desde el punto de vista
del escéptico y el humanista científico, estos
cultos no son más irracionales que los grupos
religiosos ortodoxos. ¿Por qué son las prédicas
del más último de los gurúes, más insensatas
que una deidad muerta y resucitada, la visita
del ángel Gabriel a Mahoma, José Smith y su
viaje occidental, Mary Baker Eddy y la Ciencia
Cristiana, la Teosofía, los Rosacruces, o
la canonización de santos por supuestos milagros?
Las religiones tradicionales violentan la
credulidad tanto o más que las más nuevas
y exóticas religiones importadas del Asia,
pero los primeros han estado rondando más
tiempo y son considerados parte del sistema
social establecido. Lo que es aparente es
la tenaz resistencia de las creencias
irracionales a través de la historia hasta
el presente día -y a pesar de la revolución
científica-.
Tomemos el fenómeno de las «nuevas brujas»,
como Marcello Truzzi las ha llamado, y el
reavivamiento del interés en el exorcismo.
Sólo unos pocos años atrás habría sido raro
haber encontrado algún estudiante universitario
que creyera en las brujas. Aún hoy, la creencia
en una multitud de brujas y demonios, aún
el diablo, ha llegado a estar de moda en algunos
círculos. Esta es la era de los monstruos,
en la que Frankestein, Drácula, los hombres-lobo
llegaron a ser reales para mentes impresionables.
La novela y la película El Exorcista estimularon
la creencia en el exorcismo; y alguna gente
fue incapaz de distinguir la verdad de la
ficción. Por eso somos confrontados por una
plétora de mitos florecientes, cultivados
por una industria editorial y medios de comunicación
que buscan el lucro. Todo esto es sintomático
del rechazo actual de la razón y la objetividad.
Mientras hace una década hubo un consenso
general que al menos existían algunas reglas
de evidencia, hoy día la gran existencia de
criterios objetivos para juzgar afirmaciones
verdaderas es seriamente cuestionados. Uno
escucha una y otra vez que «una creencia es
tan buena como la siguiente» y que hay una
clase de «verdad subjetiva» inmune a la crítica
o evidencia racionales. Uno aún encuentra
proponentes de formas de subjetividad entre
los filósofos de la ciencia, los cuales sostienen
que las condiciones históricas o los factores
psicológicos son bastante responsables de
las revoluciones en el pensamiento científico.
La reacción contra las normas rigurosas asumió
otra forma en la década de 1960 en el asalto
de la Nueva Izquierda y la contracultura al
intelecto. El crecimiento actual de los cultos
de la sinrazón es tal vez solamente una consecuencia
de ese fenómeno. Dijimos entonces que necesitábamos
romper la laxitud de las demandas de la lógica
y la evidencia, y «expandir nuestra conciencia»
por medio de drogas y otros métodos. Theodore
Roszak sostuvo tal posición en sus libros
muy leídos La construcción de la Contra-cultura
(En inglés Making of a Counter-Culture. New
York: Doubleday, 1969) y El Animal no terminado:
La frontera de Acuario y la Evolución de la
Conciencia (The Aquarium Frontier and the
Evolution of Consciousness. New York: Harper
& Row, 1975).
La contra-cultura insistió que la objetividad
era imposible tanto a causa de prejuicios
de clase o profesionales o porque estabamos
encerrados en las categorías de nuestra visión
científica del mundo. Uno no escuchaba mucha
crítica del marxismo [cuando estaba de moda]
pero uno escucha que la visión científica
existente está confinándose. Y así hay un
intento de evadirse por medio de nuevas formas
de la experiencia, de las cuales los cultos
son sólo una parte: Mantras, meditación, bioenergética,
yoga, jardinería orgánica, fotografía kirliana,
y la percepción extrasensorial.
Esto existe junto a otra disposición que está
evidentemente incrementándose hoy: una aversión
a la cultura tecnológica misma. La ciencia
y la tecnología son con frecuencia culpadas
indiscriminadamente de la situación mundial
actual. Oímos por todas partes acerca de los
peligros de la tecnología, la destrucción
de la ecología natural, la polución, la depredación
de los recursos, los malos usos de la energía,
la amenaza de las plantas de poder nuclear,
etc. Muchos de estos intereses son legítimos,
sin embargo, la postura crítica no es simplemente
contra la tecnología sino contra la ciencia
y investigación científica. Hay aquéllos de
la derecha fundamentalista quienes todavía
se oponen vehementemente, sobre bases éticas
o religiosas, a la enseñanza de la teoría
de la evolución, los cursos comparativos de
estudios sociales, y la educación sexual.
Pero además, el científico es visto
con frecuencia por algunos de la izquierda
como una clase de demonio -si se ocupa de
la experimentación humana o la modificación
de la conducta, o si participa en la investigación
genética o desea probar bases genéticas del
C.I. [Cociente intelectual]. Y hay quienes
de manera creciente opinan y consideran a
los médicos y los psiquiatras como sumos sacerdotes
malvados u hombres vudú.
Estamos confrontados hoy día con una forma
de rectitud moral y anti-intelectualismo -con
frecuencia bordeando la histeria- que enjuicia
la ciencia como deshumanizante, brutalizadora,
destructiva de la libertad y el valor humanos.
Esta actitud es paradójica, porque parece
ocurrir más virulentamente en las sociedades
afluentes, donde han sido logrados los más
grandes avances de la investigación científica
y la tecnología.
¿Deberíamos asumir que la revolución científica,
que empieza en el siglo XVI, es continua?
¿O será oprimida por las fuerzas de la sinrazón?
Sin embargo, el cuadro que estoy pintando
no debe ser sobreestimado. Junto a los críticos
de la ciencia están sus defensores. Y vastos
recursos son invertidos en educación, investigaciones,
organizaciones y publicaciones científicas.
La ciencia todavía es bastante considerada
por mucha gente.
Ciertamente, el hecho que la ciencia es esencial
para nuestra civilización tecnológica está
muy bien reconocido por algunos de los críticos
de la ciencia -que me lleva incluso a otra
dimensión del crecimiento de la irracionalidad:
la proliferación de la pseudociencia-. Aquellos
que no son tentados por lo oculto siempre
pueden encontrar naves de los dioses, ovnis,
triángulos de las Bermudas o continentes perdidos
para seducirlos. Los nuevos profetas buscan
tener sus teorías especulativas encubiertas
por el manto de la legitimación científica;
incluyen a von Däniken y aquellos asociados
con la dienética, la cientología, y los recientes
esfuerzos en desarrollar una «astrología científica».
El crecimiento de la pseudociencia puede ser
visto en muchas otras áreas. Hay, por ejemplo,
un esfuerzo en explorar el así llamado reino
parapsicológico. Los fenómenos psíquicos,
que fueron cuidadosamente estudiados en el
siglo XIX por la Sociedad para la Investigación
Psíquica en Inglaterra y la parapsicología,
que fue investigada por muchos años por J.
B. Rhine en la Universidad de Duke, han llegado
a estar de moda. Uri Geller ha sido examinado
por «expertos científicos» y se le ha encontrado
que posee sorprendentes «poderes psíquicos»,
pero su proezas pueden ser duplicadas fácilmente
por magos tales como James Randi usando trucos
de magia tradicionales. Estudiantes y profesores
igualmente anuncian nuevas investigaciones
de la clarividencia, precognición, la telepatía,
ensueños, las experiencias incorpóreas, la
reencarnación, la comunicación con espíritus
de los muertos, la curación psíquica, los
poltergeists, y las auras. Algunos entusiastas
sostienen haber descubierto «las grietas del
reino de lo transcendental» y nuevas dimensiones
de la realidad. El enemigo es siempre el «conductista»,
el «experimentalista», o el «mecanicista»,
quienes supuestamente se cierran a tales investigaciones.
Estamos, algunos sostienen, en un estadío
revolucionario de la historia de la ciencia,
la cual ha visto el surgimiento de nuevos
paradigmas explicativos. Los críticos insisten
que nuestras usuales categorías científicas
y métodos son demasiados estrechos y limitantes.
No estoy negando la constante necesidad de
examinar la evidencia y mantener una mente
abierta. Ciertamente, insistiría en que los
científicos quieran investigar las afirmaciones
de nuevos fenómenos. La ciencia no puede ser
censuradora e intolerante, ni apartarse de
los nuevos descubrimientos al hacer juicios
que antecedan la investigación. Formas extremas
de cientismo pueden ser tan dogmáticas como
el subjetivismo. Sin embargo, hay una diferencia
entre el uso cuidadoso de métodos de investigación
por un lado, y la tendencia a generalizaciones
apresuradas basadas en la evidencia insuficiente
por el otro. Lamentablemente, también hay
con demasiada frecuencia una tendencia de
los crédulos en confiar en los datos más insuficientes
y elaborar vastas conjeturas, o insistir que
sus especulaciones han sido confirmadas concluyentemente,
cuando no lo han sido. II Cuestiones serias
pueden ser levantadas acerca de la escena
actual. ¿Es mayor el nivel de irracionalidad
o menor el nivel de irracionalidad en tiempos
anteriores, o el nivel de lo insensato ha
permanecido medianamente constante en la actitud
humana y sólo asumió diferentes formas? ¿Por
qué persiste la irracionalidad, aún en las
sociedades adelantadas?.
Sin duda muchas hipótesis sociológicas y culturales
pueden explicar el crecimiento de las creencias
irracionales. En años recientes los medios
de comunicación han aumentado en influencia.
La imagen del científico es frecuentemente
esbozada por los periodistas, novelistas y
dramaturgos, no siempre por los mismos científicos
y lo que la ciencia es o hace ha sido a veces
mal elaborado y se le ha dado un mal nombre.
O nuevamente, se estima que la mitad de todo
el apoyo del mundo para la investigación científica
es para el desarrollo armamentista, y la mayoría
del resto es para propósitos industriales
y pragmáticos. La investigación científica
con frecuencia también ha sido controlada
por intereses privados para su ganancia o
por los gobiernos para la adoctrinación y
el control. El investigador científico libre
y creativo con frecuencia tiene que depender
de la estructura de poder para su apoyo financiero;
y lo que sucede a los frutos de su labor está
más allá de su labor.
Estas explicaciones son válidas sin duda.
Pero también hay, a mi juicio, profundos factores
psicológicos en acción; y hay mucha confusión
acerca del significado de la misma ciencia.
La persistencia de la irracionalidad en la
cultura moderna revela algo acerca de la naturaleza
peculiar de la especie humana. Hay una tendencia
en el animal humano hacia la credulidad -esto
es, una facilidad psicológica a aceptar creencias
no probadas, a ser crédulo en el asentimiento.
Esta tendencia parece estar profundamente
engranada en la conducta humana que pocos
están sin ella en alguna medida. Estamos tentados
a tragar tanto la verdad evangélica que otros
nos ofrecen. No estoy hablando simplemente
de estupidez e ignorancia sino de ingenuidad
acrítica acerca de algunas materias.
Indudablemente hay individuos que se especializan
en engañar a otros; proveen dioses falsos
y servicios vacíos, pero sin duda hay también
creyentes sinceros que se engañan así mismos
que quieren creer en ideas sin la evidencia
adecuada, y que buscan convertir a otros a
sus concepciones equívocas. Lo que está en
acción aquí no es el fraude conciente sino
el autoengaño. La cosa curiosa es que, algunas
veces si un psicótico se repite a sí mismo
con la suficiente frecuencia, al tiempo otros
llegan a creer y seguirlo. Además, si una
falsedad es suficientemente exagerada, alguna
gente está más apta para creerla. Además,
el herético siempre se arriesga a ser quemado
en la estaca, especialmente después que la
nueva mitología llega a ser institucionalizada
como la doctrina oficial.
Hay, pienso, todavía otra tendencia en la
conducta humana que estimula la credulidad:
la fascinación por el misterio y el drama.
La vida para muchas personas es inútil y aburrida.
Derrotados por la anomia y la tiranía de lo
trivial, pueden buscar escapar de este mundo
usando las drogas y el alcohol, embotando
o suprimiendo sus conciencias. Abandonarse
a la nada es su propósito.
Otro método de diversión es la búsqueda por
placeres hedonistas y las emociones fuertes.
Aun otro es el uso de la imaginación. Las
artes literarias y dramáticas proporcionan
libertad a la imaginación creativa, como lo
hace la religión. Es difícil para algunos
individuos distinguir la verdad de la falsedad,
la ficción y la realidad. Los cultos de la
sinrazón y lo paranormal atraen y fascinan.
Capacitan a cualquiera a bordear los límites
de lo desconocido. Para las personas ordinarias,
hay el mundo cotidiano -y la posibilidad de
escapar a otro. Y así buscan otro lugar -otro
universo y otra realidad-.
Por eso hay una búsqueda que es fundamental
a nuestro ser: la conquista por el significado.
La mente humana tiene un genuino deseo de
sondear las profundidades de lo inefable,
de encontrar un significado más profundo y
la verdad, de alcanzar otro reino de existencia.
La vida no tiene sentido para muchos, especialmente
para los pobres, los enfermos, los desamparados,
y aquellos que han fracasado o tienen poca
esperanza. La imaginación ofrece salvación
a las aflicciones y las tribulaciones que
se encuentran en esta vida. Por eso, creer
en la reencarnación o la supervivencia personal,
aún si no es probada ofrece solaz a los individuos
que encaran la tragedia, la muerte y la existencia
del mal. Por razones ideológicas, el medio
de la salvación es la visión utópica de la
sociedad perfecta en el futuro. El alma se
lamenta por algo mucho más allá, más profundo,
más duradero y más perfecto que nuestro mundo
pasajero de la experiencia.
De acuerdo con esto, la persistencia de la
fe puede ser explicada en parte por características
dentro de nuestra naturaleza: la credulidad,
la seducción por el misterio, la búsqueda
del sentido. La gente tomará la menor pizca
de evidencia y construirá un sistema mitológico.
Pervertirán su lógica y abandonaran sus sentidos,
todo por la Tierra Prometida. Algunos gustosamente
cambiarán su libertad con los sistemas más
autoritarios, para lograr comodidad y seguridad.
Los cultos de la sinrazón prometen solaz;
buscan investir al individuo solitario, quien
con frecuencia se siente extraño y sólo, de
un papel importante en el universo. III ¿Qué
puede decir la ciencia acerca de aquellas
necesidades humanas? ¿Hemos abandonado tal
vez los dominios de la ciencia completamente
y mudado al de la filosofía? La ciencia debería
tener algo que decir, porque lo que esta en
juego es la naturaleza de la ciencia misma.
Hay muchos significados para la palabra «ciencia».
Algunos que hablan acerca de la ciencia se
refieren a las especialidades en un campo
específico, tales como la endocrinología,
la microbiología o la econometría. Otros que
hablan acerca de la ciencia tienen en mente
las aplicaciones tecnológicas y experimentales
de las teorías científicas a problemas concretos.
Sin embargo, estas opiniones de la ciencia
son excesivamente estrechas; porque es posible
para una sociedad lograr progreso masivo en
ciertos campos tecnológicos estrechos, sin
embargo, perder el punto total de la empresa
científica. Las sociedades totalitarias en
nuestro tiempo invirtieron bastas sumas de
dinero en investigación técnica y lograron
un alto nivel de competencia científica en
ciertos campos, pero la visión científica
no prevaleció en ellos. No es suficiente el
nuevo entrenamiento de la gente para que sean
especialistas científicos. Una cultura puede
estar llena de técnicos científicos, sin embargo,
seguir siendo dominada por lo irracional.
Debemos distinguir la ciencia como una empresa
técnica estrecha de la actitud científica.
Pienso que aquí no hemos establecido un propósito
importante. Desafortunadamente, tener credenciales
científicas en un campo no significa que una
persona incorporará una actitud científica
a unas partes de su vida.
La mejor terapia para la credulidad y la imaginación
desenfrenada es el desarrollo de la actitud
científica, como se aplica no solamente al
campo especializado de uno de la experiencia
sino también a cuestiones más amplias de la
vida misma. Pero hemos fracasado en nuestra
sociedad en desarrollar y expandir la actitud
científica. Es evidente que uno puede ser
un especialista científico pero un bárbaro
cultural, un experto tecnólogo en un campo
particular pero ignorante fuera de él.
Si vamos a responder el crecimiento de la
irracionalidad, necesitamos desarrollar un
aprecio por la actitud científica como parte
de la cultura. Debemos aclarar que el principal
principio metodológico de la ciencia es el
que no se justifica al sostener una afirmación
verdadera a menos que uno pueda apoyarla por
medio de la evidencia o la razón. No es suficiente
estar convencido interiormente de la verdad
de las creencias de uno. Deben, en algún punto,
ser verificables objetivamente por investigadores
imparciales. Una creencia que está garantizada
no lo está porque sea «verdadera subjetivamente»,
como pensaba Kierkegaard; si es verdadera
lo es porque ha sido confirmada por una comunidad
de investigadores. Creer válidamente que algo
es verdadero es relacionar las creencias de
uno a la justificación racional; es hacer
una afirmación acerca del mundo, independientemente
de los deseos de uno.
Aunque, los criterios específicos para probar
una creencia dependen del sujeto en consideración,
hay ciertos criterios generales. Necesitamos
examinar la evidencia. Aquí me estoy refiriendo
a la observación de datos que son reproducibles
por observadores independientes y que pueden
ser examinados experimentalmente en casos
de prueba. Esto es llamado familiarmente el
criterio empirista o experimentalista. Una
creencia es verdadera si, y sólo sí, ha sido
confirmada, directa o indirectamente, por
referencia evidencia observable. Una creencia
también es validada al ofrecerse razones que
la apoyen. Aquí hay consideraciones lógicas
que son relevantes. Una creencia es invalidada
si contradice otras creencias muy bien fundamentadas
dentro de una estructura. Además evaluamos
nuestras creencias en parte por sus consecuencias
observadas en la práctica por su efecto en
la conducta. Este es el criterio utilitario
o pragmático: la utilidad de una creencia
es juzgada por referencia a su función y su
valor. Sin embargo, uno no puede sostener
que una creencia es verdaderasimplemente porque
tiene utilidad; la evidencia independiente
y las consideraciones racionales son esenciales.
No obstante, la referencia a los resultados
de una creencia, particularmente a las de
una creencia normativa, es importante.
Esos criterios generales son, por supuesto,
familiares en la lógica y la filosofía de
la ciencia. Estoy hablando del método hipotético-deductivo
de probar las hipótesis. Pero este método
no deberá ser construido estrechamente, porque
el método científico emplea el sentido común;
no es ningún arte esotérico disponible sólo
a los iniciados. La ciencia emplea los mismos
métodos de inteligencia crítica que el hombre
ordinario usa al formular creencias acerca
de su mundo físico; y es el método que tiene
que usar, en alguna medida, si va a vivir
y funcionar, hacer planes y elecciones. Desviarse
del pensamiento objetivo es estar fuera de
contacto con la realidad cognitiva; y no podemos
evitar usarlo si vamos a manejar los problemas
concretos que encontramos en el mundo.
La paradoja es que mucha gente quiere abandonar
su inteligencia práctica cuando ingresan a
los campos de la religión o la ética o arrojan
la cautela al viento cuando flirtean con los
así llamados asuntos trascendentales.
En cualquier caso hay una necesidad de desarrollar
una actitud científica general para todas
o la mayor parte de las áreas de la vida,
usar, tanto como sea posible, nuestra inteligencia
crítica para evaluar las creencias, e insistir
que estén basadas en fundamentos evidentes.
El colorario principal de esto es el criterio
que donde no tengamos la suficiente evidencia,
deberíamos suspender el juicio. Nuestras creencias
deberán ser consideradas hipótesis tentativas
basadas en grados de probabilidad. No deberán
ser consideradas absolutos o finales. Deberemos
estar comprometidos con el principio de falibilismo,
que considera que nuestras creencias pueden
ser érroneas. Deberemos estar deseando revisarlas,
si necesitan serlo a la luz de nueva evidencia
y nuevas teorías.
La actitud científica por eso no prejuzga
sobre fundamentos a priori el examen de las
afirmaciones acerca de lo trascendental. Está
comprometida con la investigación libre y
abierta. No puede rehusar comprometerse en
la investigación, por ejemplo de los fenómenos
paranormales. Pero no sostiene el derecho
a preguntar que tal investigación pueda ser
responsable y cuidadosamente conducida, que
la evidencia no sea deshecha por la conjetura,
ni las conclusiones basadas en la voluntad
de creer. IV La pregunta básica es: ¿Cómo
podemos cultivar la actitud científica? La
institución más vital de la sociedad para
desarrollar una apreciación por la actitud
científica es la escuela. No es suficiente,
sin embargo, para las instituciones educativas
informar simplemente a la gente joven de los
hechos o diseminar un cuerpo de conocimiento.
La educación de tal clase puede ser nada más
que aprendizaje rutinario o adoctrinación.
Más bien, un propósito principal de la educación
deberá ser desarrollar dentro de los individuos
el uso de la inteligencia crítica y el escepticismo.
No es suficiente hacer que los estudiantes
memoricen una materia, amasen hechos, pasen
exámenes o aún dominen una especialidad o
profesión o sean entrenados como ciudadanos.
Si hacemos eso y nada más, no hemos educado
completamente; la teoría central es cultivar
la habilidad de verificar experiencias, evaluar
las hipótesis, evaluar los argumentos -en
resumen- desarrollar una actitud de objetividad
e imparcialidad. La tremenda explosión informativa
de hoy nos ha bombardeado compiten con afirmaciones
verdaderas. Es vital que los individuos desarrollen
algún entendimiento de los criterios efectivos
para juzgar estas afirmaciones. No me refiero
solamente a nuestra habilidad de examinar
afirmaciones de conocimiento acerca del mundo
sino también de nuestra habilidad para desarrollar
algunas características al apreciar juicios
de valor y principios éticos. La meta de la
educación deberá ser desarrollar personas
reflexivas -escépticas aunque receptivas a
nuevas ideas, siempre deseando examinar nuevas
desviaciones del pensamiento, aunque insistiendo
que sean probadas antes de ser aceptadas.
La educación no se realiza cuando transmitimos
una materia o disciplina finita a los estudiantes:
sólo cuando estimulamos un proceso activo
de búsqueda. Esta meta es apreciada actualmente
en algunas instituciones educativas que intentan
cultivar la inteligencia reflexiva. Pero la
educación no está completa a menos que podamos
extender nuestro interés a otras instituciones
educativas de la sociedad. Si vamos a cultivar
el nivel de la inteligencia crítica y promover
la actitud científica, es importante que nos
interesemos con los medios de comunicación
masiva. Un problema especialmente serio con
los medios electrónicos es que emplean las
imágenes visuales más que los símbolos escritos,
diseminan impresiones inmediatas en vez de
análisis sustentados. ¿Cómo podemos estimular
la crítica reflexiva en el público dando este
tipo de información?
No tengo una solución fácil que ofrecer. Lo
que deseo sugerir es que no debemos asumir,
simplemente porque la nuestra es una sociedad
científico-tecnológica avanzada, que el pensamiento
irracional será derrotado. La evidencia sugiere
que eso está lejos de ser el caso. Ciertamente,
siempre está el peligro que la ciencia misma
pueda ser absorbida por las fuerzas de la
sinrazón.
Si vamos a manejar el problema, lo que necesitamos,
por lo menos, es ser claros acerca de la naturaleza
de la empresa científica misma y reconocer
que presupone una actitud básica acerca de
los criterios evidentes. A menos que podamos
impartir a través de las instituciones educativas
de la sociedad algún sentido del acercamiento
escéptico a la vida -como terapéutico y correctivo-
entonces me temo que estaremos constantemente
confrontados por nuevas formas de «saber-nadismo».
Si vamos a progresar al vencer la irracionalidad,
sin embargo, debemos ir más lejos todavía.
Tal vez debemos tratar de satisfacer la necesidad
por el misterio y el drama y el anhelo por
el significado. El desarrollo de la educación
y la ciencia en el mundo moderno es una maravilla
que sostener, y deberíamos hacer cualquier
cosa para fomentar su desarrollo. Pero hemos
aprendido que un incremento en la suma del
conocimiento por sí mismo no necesariamente
derriba la superstición, el dogma, y la culpabilidad,
porque estos son nutridos por otras fuentes
en la psique humana.
Un punto con frecuencia descuidado en satisfacer
nuestra fascinación con el misterio y el drama
es el posible papel de la imaginación en las
ciencias. La ciencia puede solamente proceder
por ser abierta a las exploraciones creativas
del pensamiento. Los completos rompimientos
en la ciencia son pasmosos, y continuarán
tanto como escudriñemos más allá del micromundo
de la materia y la vida y en el universo en
general. La era espacial es el principio de
una nueva era para la humanidad, tanto como
dejemos nuestro sistema solar y exploremos
el universo para buscar vida extraterrestre.
Necesitamos diseminar una apreciación por
la aventura de la empresa científica. Desafortunadamente,
para algunos, la ciencia-ficción es
el sustituto de la ciencia. La religión del
futuro puede ser una una religión de la era
espacial en la que los nuevos profetas no
son los científicos sino los escritores de
ciencia-ficción.
La ciencia tiene por eso un foco doble: la
objetividad y la creatividad. Las artes son
esenciales en mantener vivas las cualidades
dramáticas de la experiencia; poesía, música,
y la literatura expresan nuestra naturaleza
apasionada. El hombre no vive por la razón
solamente; y la ciencia es con frecuencia
vista por sus críticos como fría y racional.
La gente anhela algo más. Nuestros impulsos
estéticos y nuestro deleite por la belleza
necesitan ser cultivados. Las artes son la
expresión más profunda de nuestros intereses
espirituales, pero necesitamos hacer una distinción
entre el arte y la verdad.
En cualquier caso, necesitamos satisfacer
la búsqueda por el sentido. Es este
anhelo por el significado etéreo que, pienso,
lleva a la desorientación psicótica encontrada
en los cultos de la sinrazón. «Sígueme»,
dicen los cultos de la irracionalidad.
«Yo soy la luz, la verdad, y el camino».
Y la gente está deseando abandonar todos los
patrones de juicio crítico en el proceso.
Deseo aclarar que hay la necesidad actualmente
para desarrollar instituciones normativas
alternativas. Sugeriría que tal programa no
construiría sistemas con creencias que sean
patentemente falsos o irracionales o que violen
la evidencia de las ciencias; sin embargo,
buscará dirigirse a otras dimensiones de la
experiencia humana, y dará a las artes, la
filosofía y la ética papeles poderosos para
ayudar a satisfacer las necesidades humanas.
(Tomado de Kurtz, Paul: Defendiendo la
Razón: Ensayos de Humanismo Secular y Escepticismo.
Lima: AERPFA, 2002.
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HISTODIDACTICA:
Enseñanza de la Historia/ Didáctica de las Ciencias
Sociales
Página de Dr. J. Prats, profesor de la Universidad
de Barcelona(España)
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