Introducción
En 1979
se publicó en París La condition postmoderne,
[2] del filósofo francés Jean-François Lyotard.
El libro, que lleva por subtítulo Rapport sur
le savoir, pronto alcanzó gran renombre. Hoy
día es reputado como un escrito de gran impacto
en el pensamiento contemporáneo.
Entre los méritos de la obra figuran el haber
sido pionera en abordar el fenómeno de la posmodernidad
desde una vertiente filosófica y seguir siendo
el texto más citado sobre el tema. La mención
inicial, sin embargo, no obedece a estos merecimientos,
si bien el posmodernismo ofrece el trasfondo
temporal y cultural de este artículo. La condición
posmoderna reviste singular importancia para
nosotros porque, como el propio subtítulo indica,
consiste en un informe sobre el saber redactado
por encargo del Conseil des Universités de Quebec
con objeto de analizar el estado del conocimiento
en las sociedades más avanzadas.
Mi propósito aquí también es comunicar el resultado
de unas reflexiones sobre el saber, o mejor,
en torno a una de sus modalidades: el conocimiento
científico o ciencia. Con el telón de fondo
de algunas de las tesis principales de Lyotard
deseo intervenir en el debate abierto hace veinticuatro
años ofreciendo una visión de la crisis por
la que atraviesa la ciencia y que afecta a la
concepción, fines y funciones de la misma. Concretamente,
me propongo razonar sobre la proposición que
vertebra el contenido de este escrito: la crisis
actual del conocimiento científico es una crisis
de legitimidad que dimana del profundo escepticismo
posmoderno acerca de la verdad.
Que la ciencia pase por un período crítico no
tiene nada de raro: como construcción social
que es no puede permanecer ajena a los avatares
de la sociedad en que se desarrolla. Así, la
crisis actual no es la primera; pero su gravedad
impide afirmar que no será la última, máxime
si acaban teniendo razón quienes presagian el
declive de la era científica (vd. J. Horgan,
1996). De cuál sea su desenlace dependen el
futuro de la ciencia y de la actividad que se
realiza en la Universidad; depende también el
destino de disciplinas económico-financieras
como la que profeso, la Matemática Financiera.
Son razones suficientes para que me sienta concernido
por tan problemática situación.
Desde ahora el trabajo se articula en cinco
partes. Una previa de breve contextualización
temporal y semántica precederá al análisis de
la situación de la ciencia en 1979, año en que
el recién aparecido informe Lyotard abrió el
debate sobre la posmodernidad; después el análisis
proseguirá sobre la base de dicho informe para
proyectarlo luego al momento presente. Un juicio
personal acerca de la fase final de la crisis
y una sucinta conclusión pondrán término a este
artículo.
Contextualización
temporal y semántica
Lyotard
comenzaba La condición posmoderna explicando
que el término que calificaba la condición del
saber en las sociedades desarrolladas provenía
del continente americano y designaba "el estado
de la cultura después de las transformaciones
que han afectado a las reglas de juego de la
ciencia, de la literatura y de las artes a partir
del siglo XIX." (LCPM, p.9).
Sobre los orígenes de la posmodernidad hay mucho
escrito. F. J. Fortuny (2000) se remonta hasta
finales del siglo XVIII. El libro de P. Anderson
(1998) es una buena referencia. Después de examinar
diversos autores, Anderson señala como el principal
teórico sobre la posmodernidad a F. Jameson,
quien sitúa los debatidos orígenes en la década
de los 70 del pasado siglo.
Un "ahora" que discurre bajo la impronta del
posmodernismo, movimiento que se caracteriza
por el predominio casi omnímodo de la subjetividad
y que, de hecho, se ha convertido en la corriente
de pensamiento dominante en la sociedad occidental,
siendo objeto de un debate filosófico y político
protagonizado, además de los autores citados,
por J. Habermas, J. Baudrillard, R. Rorty, A.
Callinicos, T. Eagleton, entre otros. Es vigente
la observación de S. Rosen en (1987), "(...)
el posmodernismo no es una simple moda académica
o una nueva escuela filosófica, sino la expresión
de radical malestar en todas las avenidas de
la vida contemporánea intelectual y espiritual."
Las manifestaciones típicas del posmodernismo
son conocidas y vívidas: el énfasis en la intersubjetividad,
la flexibilidad, la borrosidad, la reflexividad,
el fin de las certezas, la primacía de la imagen,
el relativismo epistemológico y moral, la disolución
de las identidades, la hibridez, el pastiche,
el recelo acerca de las legitimidades, el escepticismo
para con el progreso, la quiebra de las fundamentaciones,
la sacralización del instante, la percepción
del tiempo como un perpetuo presente, la pérdida
de sentido de toda trascendencia... En fin,
una lista inconclusa cuyas componentes se hallan
presentes en los ámbitos de la realidad social
más diversos y plasman el medio socio-cultural
que sirve de contexto a la crisis contemporánea
de la ciencia.
*
Respecto
del conocimiento científico (empírico), hay
varias formas de entenderlo. Desde la Ilustración,
al positivismo clásico le han sucedido el empirismo
neoclásico, el racionalismo crítico, el anarquismo
metodológico, el relativismo histórico, el elitismo,
el estructuralismo y el neoinductivismo, por
citar solo algunas concepciones de la ciencia
operativas en nuestros días.
De obviar tal diversidad incurriría en un reduccionismo
improcedente y lastraría el discurso con una
vaguedad excesiva. Porque no se trata de hacer
constar que "la ciencia está en crisis", lo
cual es una vacuidad, sino de ofrecer un diagnóstico
sobre la crisis de la ciencia basado en el examen
de la crisis que atañe a una cierta idea de
la misma, la llamada concepción estándar.
Dicha concepción es propia de los científicos
"ortodoxos", partidarios del realismo en alguna
de sus vertientes, de la definición tradicional
del conocimiento como creencia verdadera justificada
y de las teorías objetivas de la verdad. La
búsqueda de la verdad es su razón de ser, la
suprema misión que funda la demarcación entre
la ciencia y la tecnología. Heredera del proyecto
ilustrado, tras haber abandonado algunos postulados
del positivismo clásico es compartida por el
empirismo neoclásico, el neoinductivismo y,
con matices, el racionalismo crítico.
La concepción estándar considera que la actividad
científica consiste en el renovado intento de
formular leyes y teorías para realizar sus fines
inmediatos: el principal la explicación de hechos
espacio-temporales, y luego la predicción y
las aplicaciones tecnológicas.
Otros rasgos distintivos son: el carácter enunciativo
del conocimiento científico, la construcción
de modelos o sistemas axiomáticos como ideal
a conseguir, la adopción de cánones precisos
para el razonamiento, el principio de la unicidad
del método, la evaluación normativa del contenido
y fines de la ciencia, la aceptabilidad de éstos
por parte de la comunidad científica y, por
último, el paradigma del progreso de la ciencia.
La ciencia en 1979
Cuando
Lyotard recibió el encargo de escribir el texto
que le dio renombre el medio socio-cultural
antes descrito no difería substancialmente del
actual. Los síntomas que entonces revelaban
la posmodernidad eran los mismos; en todo caso,
lo que variaba era la intensidad con que se
mostraban.
En aquel tiempo la ciencia "ortodoxa" ya había
asumido que las teorías debían ser compatibles
con el grueso del conocimiento y estar integradas
en el marco de alguna comunidad científica.
No obstante, como consecuencia de crisis anteriores,
sus otras características estaban claramente
tocadas o próximas a estarlo.
La concepción enunciativa había sido fuertemente
criticada en los años sesenta por el relativismo
histórico de N. R. Hanson, S. Toulmin y T. S.
Khun; el ideal de la axiomatización se vio atacado
por el anarquismo metodológico de P. Feyerabend;
la evaluación normativa de la ciencia era contestada
por estas dos corrientes y otras como el estructuralismo
de J. Sneed y W. Stegmüller, el psicologismo
y el pragmatismo; y en 1975 L. A. Zadeh había
contravenido toda exigencia de precisión en
las argumentaciones al proponer la lógica borrosa
como base para el razonamiento aproximado.
*
Mención
aparte merecen la aceptabilidad de las teorías
y el paradigma del progreso de la ciencia, características
de singular importancia para nosotros por su
estrecha vinculación con la legitimidad científica
y la verdad. La ciencia jamás se ha visto como
un útil que se puede usar negligentemente; siempre
se ha planteado el problema de su legitimación.
Más adelante atenderemos a la versión de Lyotard,
para quien la crisis del saber científico procede
de la erosión interna del principio de legitimidad
(LCPM, p.75). Acto seguido daré la mía, que
atribuye a K. R. Popper, por la gran repercusión
de su obra, la responsabilidad máxima de esta
erosión.
El requisito de aceptabilidad ha sido siempre
problemático. Tradicionalmente ha actuado bajo
el prisma de la demarcación. Fue Popper quien
enfatizó la diferencia entre las preguntas:
¿bajo qué condiciones debemos aceptar un enunciado
como científico? y ¿cuándo un enunciado es científico?
El positivismo y el neoempirismo no precisaban
distinción alguna, pues disponían de criterios
objetivos con los que poder responder: los principios
de verificación y de confirmación respectivamente.
Sin embargo, tan pronto como se identifica el
conocimiento con el conocimiento probado o confirmado
en cierto grado surge el escollo de tener que
justificar el inductivismo como doctrina legitimadora
de las inferencias. Rémora de la que se ven
libres las concepciones "instrumentalistas",
que basan la aceptabilidad en criterios utilitaristas.
Si se juzga que el problema de la inducción
es insoluble y al mismo tiempo que la ciencia
no debe limitarse a ejercer una función meramente
instrumental, el tratamiento de la legitimidad
científica precisa de una aproximación alternativa.
Popper se encontró tal tesitura. Su contribución
consistió en distinguir los ámbitos de la demarcación
y de la aceptabilidad, así como en introducir
la divulgada falsación y la no tan conocida
verosimilitud como criterios respectivos.
El tránsito del enfoque tradicional al crítico
comportó cambios radicales, tanto en la manera
de abordar la evaluación de las teorías científicas
como de concebir la misión de la ciencia. La
nueva doctrina significó un acusado desplazamiento
hacia la subjetividad. Si el conocimiento es
siempre conjetural y falible y es imposible
dar ninguna razón positiva para afirmar que
una teoría es verdadera, pierde interés deslindar
entre las teorías científicas y las que no lo
son. Asimismo deja de tener sentido evaluar
una teoría de forma aislada. La evaluación es
relativa y lo importante es decidir entre teorías
rivales. En estas condiciones La demarcación
adquiere un perfil subsidiario y la aceptabilidad
cobra mucha más relevancia, como también la
comunidad científica, que es quien debe tomar
la decisión.
Por otro lado, el enfoque crítico trasladó el
problema de la evaluación desde el contexto
de justificación al del progreso de la ciencia.
El pensamiento clásico imaginaba este progreso
como un proceso continuo y gradual por incorporaciones
sucesivas de teorías pasadas en otras nuevas
más comprensivas. A pesar de que la corriente
lógica del neoempirismo se desentendió del tema,
la tradición ha perdurado a través de E. Nagel
y N. Bohr, entre otros.
La crítica a la inducción y la consiguiente
"degradación" del conocimiento científico a
conocimiento conjetural sacudieron la idea del
"ascenso inductivo". También Khun, acentuando
la línea de crítica historicista, se mostró
contrario a cualquier intento de reconstrucción
racional del progreso científico tal como lo
entendían el neoempirismo y cierta versión ingenua
del falsacionismo: el progreso realmente importante
acontece con los cambios de paradigma y no tiene
un carácter teleológico . Es obvio que este
planteamiento refuerza el instrumentalismo.
La propuesta de Popper, compatible con los postulados
del realismo, combinaba la falsación con la
verosimilitud y es de sobra conocida: una secuencia
que se inicia con un problema y origina una
cadena de conjeturas y refutaciones en pos de
teorías que nunca son absolutamente ciertas
y sí falsables; el progreso de las ciencias
no pasa por exigir teorías verdaderas, como
en el positivismo clásico, o bien teorías con
grados de confirmación o de probabilidad cada
vez mayores, sino teorías verosímiles grado
de aproximación a la verdad sea creciente.
Según parece, en este proceso la verdad absoluta
u objetiva desempeña una función esencial. Sería
lo coherente en un autor que no dejó de proclamar
su fe en el realismo científico y de sostener
que la verdad constituye el fin último de la
ciencia. Aunque lo cierto es que la noción de
aproximación a la verdad como ideal regulativo
de la práctica científica es un sucedáneo de
la búsqueda de la verdad, una hipótesis que
carece de la base suficiente para oponerse a
quienes, posmodernos incluidos, piensan que
no tiene sentido hablar de verdad y realidad
como divorciadas de la práctica humana y de
las actividades cognoscitivas.
En lo concerniente a la verdad, la doctrina
popperiana es una impostura: únicamente precisa
de la performatividad. El éxito, por transitorio
que sea, se constituye en exponente máximo de
legitimidad. K. R. Popper quiso desmarcarse
del instrumentalismo y no lo consiguió, más
bien lo impulsó.
*
Según lo
expuesto, en 1979 buena parte de los rasgos
que identificaban la concepción estándar de
la ciencia estaban bajo sospecha, debido en
gran medida al impacto producido por la obra
de T. S. Khun, P. Feyerabend y, por encima de
todos y paradójicamente, K. R. Popper. No obstante,
el cuadro esbozado sería incompleto, o mejor,
estaría falto de un trazo esencial si olvidáramos
el nombre de L. Wittgenstein y dejáramos de
rememorar una noción clave en el pensamiento
de Lyotard y de toda una época: el juego de
lenguaje.
La verdad admite diversas interpretaciones,
susceptibles todas de discusión y crítica. La
visión objetiva se basa en la creencia de que
la función esencial del lenguaje es la denotación:
afirmar o negar hechos mediante enunciados que
son o verdaderos o falsos. El lenguaje se concibe
así como una imagen o "figura de la realidad",
metáfora que hizo fortuna después de que en
1922 Wittgenstein la utilizara en el Tractatus
Logico-Philosophicus, durante su adscripción
al atomismo lógico.
En 1953 este mismo autor introdujo una idea
radicalmente diferente en las Investigaciones
filosóficas: el lenguaje es un mero vehículo
de comunicación, un útil que se puede emplear
de múltiples maneras; lo importante es el uso,
no el significado y la función denotativa es
una más entre muchas otras. Una vez conocidas
las reglas que rigen el uso de un término se
conoce su significado, de manera análoga a un
juego. El lenguaje se convierte así en la suma
de muy diferentes juegos lingüísticos con sus
propias reglas cada uno y, como en todo juego,
son las reglas las que determinan sus propiedades
y la manera de jugar.
El giro metafórico producido con el paso de
la figura al juego no es baladí: significa un
cambio fundamental en la manera de pensar la
relación entre lo que se dice y aquello sobre
lo que versa lo dicho, la naturaleza del conocimiento
y la realidad, la verdad, en suma.
Con este giro las interpretaciones "subjetivas"
recibieron un fuerte impulso y se sentaron las
bases para que se disolviera el vínculo entre
el lenguaje y la realidad, que fuera el lenguaje
el que construyera la realidad, que la misma
realidad acabara disolviéndose, que no hubiera
nada que representar. La verdad, demarcación
última entre ciencia y tecnología, sufría otro
duro embate. Si por fin decaía hasta el extremo
de verse forzada a abdicar la función legitimadora
en una indefinida comunidad científica, ¿qué
instancia podía legitimar a ésta? La pregunta,
perfectamente formulable en tiempo presente,
cierra la descripción del ambiente cultural
y epistemológico en el que apareció La condición
posmoderna.
El Informe Lyotard
En el campo
del saber el análisis de Lyotard se mantiene
actual pese al tiempo transcurrido. Con sus
carencias, que las tiene y el propio autor ha
reconocido incluso exageradamente, resultó certero
en la descripción y perspicaz en el pronóstico.
El informe es relativamente breve (la edición
inglesa no llega a las 70 páginas), pero denso.
Obviamente no procede hacer una reseña, sino
enunciar con la paráfrasis justa las tesis que
sirvan para asentar nuestra exposición. La idea
del lenguaje como conjunto de juegos lingüísticos
cuyas reglas son inconmensurables entre sí y
en donde las relaciones son agonales es central
en la condición posmoderna.
El punto de partida es que el saber en general,
esto es, la capacidad de lograr los fines pretendidos,
incluye toda una gama de "saberes" además del
conocimiento y la ciencia, y utiliza el relato
o narrativa como forma expresiva común en todo
discurso, ya sea cognitivo, valorativo, técnico,
estético, etc.
La ciencia siempre se ha arrogado una especificidad
dentro del saber, pero es un juego de lenguaje
más, un discurso situado en el mismo plano que
el saber narrativo, con el que siempre ha mantenido
un permanente conflicto.
La hipótesis básica de Lyotard es que el saber
cambia de estatuto cuando surgen las sociedades
postindustriales. Este proceso, originado a
fines de los años 50, tiene lugar en íntima
conexión con la creciente informatización de
la sociedad.
Para el filósofo francés, el saber "se halla
y se hallará" afectado en sus dos principales
funciones: la investigación y la transmisión
del saber adquirido. La genética, que debe su
paradigma teórico a la cibernética, aporta un
ejemplo de lo primero; y buena prueba de lo
segundo son los efectos de la progresiva reducción
del tamaño de los aparatos sobre la manera como
el conocimiento se adquiere, clasifica, trata
y se explota.
Por otra parte, en un mundo cada vez más dependiente
de la información el conocimiento que no admita
una traducción en bits no podrá circular y será
desechado, con lo cual muchas líneas de investigación
deberán ser reorientadas. El saber disponible
se "exteriorizará" fomentándose así su mercantilización;
como una mercancía más se producirá para ser
vendido y se consumirá para ser valorado con
miras a una nueva producción; diluido el vínculo
entre el aprendizaje y la pedagogía dejará de
ser un fin en sí mismo; como había aseverado
J. Habermas (1968), perderá su "valor de uso"
y no tendrá más fin que el puro intercambio.
En este contexto el conocimiento, sobre cuya
conversión en la principal fuerza económica
de producción ya teorizó K. Marx, en lugar difundirse
por su valor educativo o por su importancia
política circulará a través de las mismas redes
que el dinero. Llegado el caso la distinción
pertinente no será entre conocimiento e ignorancia,
sino entre conocimientos de pago y de inversión,
conocimiento intercambiado en el marco de la
supervivencia diaria y fondos de conocimiento
dedicados a optimizar el resultado de un proyecto.
Estos juicios, sin ser originales, ¡cuánta verdad
encierran y cuánta actualidad contienen!
La hipótesis del cambio en el estatuto del saber
permite a Lyotard abordar el problema de la
legitimación desde un punto de vista complementario
al que hemos desarrollado con anterioridad.
Comparando la legitimación de la ciencia y la
del legislador observa que en ambos casos la
cuestión se plantea en términos semejantes:
¿cuál es el proceso que autoriza a que un legislador
promulgue una determinada ley como norma? y
¿cuál es el proceso que autoriza a que la comunidad
científica acepte un enunciado como científico?.
Si la ciencia no pretende "legislar" sobre qué
es verdadero y qué es científico, para legitimar
sus enunciados debe apelar a autoridades trascendentes
o bien, muy a pesar suyo, al saber narrativo,
como sucedía antes de la Edad Moderna. A partir
del siglo XVIII, sin embargo, el plan ilustrado
de secularización del pensamiento comportó el
veto a la primera de las opciones.
Cuando la ciencia sí tiene la pretensión de
legislar, de establecer criterios de demarcación
y de aceptabilidad con reglas de juego inmanentes,
éstas deben legitimarse desde el discurso elaborado
por la propia comunidad científica. Ello implica
el consenso de los expertos, quienes a su vez
no están exentos de legitimación. Nos sale de
nuevo al paso la pregunta formulada anteriormente:
¿qu