MARIO BUNGE
Publicado en ABC
el 6 del 1 de 1998 
«Lo
importante es el conocimiento, no la información»
Por
Martha Paz
Universidad de Salamanca |
|
Aparecido
en la WEB: BIOMEDIA. Universitat Pompeu Fabra
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Biomedia (Barcelona). Filósofo nacido en Argentina,
autor de cuarenta libros y casi quinientos artículos
en una docena de lenguas, Mario Bunge estuvo
en Salamanca, en mayo de este año, para ser
investido como doctor Honoris
Causa por la misma universidad que acogió
hace cientos de años a Fray Luis de León y Francisco
de Vitoria, pensadores como él por quienes,
dijo, sentir mucha admiración.
Era
su 15º doctorado honorario pero eso no impidió
que, vestido con el tradicional traje académico,
participara emocionado de la ancestral ceremonia
en la que el rector y los doctores de Salamanca
le impusieron el grado de doctor en Filosofía
y, en latín, él jurara «guardar los derechos
y privilegios y el honor de esta Universidad
y siempre ayudar, prestar apoyo y consejo, en
las obras y asuntos de la misma, cuantas veces
fuese requerido».
Su
discurso, sobre el cual algunos ya han dicho
que debería ser lectura obligada en los gobiernos
y las administraciones públicas, enfatizó en
la importancia de que los países hagan inversiones
en investigación básica porque, de lo contrario,
«la gallina no pondrá huevos de oro». Advirtió
que la cosecha de frutos no es inmediata pero
sí determinante para una sociedad.
Crítico
y contundente en sus argumentos, Mario Bunge
conversó luego con nosotros. ¿El tema? Uno de
moda: la sociedad de la información versus la sociedad del conocimiento.
¿El enfoque? Uno fuera de moda, es decir, a
la manera de Mario Bunge, como a él le gusta,
resistiéndose a todas las modas. Finalmente,
él no es un filósofo a la moda.
Pensadores
y filósofos contemporáneos coinciden en decir
que estamos viviendo la sociedad de la información.
Otros ya hablan de la sociedad del conocimiento.
¿Cuál es la diferencia?
La
información en sí misma no vale nada, hay que
descifrarla. Hay que transformar las señales
y los mensajes auditivos, visuales o como fueren,
en ideas y procesos cerebrales, lo que supone
entenderlos y evaluarlos. No basta poseer un
cúmulo de información. Es preciso saber si las
fuentes de información son puras o contaminadas,
si la información como tal es fidedigna, nueva
y original, pertinente o impertinente a nuestros
intereses, si es verdadera o falsa, si suscita
nuevas investigaciones o es tediosa y no sirve
para nada, si es puramente conceptual o artística,
si nos permite diseñar actos y ejecutarlos o
si nos lo impide. Mientras no se sepa todo eso,
la información no es conocimiento.
Y
lo que importa es el conocimiento. No tiene
interés, creo yo, insistir en la información.
Hay que insistir más bien en la relación que
ésta tiene con el conocimiento y el poder económico
y político. Hay que averiguar quiénes son los
dueños de las fuentes de información y de los
medios de difusión. Si la información está distribuida
equitativamente, puede beneficiar a todo el
mundo. Si, en cambio, está concentrada en pocas
manos, va a beneficiar primordialmente, sino
exclusivamente, a los dueños de esas fábricas
de información.
Lamentablemente,
lo que existe ahora en el mundo industrializado
es una concentración creciente de los medios
de información. Urge luchar contra eso. Así
como en algunos países hay leyes contra el monopolio
industrial y comercial, es preciso trabajar
también por una legislación contra el monopolio
informativo. Las leyes actuales están favoreciendo
la concentración de los medios de difusión.
Y eso es un peligro muy grande para la democracia
porque implica alimentar a la gente con información
unilateral, ocultándole la verdad, distrayéndola
para mostrarle aspectos poco importantes de
lo que en verdad sucede en el mundo.
Por
ejemplo, se le da mayor relevancia a actos terroristas
en los que mueren una o dos personas que al
terrorismo constante al que se ve sujeta la
gente que no tiene agua para beber. Todos los
años fallecen por lo menos setenta millones
de personas porque no tienen acceso a agua potable
y beben agua contaminada. Hay niños que no llegan
al año de edad debido a que mueren de diarrea
causada por el agua contaminada. Es que el agua
potable está mal distribuida, en manos de poca
gente.
En
general, el problema principal del mundo contemporáneo
-también lo fue del antiguo- es la concentración
de la riqueza y de los bienes en pocas manos.
La desigualdad, un problema de siempre, un problema
que sólo se podría resolver tomando medidas
económicas, culturales y políticas. Hay que
distribuir el poder. Y esa mejor distribución
debe abarcar, entre otros aspectos, a los medios
de comunicación.
Hablar
de la nueva sociedad nos lleva necesariamente
a hablar de las llamadas nuevas tecnologías
o tecnologías de la información. ¿Cómo han cambiado
a la sociedad?
Han
cambiado a sólo una parte de la sociedad, a
una sexta parte de la humanidad. Las cinco sextas
partes restantes casi no han sido afectadas.
Pero ese cambio ha sido muy profundo. La cantidad
de información accesible es mucho mayor y la
velocidad con que se la puede conseguir ha aumentado
enormemente. Antes la gente pasaba horas o días
buscando una información. Ahora puede encontrarla
muy rápidamente a través de Internet.
Pero
esa mayor facilidad tiene un lado negativo,
que es la sobrecarga de información. Debemos
ahora protegernos contra esa sobrecarga, crear
filtros para que no nos llegue tanta información
mala o impertinente.
Necesitamos
más tiempo para reflexionar y menos para buscar
información. La gente gasta demasiado tiempo
mandando y leyendo «emilios», sin necesitarlos para
trabajar y sólo por seguir perteneciendo a comunidades
y redes culturales.
Por
eso es que yo no estoy enchufado. Me desenchufé
hace muchos años. Hubo una época, hace treinta
años, en que yo pasaba dos días por semana respondiendo
correspondencia común y ordinaria.
Si
bien uno está contento de pertenecer a una red
cultural, llega un momento en que se necesita
más tiempo para la reflexión. De lo contrario,
ésta es superficial, demasiado rápida, sin tiempo
para asimilar, criticar, sopesar. Hace falta
más tiempo para ensimismarse, para reflexionar
en silencio y soledad.
¿Lo
mismo se puede decir de la sociedad de la imagen
en la que estamos inmersos?
Eso
es mucho peor. La imagen, demasiado rápida,
reemplaza al pensamiento. Y aunque se dice que
una imagen vale por mil palabras, lo cierto
es que queda muy poco de ella, se la olvida
con facilidad. La imagen no tiene contenido
conceptual. Puede suscitar ideas en algunos
casos, pero es muy superficial. Porque lo que
podemos ver es apenas la piel de las cosas.
La mayor parte del mundo está oculta a la vista,
hay que conseguirla, hay que imaginarla, hay
que conjeturarla. Y la imagen nos restringe
a las apariencias. La palabra puede trasmitir
conceptos, algo que la imagen no puede. Y solamente
con conceptos se accede a lo invisible, que
es la mayor parte del universo.
Ahora
se ve a la hiperconectividad como algo positivo,
como un fruto saludable de la sociedad de la
información y del conocimiento. ¿Qué dice al
respecto?
Muchas
veces nos conectamos con sectores que no nos
interesan. O, por lo contrario, se refuerza
la relación con especialistas de la misma especialidad,
lo cual cierra la posibilidad o el aliciente
para conectarse con grupos que se ocupan de
otras cosas. Por ejemplo, en los viejos tiempos,
uno iba a la biblioteca a buscar un libro o
una revista que se ocupaba de la especialidad
de uno y, a los costados, se veía, sin querer,
material de disciplinas anexas. Esa búsqueda
o mirada a lo aledaño enriquecía la investigación
propia, favorecía la formación de interdisciplinas.
Hoy
día, la hiperconexión o la facilidad con que
uno se conecta con los especialistas de la misma
especialidad hace que uno se aísle de las demás
especialidades -valga la redundancia-. Eso es
lo que se ha llamado la «balcanización de la
ciencia», algo que no es bueno. Es justamente
en los intersticios entre ciencias diferentes
donde se encuentran novedades. La división entre
disciplinas es arbitraria. Por ejemplo, ¿quiénes
se ocupan de la distribución de la riqueza?
Los economistas dicen: «Eso es cuestión de los
sociólogos». Los sociólogos dicen: «No. Puesto
que se trata de riqueza, son los economistas
los encargados». Entonces, nadie se ocupaba
de eso, hasta que, finalmente, algunos socioeconomistas
se dieron cuenta del problema y lo estudiaron.
Ahora existe la socioeconomía como nueva interdisciplina,
con su propia sociedad, su propio órgano. Lo
mismo pasa con la psicología y la neurociencia.
Durante muchos siglos estuvieron separadas.
Hoy día existe una interdisciplina llamada neurociencia
cognitiva, que es la que se ocupa de investigar
en el cerebro los procesos mentales, cosa que
antes hacían solamente los psicólogos.
Hay
que fomentar la interdisciplinariedad. Y a eso
no siempre contribuye Internet. Al contrario,
muchas veces dificulta la formación de interdisciplinas.
La
sociedad de la vigilancia es otra consecuencia
de la tecnología de la información.
Claro.
Ahora pueden vigilar nuestra manera de pensar,
nuestra manera de comunicarnos con otros. La
información electrónica se puede captar, es
accesible a la Policía. Y eso es un peligro.
Coarta las libertades individuales y la formación
de grupos simplemente disidentes, que no están
conformes con el orden social actual.
¿Y
qué opina sobre la obsolescencia de las tecnologías,
que año tras año, mes a mes, e incluso día a
día, cambian tanto? ¿Eso es ético? ¿Es ambiental?
Hay
cambios necesarios y otros que son puramente
cosméticos, provocados por la industria para
obligar al consumidor a comprar nuevos productos.
Hace ya mucho tiempo que los automóviles tienen
las mismas características. Es cierto que hubo
un gran adelanto hace unos veinte años, cuando
aumentó su rendimiento y disminuyó el consumo
de gasolina, lo cual está bien. Pero muchas
veces, los fabricantes de computadoras, por
ejemplo, introducen pequeños cambios que no
son esenciales. Primero, hay que comprarlos,
son caros. En segundo lugar, hay que aprenderlos
y el aprendizaje se vuelve costoso también.
Se trata de pequeñas mejoras técnicas que no
son precisamente favorables al consumidor. Lo
mismo ha pasado siempre con la moda. Son adelantos
cosméticos no esenciales.
Una
vez hecha esta caracterización de las tecnologías
de la información y de la sociedad del conocimiento,
¿cuáles piensa usted que son los retos culturales
como para que el hombre sobrelleve todo esto
sin convertirse en esclavo?
Principalmente,
facilitar el acceso a la cultura. La enorme
mayoría de la humanidad no tiene acceso a la
cultura moderna, en particular a la cultura
científica y técnica. No solamente no tiene,
sino que en muchos países está disminuyendo
el porcentaje de los jóvenes que se interesa
por la ciencia y por la técnica. Las facultades
de ciencia y técnica se están vaciando. Hay
universidades, por ejemplo en Canadá, cuyos
departamentos de física han cerrado. Siguen
teniendo escuelas de ingeniería, pero no de
física, lo que es ridículo porque no hay ingeniería
moderna sin física y los grandes avances en
ingeniería suelen ir precedidos por los grandes
avances en física. A veces, eso se debe a la
miopía de los administradores y otras, a la
falta de vocaciones. Hay poca gente joven que
se interese por la física o por la matemática.
Todos quieren ganar dinero y creen que hay más
porvenir en Ciencias de la Computación, Finanzas
o Administración de Empresas que en Matemáticas
o Física. Es un error. No hay suficientes egresados
en física básica, química básica, matemáticas.
Ése es el desafío.
Le
he escuchado decir que antes que formar tecnólatras
debemos formar cerebros.
Hay
que formar cerebros porque solamente el cerebro
bien formado puede, no solamente usar la técnica
existente, sino mejorarla con ideas nuevas y
originales gracias a su curiosidad y a que está
investigando. Si se insiste con la misma información
a la gente, en lugar de cultivar su curiosidad,
terminará por aburrirse.
Es
importante enseñar a estudiar por cuenta propia,
a buscar por cuenta propia, a asombrarse. Decía
Aristóteles que el origen de la ciencia está
en el asombro, en la curiosidad. El que no se
asombra por nada, nada va a investigar.
¿Qué
le sugiere el analfabetismo tecnológico, es
decir, aquellas personas que se resisten a.?
Sí,
sí. Aquellas personas como yo, por ejemplo.
Hace treinta años yo sabía desarmar un carburador
de automóvil y arreglarlo. Eran mucho más sencillas
las cosas. Hoy día, las unidades de los vehículos
suelen estar selladas y no se pueden desarmar
con destornillador para repararlas. Hay que
llevarlas a un taller donde dicen que utilizan
computadoras para diagnosticar los defectos
y ubicarlos. Hace falta ser todo un ingeniero
para desarmar un automóvil. Antes eso no era
preciso. Entonces, los que no tenemos esa habilidad
ni disponemos de tiempo necesario o, simplemente,
nos aburrimos con ello, quedamos al margen y
a la merced de los especialistas, lo que es
bueno pero también malo porque, para corregir
defectos mínimos, uno depende de expertos que
nos explotan, resultando todo muy caro.
¿Cómo
enseñar y transmitir representaciones, reglas
y valores en pro de la cultura tecnológica y
de la reflexión al respecto?
A
mí me preocupan las cinco sextas partes de la
humanidad que no tienen acceso a la técnica
básica. Esa gente tiene que aprender a cavar,
tiene que aprender elementos de carpintería,
de mecánica, de electricidad, todas las cosas
que se sabía hace uno o dos siglos. Hay que
empezar por ahí. Mucho después, se plantearán
las nuevas tecnologías. Lo que la enorme mayoría
de la gente necesita ahora es saber cosas más
básicas, por ejemplo, que en cada aldea debería
haber letrinas públicas. En gran parte de los
países del Tercer Mundo no hay letrinas, la
gente defeca al aire libre y las amebas corren
entonces por el aire, la gente se infecta con
sólo respirar. En muchas partes, se cree que
para beber agua hay que ir a un charco o a un
pequeño arroyo, cuando ya están contaminados.
Hay que enseñar a la gente que hay que cavar
pozos y poner bombas, no bombas eléctricas porque
no hay centrales eléctricas en esos lugares,
sino manuales como las que había en Argentina
hace cien o menos años. Molinos, hace falta
multiplicar los molinos.
Se
cree que cuando hay un avance técnico, las técnicas
anteriores ya no sirven y eso no es cierto,
las técnicas anteriores pueden seguir sirviendo.
Allí donde hay una caída de agua, se puede instalar
un pequeño motor eléctrico que sirva para iluminar
la casa o incluso un villorio. No hay que desechar
lo viejo porque sea viejo, lo viejo puede seguir
siendo útil.
Hay
experimentos muy interesantes en Bangladesh.
En lugar de separar a mano el grano de la paja,
se puede hacer con una pequeña máquina que se
acopla a una bicicleta sin ruedas y que no tiene
nada más que el engranaje. Hay un banco que
presta dinero, cincuenta dólares a cada cual,
para instalar esos aparatos. Se trata de una
técnica bancaria interesante. Préstamos a pequeña
escala, respaldados por la aldea. Se hace responsable
de él, no solamente quien lo contrae sino toda
la aldea. Si falla esa pequeña empresa familiar,
se hace cargo de la deuda el resto. Entonces,
todo el mundo está interesado en que tenga éxito.
Así,
las técnicas no sólo son de ingeniería, sino
también sociales. No abarcan únicamente la ingeniería,
sino también la administración de empresas,
el derecho, la educación, el trabajo social,
muchos sectores de la sociedad.
¿La
ciencia y la tecnología son válidas para el
Tercer Mundo?
Claro
que sí. La verdad científica no tiene fronteras,
no tiene nacionalidad ni tiene sexo. Están,
naturalmente, los relativistas culturales que
sostienen que el conocimiento es siempre local,
lo cual es absurdo. El conocimiento local es
el conocimiento específico, por ejemplo, el
conocimiento de ciertas peculiaridades de Salamanca,
que no tienen aplicación en Bangladesh.
Martha
Paz es máster en Ciencia, Tecnología y Sociedad
de la Universidad de Salamanca.
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