LA PROMOCIÓN DE 1977.
La trayectoria profesional del profesorado de
la Secundaria pública
Joan
Estruch Tobella
jestruc2@pie.xtec.es
Imprimir
-
Recomendar
Índice
Fue
ayer; éramos casi adolescentes; era
con
tiempo malo, encinta de lúgubres presagios,
cuando montar quisimos en pelo una quimera
ANTONIO MACHADO
La crisis
que vive la Secundaria pública es un fenómeno
reciente, todavía poco estudiado. Creemos que
la problemática del profesorado es uno de sus
aspectos más relevantes. La aplicación de la Reforma
ha supuesto una modificación radical de los institutos
y ha alterado la trayectoria profesional del profesorado
de Secundaria, en especial del que impartía Bachillerato.
Se trata de un colectivo muy compacto en cuanto
a sus características personales y profesionales,
y que ahora constituye la mayoría de los claustros
de los institutos. Pero su incidencia en los centros
no es tan sólo cuantitativa, ya que la cultura
de este colectivo se ha extendido al conjunto
del profesorado de Secundaria. Por tanto, estudiar
los rasgos de identidad de esta promoción de profesores
y profesoras puede ayudar a entender las causas
de la crisis que se vive en los institutos.
Sin
entrar en argumentaciones más profundas, utilizaremos
la palabra "generación" en el sentido
amplio de grupo de personas que han nacido en
unos años cercanos y que, por tanto, han vivido
una serie de experiencias relativamente comunes.
La palabra "promoción" la reservaremos
aquí a un grupo de profesores de instituto de
Bachillerato que, por pertenecer a la misma generación,
han seguido una trayectoria profesional semejante.
Los años de formación:
1970-1977
La mayoría del profesorado
español nació entre los años 1950 y 1955 (González
Blasco, 27). Ahora tiene, pues, un promedio de edad
de entre 45 y 50 años. No llega al 8% el que tiene
menos de 30 años, mientras que el de más de 50 supone
algo más del 10% (INCE, 81). En el resto de Europa
el envejecimiento del profesorado está todavía más
acentuado. En Suecia, el 49% del profesorado de
Secundaria tiene más de 50 años; en Alemania y Holanda
el porcentaje es del 33%; y en Francia del 30%.
Nos encontramos, pues, ante una generación
que vivió su adolescencia y primera juventud durante
los años setenta, periodo en el que continuaba
la oleada de innovaciones radicales de los años
sesenta. Cuando se produjo el Mayo del 68 todavía
eran demasiado jóvenes, pero recibieron su influencia
a través de la generación inmediatamente anterior
a la suya. Mientras estudiaban en la Universidad
durante los últimos años del franquismo fueron
testigos y protagonistas de las importantes transformaciones
sociales, económicas y políticas que experimentó
el país. La muerte de Franco (1975) y la instauración
de la democracia (1977) son los acontecimientos
históricos que les marcaron cuando se encontraban
en el momento de su incorporación a las responsabilidades
de la vida adulta.
Podemos,
por tanto, denominarla "generación de 1977".
Es la que ahora se encuentra en el punto más alto
de su carrera profesional, en los puestos directivos
del mundo empresarial, cultural y político. El
actual presidente del gobierno español, José Mª
Aznar, de 48 años, encabeza un equipo ministerial
integrado mayoritariamente por miembros de esta
generación. No deja de ser significativo que cuatro
de sus ministros hayan sido militantes comunistas
en su juventud, cuando el comunismo era la principal
fuerza de oposición al régimen franquista.
La que a nosotros nos interesa
es la parte de esta generación que denominamos
"promoción del 77". Accedieron como
profesores a los institutos en condiciones precarias,
contratados como PNN (Profesores No Numerarios)
a partir de la segunda mitad de los años setenta,
cuando se tuvo que atender de manera improvisada
la gran demanda de escolarización en Secundaria.
Ésta era resultado de la coincidencia de la
expansión demográfica con el deseo de acceder
a la Universidad por parte de numerosos sectores
de las clases medias y trabajadoras surgidas durante
los años de la expansión económica. Los jóvenes
PNN de instituto, junto con sus colegas de la
Universidad, fueron uno de los sectores más activos
de la lucha antifranquista. Por la su edad, su
mentalidad y su precariedad laboral sintonizaban
fácilmente con el alumnado, también muy radicalizado.
Las clases, en especial de las materias humanísticas,
se convertían en marcos propicios para la "concienciación"
de los alumnos, para iniciarlos en la cultura
prohibida por el franquismo. De esta manera, las
actividades académicas se confundían con las actividades
políticas. La lectura de poemas de Miguel Hernández,
la lección sobre la Guerra Civil, las diapositivas
del "Guernica", los fragmentos de Marx...
enlazaban con los debates, las asambleas, las
manifestaciones.
En aquella coyuntura en que estaban prohibidas
las organizaciones sindicales no oficiales, el
movimiento PNN utilizó la asamblea como forma
de lucha fundamental, que luego ha seguido utilizando
de manera intermitente, de manera que el asamblearismo
se ha convertido en una de las señas de identidad
de esta promoción. La lucha de los PNN por sus
reivindicaciones laborales se mezclaba con la
lucha por las libertades y con la defensa de principios
autogestionarios y antiautoritarios en la escuela
y en la vida privada. La transformación de la
escuela se veía como una parte de la transformación
global de la sociedad. Ésta es la cultura básica
de los entonces llamados "progres":
una mezcla más o menos equilibrada de antifranquismo,
Mayo del 68 y radicalismo político de inspiración
marxista, cristiana o anarquista. No es extraño
que en este caldo de cultivo surgiesen algunos
Sommerhill en versión local, centros en los que
se pusieron en marcha experiencias de tipo autogestionario.
En ellos se cuestionaban los "prejuicios
burgueses" en el ámbito educativo: las normas
de disciplina, la autoridad del profesor, los
exámenes, las notas... Todo se había de decidir
de manera asamblearia. Estas experiencias, aunque
minoritarias, no estaban aisladas, sino que actuaban
como vanguardias de un movimiento más amplio,
aunque más moderado, que se extendía, en distintos
grados, no sólo a la escuela pública, sino también
a algunos centros de clientela burguesa ilustrada
que incorporaban determinadas dosis de progresismo
escolar.
Los años de estabilización:
1978-1984
La situación
de esta promoción de profesores de instituto
se transformó radicalmente como consecuencia de
los cambios políticos ocurridos en el país. Cuando
en 1977 se produjo la instauración de la democracia,
la situación era muy complicada en todos los ámbitos
de la vida social. Los Pactos de la Moncloa trataron
de afianzar la débil democracia. Dentro de estos
acuerdos figuraba un aumento muy considerable
de plazas escolares en institutos, para atender
las masivas demandas de escolarización. Al mismo
tiempo, el gobierno de la UCD trató de solucionar
la permanente situación de rebeldía que se vivía
en los institutos, convocando las llamadas "oposiciones
restringidas". Se trataba de unas oposiciones
sui generis que, cubriendo las formalidades
legales, convertían en funcionarios a los PNN,
ya que los opositores tenían reservadas sus plazas.
Era una hábil propuesta política que provocó fuerte
discusión en el seno del movimiento PNN. Hasta
aquel momento, el movimiento se había proclamado
radicalmente contrario a las oposiciones por razones
ideológicas. "Funcionario" era un concepto
políticamente sospechoso, asociado a la burocracia,
al franquismo. Los PNN exigían un contrato laboral
estable, pero no querían ser funcionarios. Sin
embargo, todas estas argumentaciones se desmoronaron
rápidamente ante la oferta de las oposiciones
restringidas, a las que todos se presentaron y,
lógicamente, todos aprobaron.
Ya
tenemos, pues, a una buena parte de la promoción
convertidos en profesores agregados de Bachillerato.
Otra parte de la promoción fue accediendo al mismo
estatus por otra vía, la de las oposiciones llamadas
"libres", es decir, sin reserva de plaza.
Durante unos años, 1978 y los siguientes, se convocaron
muchas plazas, porque todavía era necesario cubrir
todas las demandas de escolarización. Nunca más
ha habido tanta abundancia de plazas, porque
después la natalidad entró en una fase de estancamiento
y de descenso progresivo que aún continúa. Estas
oposiciones fueron tan masivas, que crearon una
situación de nueva planta en Secundaria, porque
casi todos los institutos cambiaron completamente
sus plantillas.
Una
vez ganadas las oposiciones, todos fueron consiguiendo
plaza definitiva a través de los concursos de
traslado. Como abundaban las vacantes, había
más oportunidades para conseguir las plazas deseadas.
Los claustros se fueron estabilizando, y cada
vez hubo menos cambios de profesores. De esta
manera, en pocos años, la promoción del 77 logró
la estabilidad profesional entre los 25 y los
30 años, periodo que coincidió con la estabilización
de su vida privada: bodas, hijos, adquisición
de viviendas... Eran también los años de consolidación
del régimen democrático, que en 1982 demostró
su solidez al producirse con normalidad la subida
de los socialistas al gobierno. Así pues, la generación
de 1977, y no sólo en el ámbito educativo, lo
tuvo relativamente fácil para acceder a la estabilidad
profesional, mucho más que las promociones posteriores.
En cambio, estas promociones no han tenido que
vivir las graves dificultades de tipo político,
cultural y moral que tuvieron que soportar los
del 77. Y es que cada generación ha de afrontar
unos retos distintos.
La
década dorada: 1985-1995
Después
de haber conseguido la estabilidad profesional,
la promoción del 77 transformó su dinámica de
lucha en presión reivindicativa para adaptar a
sus demandas el funcionamiento de los centros,
donde eran mayoría. Fue un movimiento generalizado,
pero que dependió mucho de la situación interna
de cada centro. Los agregados exPNN comenzaron
a convivir con otros sectores, ahora ya en pie
de igualdad funcionarial: agregados provinentes
de las oposiciones libres, catedráticos, interinos...
Los traslados derivados de las oposiciones habían
deshecho los grupos en el seno de los centros,
y con la estabilización de los claustros se fueron
produciendo nuevas alianzas y asociaciones grupales
y subgrupales basadas en afinidades diversas.
La promoción del 77 perdió cohesión, pero su hegemonía
numérica y cultural en los centros le permitió
influir en las nuevas promociones de profesores,
mucho más reducidas y culturalmente menos compactas.
También contribuyó a la consolidación de su liderazgo
dentro del sector el hecho de que ocupase las
plazas del centro del sistema, situadas en los
grandes núcleos urbanos. Esto le daba más capacidad
de presión ante los poderes políticos y mayores
posibilidades de irradiar sus reivindicaciones
hacia la periferia del sistema, formada por poblaciones
medianas o pequeñas.
Ya
habían pasado los años de fuerte politización,
pero sus demandas continuaron bajo la bandera
de la democratización de los centros, estableciendo
así una continuidad con sus luchas antifranquistas.
El primer ámbito que acusó el cambio fue el más
vinculado a la tarea docente: el seminario didáctico.
Sin graves conflictos, los catedráticos fueron
cediendo su tradicional estatus jerárquico de
jefes de seminario, que hasta entonces los había
hecho únicos responsables de la orientación didáctica
de las asignaturas. Desde el siglo XIX habían
ostentado la hegemonía en los institutos, pero
ahora se encontraban a la defensiva, salpicados
por las vinculaciones franquistas de algunos de
ellos y, sobre todo, por la actitud poco solidaria
que, en general, habían mostrado durante las luchas
de los PNN. A partir de ahora, el estatus privilegiado
del catedrático fue retrocediendo. El precio fue
la creciente descoordinación didáctica entre los
profesores. Como todo se tenía que decidir por
consenso, la coordinación se producía cuando
se daba la libre coincidencia de criterios entre
los profesores.
Esta
situación interna se vio reforzada por la inhibición
de la inspección, ya iniciada durante la transición
democrática. Para evitar fricciones con el profesorado,
las nuevas autoridades educativas limitaron las
actuaciones de la inspección que tuvieran incidencia
directa en los centros. Aún más que los catedráticos,
los inspectores estaban desprestigiados por el
prejuicio, probablemente exagerado, de que habían
estado al servicio del franquismo. Las propias
autoridades educativas no se fiaban demasiado
del cuerpo de inspección, y optaron por dejar
medio inoperante esta pieza clave para la conexión
entre la Administración y los centros. La temida
y mitificada visita del inspector se convirtió
en un acto formal, esporádico, sin repercusiones
visibles en el funcionamiento del centro. La inspección
quedó, pues, reducida a una supervisión burocrática,
alejada de la vida real de los centros. Sin que
nadie lo hiciera explícito, se llegó a una especie
de consenso: la inspección sólo intervendría
en los casos que el propio centro no hubiera podido
resolver.
Se
consolidó así en los centros una cultura de desprestigio
de la autoridad, de pragmatismo respecto a la
normativa legal. Se seguían practicando ahora
lo que durante el periodo franquista habían sido
formas de resistencia política. La normativa se
aplicaba si convenía, y si no, siempre que fuera
posible, no se aplicaba. Si el incumplimiento
se hacía discretamente, si no trascendía y no
provocaba quejas, no pasaba nada. La permisividad,
el "compañerismo" se daba sobre todo
en lo referente al profesorado: horarios, permisos,
faltas de asistencia y de puntualidad... Los seminarios,
los profesores, pronto se acostumbraron a esta
falta de control profesional, insólito en cualquier
otro país europeo, y que se trató de justificar
con conceptos como la autonomía del centro o la
libertad de cátedra. Estos procesos informales
no sólo no fueron corregidos por las autoridades
educativas, sino que su espíritu obtuvo, en parte,
reconocimiento legal en 1988, cuando el gobierno
socialista suprimió los cuerpos de catedráticos
de instituto y de inspección. Estas radicales
decisiones fueron pronto rectificadas: en 1990
la LOGSE reconstruía parcialmente el cuerpo de
catedráticos, aunque reduciéndolo a una "condición";
y en 1995 la LOPEG reconstruyó completamente el
cuerpo de inspectores.
El
tercer pilar de estos cambios en la hegemonía
interna de los centros fue el desmantelamiento
de la función directiva como resultado de las
confrontaciones políticas de la transición democrática.
El Reglamento de 1977 había establecido que el
director saldría de una terna de catedráticos
votada por el claustro. Era la tradición española,
respetada con intermitencias durante el franquismo.
Ni que decir tiene que esta normativa fue muy
conflictiva durante la transición democrática,
ya que chocaba frontalmente con los hábitos asamblearios
que se habían implantado en muchos institutos.
No eran infrecuentes los claustros en los que,
además de los profesores, participaban alumnos,
padres, conserjes, administrativos, asociaciones
de vecinos, etc. En 1981 el gobierno de la UCD
intentó poner orden a esta situación mediante
la LOECE, que en el apartado de dirección de centros
configuraba un director semiprofesional, elegido
por la Administración y el Consejo de Dirección,
antecedente del actual Consejo Escolar. Por primera
vez en la historia de los institutos, la dirección
ya no era monopolio de los catedráticos, ahora
cualquier profesor lo podía ser.
Esta
opción "centrista" no fue, sin embargo,
del agrado de la izquierda socialista y comunista,
ni de la mayoría del profesorado. En 1982, cuando
el PSOE llegó al poder, dejó sin aplicación la
LOECE. Hubo unos años de incertidumbre y de vacío
legal que cada centro llenó a su manera. En la
mayoría de institutos se implantó el hábito de
elegir al director en votación de claustro con
mayor o menor intervención de los otros sectores
escolares. La LODE (1985) legalizó y reguló estas
situaciones de hecho. En teoría, implantaba un
gobierno del centro de tipo autogestionario y
participativo, con el Consejo Escolar como órgano
máximo, que elige al director. Sin embargo, en
la práctica casi siempre ha sido el claustro quien
lo ha elegido, mientras el Consejo Escolar se
ha limitado a refrendar esta decisión. La LOPEG
(1995) intentó corregir, sin éxito, algunas de
las disfunciones más evidentes de este modelo
directivo, como la crónica falta de candidatos
a director, lo que provoca que más de la mitad
hayan de ser nombrados con carácter forzoso. El
resultado de esta normativa ha sido una dirección
débil, sin capacidad de liderazgo. Los profesores
consideran que el director es un compañero que
ha de actuar básicamente como representante de
sus demandas ante la Administración, no como un
líder que impulse la mejora de la calidad del
centro en beneficio de sus usuarios. Ésta es una
herencia de la cultura antiautoritaria que el
colectivo de profesores forjó en los años de
la Dictadura. Se creó así una especie de norma
no escrita que establecía que la relación del
director con el claustro no podía ser de exigencia
(Fabra, 53-54).
Así
pues, la entrada masiva de la promoción del 77
en los institutos, coincidiendo con la coyuntura
política de la transición, transformó radicalmente
su funcionamiento. Esta transformación consistió
en la conquista de una gran autonomía profesional
en nombre de la democracia y la participación.
Pero nadie quiso darse cuenta de que la autonomía
profesional fácilmente puede transformarse en
corporativismo, según las condiciones en que se
utilice. La "endogamia" universitaria
es un buen ejemplo de ello.
Otra
de las conquistas históricas de la promoción en
esta década fue el importante aumento retributivo
conseguido en 1988 después de una masiva huelga
que duró dos meses, en parte coincidiendo con
movilizaciones de los estudiantes de Secundaria.
Parecía que los institutos regresaban a los años
70. Las formas asemblearias y el rechazo hacia
los sindicatos eran muy parecidos, pero había
notables diferencias. Profesores y estudiantes
luchaban ahora separadamente y por objetivos
diferenciados. La huelga de profesores tenía objetivos
básicamente salariales: se pedía la homologación
con el resto de funcionarios, que cobraban un
complemento de productividad que los docentes
no percibían.
Esta
vez la Administración no era franquista, sino
socialista. Y además se daba el caso de que el
ministro de Educación, José Mª Maravall, pertenecía
a uno de los sectores más radicales del PSOE.
Pero mostró una actitud irreductible y arrogante
que agudizó el conflicto. Finalmente, tuvo que
dimitir y ceder el ministerio a Javier Solana,
que al poco tiempo concedía los aumentos salariales
conocidos como "sexenios", un complemento
de productividad que se consigue sólo con la asistencia
a algunos cursillos. El Ministerio también tuvo
que retirar el proyecto de carrera docente que
establecía diversos grados (y retribuciones) dentro
de cada cuerpo docente. El profesorado lo rechazó
porque mantenía vivo el espíritu igualitarista
de los años setenta, oponiéndose a todo lo que
significara "jerarquización". No resultaba
políticamente correcto el profesor que quería
mejorar su situación a base de sus méritos profesionales.
Fácilmente podía ser considerado un "ambicioso",
un "trepa" que intentaba ser más que
sus compañeros. De esta manera fracasó el último
intento de establecer una carrera profesional
basada en la meritocracia.
Se
trató de una gran victoria, que situó a los profesores
españoles en el lugar más alto de Europa y del
mundo en cuanto a retribuciones. Tomando como
referencia la relación entre el sueldo y el PIB
per cápita de cada país, el profesor español que
menos cobra tiene unos ingresos superiores a los
de los profesores franceses o escoceses que más
cobran y ligeramente inferiores a los del profesor
alemán que más cobra. El profesor español que
más cobra se distancia claramente de sus colegas
europeos, y sólo es superado por el profesor portugués
que más cobra (Comisión, 137). En cambio, es uno
de los que está menos sometido a procesos de
control y de avaluación de su tarea profesional
(González Muñoz, 207-212).
Además
de estas conquistas, la promoción del 77 pudo
tener durante la década 1985-1995 unas condiciones
de trabajo todavía difíciles por razones infraestructurales
(ratios altas, edificios precarios, pocos recursos...),
pero satisfactorias desde el punto de vista pedagógico.
A medida que la situación política española se
estabilizaba, se fueron acabando aquellas clases
que establecían una complicidad ideológica entre
profesor y alumno. Se había producido un distanciamiento
generacional de unos 15 o 20 años de edad, y también
de tipo cultural: los jóvenes vivían la resaca
de la transición, lo que se llamó "el desencanto".
Con todo, el alumnado del BUP tenía disposición
para aprender, ya que había tenido que aprobar
la EGB. Éste era también un filtro social, que
impedía que a los institutos de Bachillerato llegasen
los sectores socialmente más desfavorecidos. El
BUP estaba pensado para seleccionar a los alumnos
que querían llegar a la Universidad, lo cual vinculaba
al profesor de instituto con el de universidad.
Su función era clara: dar y exigir a los alumnos
el nivel necesario para la Selectividad. Eso conllevaba
una selección dura, con un 50% de fracaso escolar.
Sin embargo, el BUP, los institutos y por tanto
los profesores de BUP tenían un reconocido prestigio
social, que atraía a importantes sectores de las
clases medias. Eran los tiempos en que los institutos
se llenaban de alumnos con facilidad. Los institutos
habían llegado a ser una seria competencia para
los centros privados.
Unos
datos sociológicos ayudan a completar este panorama:
en 1981 estudiaban BUP el 78% de los hijos de
los profesionales; el 35% de las clases medias
patrimoniales y un 25% de los hijos de obreros
(Muñoz-Repiso, 24). El profesorado de BUP se movía,
pues, en un ambiente de clases medias a la que
se sumaba una representación de la parte más emprendedora
de las clases trabajadoras. Todos estos sectores
veían en el BUP una vía de promoción social para
sus hijos. Con variaciones según la ubicación
de los centros, se trataba de un ambiente sociológico
parecido al propio marco de relaciones sociales
y personales del profesorado de BUP. En esto se
diferenciaba de los maestros, de origen social
y cultural más bajo, y también de sus colegas
de la FP, que tenían que trabajar con el alumnado
más difícil. En definitiva, la situación profesional
de la promoción del 77 fue espléndida, por lo
menos comparándola con lo que vendría después.
Desde
el punto de vista personal, la promoción se encontraba
en la treintena, en la plenitud personal y profesional:
los claustros celebraban nacimientos de hijos,
publicación de libros, doctorados, cátedras...
Muchos accedieron por primera vez a los cargos
directivos; otros salieron provisional o definitivamente
de la profesión, hacia el mundo de la Administración,
la política, el sindicalismo...
En el horizonte se veían todavía lejanas dos nubes
que amenazaban tempestad: la Reforma y la pérdida
de alumnado derivada del descenso demográfico.
La crisis de la Reforma:
1996-2000
Más
allá de las novedades del diseño curricular, el
cambio más importante que se planteaba la Reforma
era la escolarización comprensiva de toda la población
hasta los 16 años. De hecho, la escolarización
hasta esta edad estaba ya muy extendida, pero
separada en dos ramas: el BUP y la FP. Que toda
la población estuviera escolarizada no significaba
que tuviera que estudiar lo mismo, pero la LOGSE,
diseñada por el equipo del ministro Maravall,
apostó por la comprensividad radical por razones
ideológicas, ya que se consideraba que así se
favorecía a las clases trabajadoras y se reducían
las desigualdades sociales.
Las
consecuencias que estos planteamientos iban a
tener fueron valoradas desde distintas ópticas,
de acuerdo con los intereses corporativos de cada
grupo. Los maestros eran favorables a la Reforma,
en parte porque los descargaría de la franja más
problemática de alumnos (7º y 8º de EGB) y les
permitiría acceder a Secundaria, una pequeña porción
de su tradicional reivindicación del "cuerpo
único". El profesorado de FP veía en la Reforma
la conquista de su larga reivindicación de homologación
con el profesorado de BUP. Sin embargo, esto era
visto con recelo por una buena parte del profesorado
de BUP que, siguiendo un discurso basado en los
agravios comparativos, se consideraba el gran
perdedor de la Reforma: habían aprobado unas oposiciones
más difíciles que los de FP o de EGB, que ahora
podrían acceder a los centros de BUP mientras
a ellos se les negaba el acceso a la docencia
universitaria; habían estado a punto de perder
las cátedras en aras del igualitarismo; y sobre
todo ahora tendrían que atender a alumnos desmotivados
y con problemáticas de origen social.
Estos
recelos previos a la implantación de la Reforma
han resultado muy moderados si los comparamos
con las reacciones posteriores. Lo cierto es que
han quedado cortas les previsiones más pesimistas
respecto al rechazo de la Reforma por parte del
profesorado del antiguo BUP. En una encuesta de
1995, antes de su implantación, un 41% del profesorado
de Bachillerato se mostraba de acuerdo, porcentaje
que llegaba al 51% entre el profesorado de FP
(Guerrero, 264). Otro estudio distinguía, sin
cuantificarlos, cuatro sectores entre el profesorado
de Secundaria, según su actitud ante la Reforma:
reformistas pedagógicos, reformistas pedagógicos
y organizativos, didactistas y tradicionales.
Y preveía:
Si
se consolida una alianza práctica entre el profesorado
tradicional de los institutos y los reformistas
pedagógicos contra la Administración educativa,
es imposible que la Reforma tire adelante. Se
podrán llevar adelante reformas administrativas,
pero no lo que implica de cambio en la política
escolar y en la práctica pedagógica de la secundaria
tal como se desprende de las leyes aprobadas
y los documentos oficiales (Masjuan, 62)
Pronto
se confirmarían estas hipótesis. Una primera señal
se produjo en 1998, en medio de la implantación
de la Reforma en Cataluña. En las elecciones sindicales
de aquel año, en los institutos triunfó ampliamente
un sindicato nuevo, ASPEPC (Agrupació Sindical
de Professors de l'Ensenyament Públic de Catalunya).
Inicialmente impulsado por la Asociación de Catedráticos,
fue el único que levantó la bandera de oposición
a la Reforma. En cambio, el sindicato más reformista
(CC.OO) perdió su hegemonía al obtener un pobre
resultado en Secundaria. El sorprendente éxito
de ASPEPC se explica porque supo sintonizar con
el malestar del profesorado respecto a la Reforma.
Así pues, la promoción del 77, la de los antiguos
"progres", había hecho una opción sindical
"corporativista".
Desde
entonces, el descontento ha ido en aumento. En
una encuesta del año 2000 hecha por CC.OO, el
profesorado de ESO se manifestaba así respecto
a la Reforma: el 10%, motivado; el 5%, conforme;
el 12%, escéptico; el 37%, crítico; el 25%, descontento;
el 10%, "quemado". La conclusión es
obvia: con un 15% del profesorado a favor y un
85% en contra, la Reforma está condenada al fracaso.
La amplitud del rechazo demuestra que no sólo
es la promoción del 77 la que se opone a la Reforma.
Es muy probable, sin embargo, que esa promoción
haya liderado el movimiento de oposición del conjunto
del profesorado de Secundaria.
Esta
situación admite múltiples interpretaciones, pero
nosotros nos centraremos en los aspectos profesionales.
La Reforma ha trastornado profundamente el estatus
del profesorado sin haberlo preparado adecuadamente.
La LOGSE sólo abordó el tema del profesorado para
reordenar los cuerpos docentes. En realidad, una
reforma educativa tan ambiciosa requería mucho
más: una verdadera reforma de la función docente
que adaptara la profesión a las nuevas necesidades
y creara mecanismos de compensación, como una
carrera docente con nuevas vías de promoción profesional.
Pero no se quiso emprender esta transformación
profunda del sector, perdiendo de vista que, en
educación, es más importante la motivación del
profesorado que los recursos materiales (Esteve,
35). El miedo a despertar al león dormido, a provocar
conflictos con el profesorado, sólo sirvió para
aplazar una crisis que después estallaría con
mucha más virulencia. De momento, la formación
para la Reforma se basó en la parafernalia del
diseño curricular, que ocultaba los problemas
reales que ya estaban padeciendo los centros experimentales:
la diversidad del alumnado, las graves dificultades
de aprendizaje y de convivencia que presentaban
algunas franjas de alumnos. De esta manera, cuando
el profesor se encontró con la realidad de la
Reforma, la falta de preparación previa hizo más
negativas las primeras impresiones.
La
ESO se ha convertido en el epicentro de la conflictividad
educativa porque en esta etapa convergen diversos
factores críticos: la edad del alumnado coincide
con la crisis de la adolescencia; en el sector
público los alumnos han de cambiar de centro,
con el consiguiente trastorno de hábitos y pautas
de conducta; el alumnado con problemáticas derivadas
de la marginación o la inmigración se concentra
mucho más en la red pública que en la red privada
concertada; los recursos son escasos y poco adecuados
para ayudar a la atención a la diversidad...
En
fin, profesores poco preparados y motivados ante
alumnos desmotivados y difíciles constituyen una
combinación explosiva, que necesariamente provoca
una espiral de conflictividad en las aulas. El
deterioro de la disciplina y de la convivencia
ha sido el gran revulsivo, la primera causa del
rechazo del profesorado respecto a la Reforma.
Además, la implantación del nuevo sistema ha coincidido
con el descenso demográfico y la consiguiente
pérdida de alumnado y de plazas de profesor. La
falta de alumnos, la pérdida de grupos, el cierre
de centros, los desplazamientos forzosos... eran
situaciones desconocidas en los institutos, aunque
previsibles, porque antes se habían dado en Primaria.
Pero la promoción del 77, que había accedido a
la docencia en plena fase de crecimiento de la
demanda educativa, tendió a asociarlas con la
implantación del nuevo sistema educativo. De esta
manera, en su imaginario la Reforma ha quedado
identificada con más trabajo a cambio de lo mismo
o aún menos; con peligro de pérdida de la plaza;
con alumnado conflictivo... en definitiva, con
una dura reestructuración del sector, con una
degradación de su estatus profesional.
Esta
pérdida de estatus es el resultado inevitable
del choque de unos profesores acostumbrados a
impartir su especialidad a un nivel preuniversitario
que ahora han de atender a una franja de alumnos
desmotivados y con graves dificultades de aprendizaje.
Es también el choque de unos profesores que procedían
y se movían en un ambiente de clases medias que
ahora han afrontar las pautas de comportamiento
del alumnado de clase baja y de sectores marginales
que antes no llegaban a los institutos. También
es el choque de unos profesores que, por edad,
se han distanciado mucho de las nuevas generaciones
de alumnos, que ahora entran más jóvenes en el
instituto. Si en el inicio de la su carrera los
profesores de la promoción del 77 podían tener
alumnos con 10 años menos que ellos, ahora la
diferencia puede ser de 30 años o más, con lo
que aumenta el riesgo de que el distanciamiento
y la incomprensión mutua provoquen enfrentamientos.
Finalmente, es el choque de unos cambios radicales
que afectan a una promoción de profesores con
25 o más años de dedicación, fase en la que es
normal un cierto desencanto y distanciamiento
profesional (Bolívar, 155-156). Se trata, pues,
de un conflicto con cuatro dimensiones: académica,
sociológica, generacional y profesional.
De
manera inevitable, la frustración del profesorado
ha reforzado la pérdida de imagen de los institutos,
de los que están desertando las clases medias
en beneficio de la red privada concertada. En
estos ambientes sociales se ha vivido directamente
el malestar del profesorado, un sector con gran
capacidad de influencia dentro de las clases medias
a las que pertenece. Para expresar su malestar,
la promoción del 77 ha sido fiel a su espíritu
refractario a los sindicatos, mayoritariamente
favorables a la Reforma. Ha vuelto a utilizar
las viejas formas de lucha (asambleas, manifiestos...),
pero ha sabido combinarlas con nuevas formas de
organización, creando plataformas más estables,
como la Plataforma del Vallés (Barcelona). También
ha ido superando los métodos de lucha tradicionales
(huelgas, manifestaciones...) y ha utilizado otras
formas de presión, más efectivas en la sociedad
de la información. Ha desarrollado una permanente,
aunque no planificada, campaña de opinión contraria
a la Reforma en los medios de comunicación, campaña
que los sectores reformistas no han sabido o podido
contrarrestar.
La promoción del 77 está, pues, ganando otra batalla,
la de la Reforma, una de las más complejas que
ha afrontado. De hecho, ya ha conseguido que se
rectificaran muchos de los aspectos más radicales
del proyecto reformista. De cara al futuro inmediato,
la actual coyuntura política es favorable a cambios
en las leyes educativas que probablemente recogerán
muchas de sus demandas.
Conclusión y perspectivas
de futuro
De lo
que hemos expuesto se deduce una conclusión muy
clara: los actuales institutos de Secundaria son
como son debido a la influencia determinante de
la promoción del 77. Esta promoción se formó humana
y profesionalmente durante los años de la transición
democrática. Mientras la cultura "progre"
de aquellos años hace tiempo que ha desaparecido
del resto de la sociedad, continúa enquistada
entre estos profesores, que han convertido los
institutos en la última reserva de las ideas de
Mayo del 68. Pero estas ideas, además de desfasadas,
están ya muy distorsionadas por el tradicional
corporativismo funcionarial que, fomentado por
el propio sistema administrativo, ha ido influyendo
en el profesorado durante 25 años. Resulta evidente,
pues, que existe un importante desajuste, un notable
desfase entre la cultura predominante en los centros
de Secundaria y la que impera en el resto de la
sociedad.
Hasta
aquí, el pasado y el presente. ¿Qué perspectivas
de futuro son previsibles? Hay una cuestión que
resulta obvia: el futuro de la promoción del 77
tendrá gran repercusión sobre el futuro de la
educación secundaria. La promoción se encuentra
en los inicios de su última fase de vida profesional,
de sus 10 o 15 últimos años como profesor. El
margen para jubilarse es amplio: puede ir, según
los años de antigüedad, desde los 60 hasta los
70 años. Pero la opinión más extendida es que
hay que jubilarse lo más pronto posible. De acuerdo
con las fases en la carrera de los profesores
establecidas por Huberman, la última fase de vida
profesional se caracteriza por la actitud escéptica
y negativa ante los cambios de política educativa.
Para la promoción del 77, estos cambios han sido
muy conflictivos, y es inevitable que le resulten
más negativos si los compara con los años de "la
década dorada". Y es que existe una relación
indudable entre la edad y el conservadurismo como
actitud vital, con todas las excepciones que se
quieran.
En
un futuro inmediato es probable que la promoción
del 77 consiga bastantes de sus demandas contrarias
a la Reforma. Sin embargo, estos cambios, por
sí solos, no resolverán los problemas de fondo
de la profesión. Basta recordar que el llamado
"malestar docente", estudiado por J.
Esteve, es anterior a la Reforma y tiene un alcance
internacional. Pronto el profesorado se dará cuenta
de que la Reforma no ha sido la única causa de
todos sus males, sino que ha actuado como catalizador
y acelerador de problemas educativos de carácter
estructural, derivados de la rápida modernización
de la sociedad española. Dicho de una manera más
concreta: con Reforma o sin ella, habrá que resolver
retos como la inmigración y la marginación; la
competencia entre la red pública y la privada;
la pérdida de plazas causada por el descenso demográfico;
la adaptación de nuevos métodos pedagógicos adecuados
a la sociedad del conocimiento; las consecuencias
de la tendencia a transferir a la escuela los
problemas de la juventud; el desprestigio social
de la profesión...
Por
tanto, cualquier creencia basada en recuperar
los institutos de la "década dorada"
está condenada a ser una especulación ilusoria.
La profesión docente continuará siendo difícil,
tal como lo demuestra la crisis que sufre en todos
los países desarrollados, independientemente del
tipo de sistema educativo que tengan. La OCDE
constata con preocupación que cada vez cuesta
más encontrar nuevos profesores que quieran sustituir
a los veteranos. Envejecimiento, desprestigio
y escasa renovación son fenómenos que en pocos
años pueden producir un escenario educativo internacional
sumamente crítico (Santiago, 19-20).
En
nuestro caso, la promoción del 77 ha protagonizado
toda una etapa histórica de la enseñanza secundaria.
Este protagonismo a menudo la ha llevado a fundir
y a confundir sus demandas corporativas con las
demandas educativas de la sociedad. Cuando, próximamente,
finalice su batalla contra la Reforma, le llegará
el momento de replantearse su futuro inmediato,
sus últimos años de vida profesional.
Este
replanteamiento difícilmente podrá hacerse de
manera colectiva, y se producirá una diversificación
de opciones. Describiremos dos grandes tendencias,
que pueden tener una gran diversidad de matices.
De manera inevitable, un sector se dejará arrastrar
por la tendencia al conservadurismo y al corporativismo,
entrando así en un círculo vicioso de desvinculación
creciente que cada vez entorpecerá más su actividad
profesional. Al profesor desmotivado las clases
no le salen bien, y esto aumenta su desmotivación.
En una profesión de tanta carga psicológica, es
fácil que esta actitud se somatice y se transforme
en enfermedad profesional. No parece casual que
en el ámbito educativo esté creciendo la preocupación
por la salud de los profesores. Si esta tendencia
se impusiera, entraríamos en un escenario en que
los problemas profesionales adquirirán fundamentalmente
una dimensión de salud laboral. El aumento de
las bajas médicas puede tener consecuencias inesperadas,
como la de convertirse en una anárquica vía de
renovación de la profesión a través de los jóvenes
profesores sustitutos. No es necesario enfatizar
las repercusiones que todo esto podría tener para
el alumnado y para la sociedad en general.
Son precisamente estas repercusiones las que tendrían
que llevar a la Administración y a la sociedad
a velar de cerca este proceso de recambio generacional
que pronto comenzará en los institutos. El futuro
a medio plazo de la enseñanza secundaria quedará
marcado por cómo se haga este recambio. El objetivo
estratégico tendría que ser que el mayor número
posible de profesores de la promoción del 77 optara
por una vía basada en aportar su experiencia humana
y profesional a las nuevas generaciones de alumnos,
y su saber pedagógico a las nuevas promociones
de profesores. La promoción del 77 tendría que
plantearse éste como el último y el más trascendente
de los retos que ha tenido que afrontar a lo largo
de su vida profesional.
| Períodos |
Desarrollo profesional
|
Edad |
Antigüedad |
| 1974-1977 |
Incorporación.
Adaptación |
21-24
|
1-3 |
| 1978-1984
|
Estabilización |
25-31 |
4-9
|
| 1985-1995
|
Consolidación
|
32-42 |
10-20
|
| 1996-2000 |
Crisis.
Desorientación
|
43-47
|
21-26 |
| 2001-2013
|
Reorientación
diversificada |
48-60
|
27-39 |
BIBLIOGRAFÍA |