Desarrollo
Profesional del Docente Universitario.
Dr.
José Vicente Peña Calvo
Universidad de Oviedo
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Ningún
título es ingenuo y este tampoco. Tratar de hablar
del profesor universitario bajo la forma de docente
universitario es tomar partida por algunos puntos
de vista que se asumen y se consideran positivos,
a la vez que otras cuestiones, tal vez problemáticas,
quedan en segundo plano más difuminadas. Nuestra
intención es hacer explícitos los puntos de vista
que asumimos sin que por ello dejemos de problematizar
esos mismos supuestos. Hablar de ser profesional,
un buen profesional, es entrar en un campo en
el que se cruzan diversas disciplinas, teoría
del las organizaciones, sociología y psicología
del trabajo, etc. Según optemos por una perspectiva
u otra la cuestión de la profesionalidad adquiere
rasgos y matices diferentes. Puede verse como
estrategia de cierre (Parkin, ), como modelo
deseable frente al concepto de trabajador, obrero
o productor ( ), como perspectiva formativa,
estrategia de dominación, etc. Debatir sobre esta
cuestión nos llevaría muy lejos y seguramente
no resolvería gran cosa en relación con la cuestión
que nos ocupa. Lo que aquí asumimos es que el
profesorado universitario es un profesional ,
es decir, que tiene una formación sujeta a licencia;
un amplio margen de discrecionalidad en su acción;
que ésta se resuelve desde supuesto teórico-científicos;
que implica un constante esfuerzo de mejora y
actualización; que está orientada a cubrir necesidades
sociales básicas, fundamentalmente, la docencia
en educación superior. Con esta última afirmación
señalamos que la actividad del profesor universitarios
es dar clase, lo que parece obvio, pero que debe
recordarse. El profesor sin duda podrá investigar,
gestionar la institución, buscar recursos y otras
actividades, pero su existencia es posibles por
que hay alumnos a los debe enseñar y, lo que es
más importantes, que éstos deben aprender.
Cuando
se pretende analizar qué es o qué debe ser un
profesor universitario en las actuales condiciones
de la Universidad[1], se presentan diversas opciones y posibilidades,
son muchos los caminos que se pueden intentar,
las vías de acceso. Desde la Sociología del Trabajo,
podríamos discutir acerca del modelo de profesional
que encarna el profesor universitario, de sus
rasgos específicos y de sus particulares dificultades
para configurarse como tal. Desde la didáctica,
la profesionalidad aparecería como un proceso
permanentemente abierto que lleva a la transformación
de la práctica docente y, con ello, a una dinámica
cambio en la propia universidad. La perspectiva
organizacional nos daría pie a otras consideraciones,
así como la Psicología, el Derecho, etc. Ninguna
de ellas, en sentido propio, vamos a adoptar aquí.
Nuestra perspectiva pretende ser más genética
e histórica. Émile Durkheim en la introducción
a su obra Las formas elementales de la vida
religiosa, observa la necesidad de conocer
a la humanidad actual comenzando por trasladarse
a los albores de la historia. Aunque el objeto
de conocimiento de Durkheim en ese libro es el
sistema religioso más primitivo existente, muchas
de las ideas que aplica para explicar el método
utilizado en la argumentación de sus ideas pueden
extrapolarse a nuestro propio objeto de estudio.
Así, estamos totalmente de acuerdo con su afirmación
de que el análisis de los orígenes de la civilización
no tiene como finalidad exclusiva conocerlos y
reconstruirlos sin más, sino que, antes que nada,
tiene por objeto explicar "...una realidad
actual, próxima a nosotros susceptible, por ello,
de afectarnos en nuestra ideas y actos..."[2].
Siguiendo
a Durkheim, comentar que no es posible comprender
el proceso de construcción de la identidad profesional
si no nos situamos en el conjunto de circunstancias
de las que la totalidad de disposiciones y esquemas,
que guían esa identidad, ha nacido. Como diría
Durkheim " es la historia la que nos pone en
las manos el único medio posible de determinar
la causa que los ha suscitado. Así pues, siempre
que se proyecte explicar un fenómeno humano, situado
en un momento determinado del tiempo... hay que
empezar a remontarse hasta sus formas más primitivas
y simples, intentando dar cuenta de las características
por las que se define en ese período de su existencia,
para después mostrar como, poco a poco, se ha
desarrollado y se ha hecho compleja, como ha llegado
a ser lo que es en el momento en que se la considera"[3]
En
suma, las observaciones que podemos hacer en nuestros
días, acerca de cómo se lleva a cabo el proceso
de constitución de la identidad profesional del
profesor universitario, se han de fundamentar
en los mecanismos originarios que la conformaron.
Identidad de la que somos herederos inmediatos,
pues sino no se explica el arraigo social tan
fuerte y duradero que han tenido las características
esenciales que la conforman. Para alcanzar este
objetivo, y dentro del marco que permite este
capítulo, vamos a tomar como punto de partida,
no tanto el mundo medieval como el origen más
próximo de lo que pueden ser hoy las universidades
de nuestro entorno. Tomamos como punto de partida
y referencia, los análisis y propuestas que García
Morente[4]llevará
a cabo para la Universidad española, en el momento
en que ésta trataba por vez primera de dotarse,
partiendo de la recién concedida Autonomía Universitaria,
de un estatuto propio que debía dar respuesta
a viejas demandas y resolver antiguas querellas.
Tomar como referencia estos planteamientos no
es una ocurrencia más o menos accidental o caprichosa,
sino que obedece a dos razones, a nuestros juicio,
poderosas. El debate que entonces se suscitó presenta
muchas cuestiones y elementos que nos hemos venido
planteando desde la aprobación y desarrollo, primero,
de la Autonomía Universitaria recogida en la Constitución
de 1978 y que, veinticinco años después, estamos
evaluando y sometiendo a revisión fruto de una
nueva norma legislativa y del proceso de confluencia
al espacio europeo. Pero además, las soluciones
que se adoptaron entonces han impregnado nuestro
quehacer hasta nuestros días. El marco de referencia,
el modelo subyacente es, en buena medida, el diseñado
entonces. García Morente nos proporciona una perspectiva
única ya que a su condición de profesor universitario
modélico, se une el hecho de haber sido la persona
encargada de diseñar y poner en marcha la primera
facultad adaptada al nuevo modelo que entonces
se propuso.
1.-
Modelos subyacentes de profesor y correlativamente,
también, de alumno.
La
Universidad hoy es muy distinta de la que fue
a principios del siglo pasado[5].
Su autonomía está bastante consolidad en todo
el mundo; el esfuerzo por democratizar sus estructuras
y su composición ha dado frutos; sus funciones
están bastante bien definidas aunque pervivan
ciertos puntos de tensión importantes; el crecimiento
de su número permite albergar la esperanza de
una próxima desmasificación; su nivel investigador
se ha multiplicado y existen equipos estables
de investigación muy potentes que cada día tienen
una carácter más internacionalizado. Hoy es posible
encontrar en cualquier parte del mundo investigadores
procedentes de cualquier continente. Son muchas
las razones que permiten dar un juicio positivo
y esperanzado de su situación (Quintanilla, M.A.
1995 y 1996;Miguel, M. de, Mora, J. y Rodríguez,
S. 1991). Pero si bien esto es así, también pueden
señalarse en su seno tensiones y problemas que
llevan a relativizar ese optimismo. En toda Europa
parecen surgir, cada vez con mayor frecuencia,
problemas de financiación, de selección, formación
y contratación del profesorado, desarrollo de
planes de estudios, etc., que si bien se ofrecen
síntomas de superación con la construcción de
un espacio europeo, ciertos problemas no dejan
de preocupar. En las Universidades Latinoamericanas
los problemas son, en parte, semejante y, en algunos
casos, más graves. La cuestión de la profesionalización
sigue estando lejos de lo que muchos sectores
sociales demandan, la participación y dinamización
de los estudiantes está muy lejos de alcanzar
niveles deseables y ciertos rasgos de insatisfacción
con la Universidad empiezan a extenderse en sectores
amplios de población en muchos países. Estas y
otras cuestiones que podrían señalarse parecen
indicar problemas de fondo no resueltos y que
bien podrían tener un denominador común: En la
universidad siguen existiendo diversos modelos
subyacentes, diversas concepciones acerca de sí
mismas que no acaban enteramente de hacerse compatibles
entre sí, que casan mal entre ellas y que cualquiera,
llevada a su extremo, es auto contradictoria.
La
Universidad española, como la Universidad francesa,
italiana o latinoamericana, encierra en su seno
tres desarrollos históricos diferenciados: el
medieval, con algunas características propias
en nuestro caso, el napoleónico, centrado en los
procesos de profesionalización, y el modelo de
universidad alemana nacido en el S. XVIII, con
finalidad investigadora, que deja sentir su influjo
a finales del S. XIX y principios del XX. Este
último modelo fue hacia el que se miró en el momento
de diseñar el estatuto de la Universidad de Madrid
en 1919. Cada uno de estos modelos define un modelo
de profesor y de alumno distinto, y una concepción
de la tarea diferente, una orientación diferenciada.
La
tesis que vamos a defender es: El fondo de
algunos problemas, entre ellos los docentes, con
que se enfrenta el profesor universitario hoy,
vienen de lejos y no son más que la manifestación
de viejas contradicciones no resueltas entre distintos
modelos de universidad, sustantivamente tres,
que llevados al extremo son auto contradictorios
y tienen como resultado la desaparición de la
universidad misma.
Los
desarrollos históricos a los que hacíamos mención
ha poco se pueden articular con cuatro modelos,
que García Morente denomina tipos o ideales, distintos:
el docente, el educativo, el científico y el profesional[6].
Esta articulación no debe entenderse en un sentido
reductivo y mecánico, en el que a cada modelo
le corresponda un desarrollo histórico, sino como
un modo de extender una red que nos puede servir
para sacar a la luz los elementos que de fondo
ahorman los desarrollos actuales. Cada uno de
estos modelos da un sentido y valor distinto a
la ciencia, determina una posición frente al estado
y la sociedad, y define un perfil diferenciado
de profesor y de alumno universitario.
1.1.-
El modelo docente.
Este
es el modelo tradicional del que surge la Universidad.
Esta nace para transmitir el saber, sin bien esa
transmisión no era mera repetición, tuvo una
vocación innovadora y creadora clara. Baste recordar
la polémica que Abelardo nos narra en la Historia
calamitatum y los efectos que ésta tuvo en
su maestro. Sólo la dinámica histórica que más
tarde se impuso la llevó a perder en parte ese
afán por el impulso creador. No se puede hablar,
en el origen de este modelo, de creación científica
por el simple hecho de que la ciencia todavía
no ha surgido y, lo que es más importante, no
se ha producido aún una fragmentación y especialización
del conocimiento. En su origen, la Universidad
surge de la idea de alma mater ( alumno
= alimentado y nodriza, alma, la Universidad)
en la se exigía los alumnos a escuchar( audire
) y, por tanto, que fuesen ob-audientes,
obedientes, pero no se trató nunca
de una escucha pasiva sino de atender de forma
interrogativa. Su corrupción es producto del cambio
histórico que supuso el nacimiento de la ciencia
y de la peculiar posición que la Iglesia Católica
mantuvo hacia ella. No se puede afirmar que la
ciencia queda fuera de las universidades, pero
sí que su relación con ella es difícil y que
no adquirió la relevancia debida, de modo que
buena parte de la creación científica se hace
fuera de la Universidad o en relación oblicua
con ella. Evoluciona hacia un modo de relación
subordinada, que presuponía una actitud pueril
en los alumnos. Es una universidad que languidece
a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII y buena
parte del siglo XIX. Esta corrupción del modelo
docente puede decirse que en su sentido fuerte
ha desaparecido, que nadie la reivindica, pero
que sin embargo sobrevive camuflada y no tan camuflada
en muchos lugares.
¿Qué
caracteriza a este modelo corrompido hoy?
Sin duda, siendo muy esquemáticos, la visión que
tiene del saber y de la ciencia como algo dado,
cerrado y hecho. No es necesario innovar, ni investigar,
basta con saberse el programa. En relación con
el perfil del profesor perviven algunos tics:
-
la lección como unidad cerrada y hermética
a la que nada cabe añadir, los apuntes amarillos
por el paso de los años. Como señaló Lerena (1976),
dar a alguien una lección tiene esa connotación
de dominio, de subordinación del otro, de infantilización.
-
Memorismo y pasividad pedagógica.
El profesor dicta, el alumno copia y memoriza.
Esta posición vacía las aulas. Asistir a clase
no produce ningún valor añadido, es preferible
hacerse con unos buenos apuntes y dedicar ese
tiempo a labores más útiles o lúdicas. La concepción
acerca de cómo son los procesos de enseñanza-aprendizaje
se remontan a Simónides y la Psicología y Pedagogía
no existen.
-
Ausencia de una visión integrada del
saber. Cada asignatura es una isla, nada tiene
que ver con lo que se realiza en otros horas del
día, en otros cursos.
-
El examen como rito fundamental de prueba
de linaje. Saber es responder al enigma que
el profesor o la profesora de turno propone como
prueba de evaluación. Sólo los elegidos resuelven
el enigma, gozan del don, pueden ser ungidos.
Se
dirá que no existe, que es una caricatura de la
realidad pero, a poco que indaguemos, podremos
encontrar bajo nuevas prácticas, viejos modos.
No es posible detenernos aquí a señalar y analizar
algunas de esas nuevas prácticas, pero le será
fácil al lector recoger ejemplos variados vinculados
al retroproyector, el vídeo, el power point,
etc., que bajo la forma de "nueva tecnología",
la acción didáctica y la visión de la Universidad
estén perfectamente anclados en este modelo[7]. ¿Si no, cómo se explican las legiones de alumnos que siguen
describiendo las aulas de las universidades como
el lugar donde se copian apuntes? ¿ En el caso
de España, los nuevos planes de estudio con jornadas
maratonianas y un número elevado de materias,
dan lugar a otro trabajo que no sea la memorización?
¿Permiten las consultas y ampliaciones en la bibliotecas?
¿Hacerse preguntas? ¿La reflexión personal o aplicar
conocimientos? Las preguntas y los ejemplos podrían
multiplicarse y, todo ello, nos llevaría, probablemente,
a concluir el arraigo de esa vieja concepción
con todos los tics que hemos señalado y otros
como el individualismo, la fragmentación, los
celos de posición, etc., que omitimos por no alargarnos.
En
este modelo la autonomía universitaria le interesa
poco, ¿ para qué la quiere?; qué se burocratice
cuanto quiera la Universidad; qué funcionarice
cuanto quiera; qué importa el papel del estado
( sea central o periférico). Puede ser celoso
guardián de la libertad de cátedra entendida como
libertad de hacer lo que a uno le apetezca, pero
no valorará de ningún modo la autonomía porque
ésta exige buscar, innovar, tomar decisiones,
discutir compromisos y asumirlos, y eso resulta
molesto.
Cuando se da investigación, si se analiza de cerca,
se ve que no es tal. En la mayoría de los casos
son puras reduplicaciones chapuceras. El profesorado
universitario, en este modelo, repetía cada año
en la pasado y repite ahora. Carece de una cultura(de
un saber culto) y de un perfil humano que le permita
establecer un interacción apropiada con sus alumnos
y, lo que es más grave, es incapaz hoy de tener
ningún poder socializador positivo importante.
No debe olvidarse que correlativo al modelo de
profesorado se ofrece el del alumnado. Muchos
profesores y profesoras no deberían quejarse de
sus alumnos sino de ellos mismos.
Es cierto que esta concepción de la Universidad
no la reivindica nadie, ni menos abiertamente,
pero no deja de estar presente como una rémora
que firma alianzas estratégicas en cada momento
para poder pervivir.
3.2.- El modelo profesional.
Está inmerso en la tradición de la universidad
medieval. Las facultades mayores tienen un sentido
claramente profesionalizador, trataban de formar
teólogos, médicos y abogados, y se reservaba la
facultad de artes, facultad menor, para impartir
formación preparatoria y recoger, según fueran
surgiendo en el correr de los tiempos, las nuevas
formas de saber. Pero el verdadero modelo profesionalizador
se da en la universidad napoleónica y en la tradición
de las Grandes Escuelas, que transforma la Universidad
en una acción práctica encaminada a obtener ciudadanos
capaces de aplicar conocimientos a situaciones
concretas de la vida cotidiana. La universidad
profesionalizadora se encamina a realizar unos
fines que le vienen de fuera, que son fines que
el estado impone y financia. La formación, acreditación
y ejercicio profesional debe estar controlado.
El estado debe garantizar a los ciudadanos que
las prácticas profesionales son correctas, que
van encaminadas a salvaguardar el bien mayor.
Esta función podría perfectamente realizarse sin
el concurso de la Universidad. El estado podría,
-de hecho así lo hace en determinados casos y
lo realizó de modo generalizado en el pasado bajo
al forma de acreditación-, asumirla. En la sociedad
actual, dada la complejidad científico tecnológica,
la fuerte división del trabajo y la pluralidad
de formas profesionales, sería difícil, pero tampoco
parece que la Universidad lo esté haciendo muy
bien: paro de titulados, delitos cometidos por
profesionales, largos períodos de formación post
graduada, etc., parecen indicar la existencia
de dificultades bajo esta perspectiva. Cada día
es más frecuente que la acreditación profesional
se dé fuera del ámbito universitario. Aún en aquellas
profesiones que se ejercen bajo licencia universitaria,
necesitan cada vez más acreditaciones complementarias
de otras instituciones sociales. La Universidad
se ve sometida a dos tipos de presiones contradictorias
entre sí. De un lado, nuevos colectivos reclaman
que los estudios que les conducen a su reconocimiento
profesional sean declarados universitarios, por
otro, la acreditación tiende abandonar el ámbito
universitario para situarse en otras esferas de
la sociedad.
De hecho la actividad profesionalizadora de la
Universidad es motivo de quejas constantes. Las
quejas parten en primer lugar de los propios graduados
que consideran la formación recibida como inadecuada.
Las prácticas son, en muchos estudios propiamente
profesionalizadores, una caricatura de lo que
acontece en su práctica cotidiana, los procedimientos
puramente teóricos y alejados de los condicionamientos
reales, las ideas acerca de la función social
y la cultura propia de la profesión inexistentes
y los conocimientos, la ciencia, está alejada
de su aplicación práctica. Como señalara García
Morente[8]
"porque enseña demasiada ciencia pura ;...porque
no les enseña bastante ciencia pura". La ciencia
que se transmite es demasiado especializada, incapaz
de transmitir visiones sintéticas de conjunto.
Una universidad, principal y fundamentalmente
investigadora, desarrolla unos hábitos que frecuentemente
chocan con lo que es la práctica cotidiana y,
en esa medida, la ciencia es excesiva. Pero, desde
otro punto de vista, esa ciencia es insuficiente
puesto que no transmite un conjunto de experiencias
y requerimientos que toda profesión exige.
¿ El profesor o la profesora que quiera profesionalizar
cómo se forma? En los Estados Unidos de América
es muy frecuente recibir la pregunta: ¿ Antes
de ser profesor universitario, qué hacia? Cuando,
como en el caso de la mayoría del profesorado
español, se responde que una vez licenciado siempre
sea ha permanecido vinculado a la universidad,
su cara de incredulidad y sorpresa es mayúscula.
Un artículo de aparecido en la prensa de asturiana
con motivo de la reinauguración de la Escuela
Superior de Ingenieros Industriales trataba de
poner de manifiesto los límites que la Universidad
presenta como institución profesionalizadora.
En primer lugar, señalaba el articulista la contradicción,
que para él se daba, entre el modelo de organización
que hoy tiene la universidad española y el que
pide la formación de profesionales. " Para
nadie es un secreto que la universidad funciona
mal en muchos aspectos. Las últimas modificaciones
introducidas en su organización básica son una
auténtica catástrofe. La creación de los departamentos
ha hecho perder personalidad a las facultades
y escuelas técnicas, rompiendo el concepto de
centro y de carrera universitaria, teniendo que
crear unas titulaciones no vinculadas a un sistema
docente ubicado en unos edificios concretos, con
equipo de profesores conjuntados y formados en
un determinado campo de actividad y dotados de
un sentido profesional"[9]. Estas palabras expresan el sentir y la posición
de muchos profesionales, de no pocos sectores
sociales y de un buen número de profesores y profesoras
universitarias. Una universidad volcada en la
investigación piensan que no ayuda a profesionalizar,
que se debería volver a una estructura académica
centra en las facultades y escuelas profesionalizadoras.
Más adelante el comentarista añadía una segunda
razón por la que la Universidad se ve incapacitada
para cumplir plenamente esta función. " En
la universidad se dan títulos a unos profesionales
que a su vez pasan a enseñar a las siguientes
generaciones sin ningún contacto con la realidad
exterior de las empresas, ni con las actividades
propias de un licenciado o ingeniero...: No debería
estar permitida la docencia sin acreditar de forma
fehaciente el haber trabajado en empresas u organismos,
ajenas al sistema docente, precisamente en las
materias a impartir"[10]Puede parecer excesivo y, seguramente, lo es, pero ciertamente
señala unos límites que tienen mucho de ciertos
y reales. La contratación de profesores asociados
con experiencia profesional es demasiado excepcional
y el que en algunos estudios ( medicina y derecho)
se dé una mayor presencia profesional, no parece
un modelo generalizable.
La Universidad, al menos la española, tiene fuertes
dificultades para cumplir esta función profesionalizadora.
Se podrán proponer soluciones o remedios diversos,
como aumentar el tiempo de prácticas en ámbitos
extra-universitarios, reducir la carga teórica
y el número de materias, contratar mayor número
de profesionales, etc. Todo ello estará muy bien,
pero algunas dificultades parecen insalvables.
Es más pensamos que no deben ser salvadas. Una
Universidad que fuera capaz de profesionalizar
completamente dejaría, probablemente, de ser "universidad".
Contra más se profesionalice más se descompondrá
la Universidad en unidades independientes, desconectadas
entre sí. Llevado al límite, cada escuela, cada
facultad sería en sí misma única y la Universidad
dejaría de ser universal, integradora.
¿Qué caracterizaría a esa universidad profesionalizadora?
La limitación y pobreza de su modelo de relación
con la ciencia, con el saber. No debe olvidarse
que la existencia de estudios profesionales en
la universidad tiene sentido en la medida que
los saberes que se enseñen guarden relación con
la ciencia, con la teoría. En sentido propio ser
profesional es ejercer una práctica, praxis,
que deriva de un conocimiento científico, que
tiene su fundamento en elementos científicos.
El profesional no es el que alcanza un conocimiento
por el ejercicio de una prácticas, no es un oficio,
una poiesis. El modelo profesional desarrolla
un conocimiento interesado, un conocimiento prendido
de la utilidad más o menos inmediata. Enormemente
práctico, pero se olvida del conocimiento desinteresado,
del conocimiento no aplicable, de la especulación
pura, de la creación libre que tan necesaria es
en toda sociedad. De ahí el mucho y poca ciencia
de García Morente.
Este modelo, en muchos de sus rasgos, sigue
estando presente y, como nos muestra el artículo
del periódico citado, sigue generando tensión.
A la Universidad se le va a seguir demandando
que forme profesionales y así debe hacerlo, pero
nunca va poder ser enteramente "profesional".
Ese punto de tensión se expande por toda la estructura
y coloca al profesorado, no pocas veces, ante
el dilema de qué hacer, a qué aspectos atender,
en qué resolverse.
El profesorado
con un perfil fuertemente profesionalizado tiende
a desarrollar un modelo didáctico en el que se
da siempre una relación jerárquica: el profesional
que sabe frente al aprendiz, caben las relaciones
maestro-discípulo, de participación, pero son
el resultado de una concesión , de un modo personal
de ser. El modelo en sí pide jerarquía, rigor
en los procedimientos e itinerarios cerrados.
La optatividad, libre configuración, renovación
de materias, flexibilidad curricular, etc., no
parecen posibles y, con frecuencia, son vistos
como distractores, innovaciones innecesarias y
modernismo inútiles que provienen de gentes que
no saben en qué consiste la profesión.
El alumno "perfectamente socializado" también
presentará un perfil característico, de modo que
nos será difícil percibirlo a poco que se trate
con él. Se podrá decir que esto ya no se da o
que, de darse, tiene un carácter puramente residual.
Que nadie reivindica estas posiciones. Que puede
que quede alguna supervivencia de esta naturaleza
pero que esto ya se ha superado. Pero son muchos
los datos que se podrían aportar para mostrar
su activa supervivencia. En el ámbito puramente
pedagógico, toda la América Latina, España y Portugal
dan cuenta de numerosos ejemplos.
3.2.- El modelo científico o investigador.
Este modelo es sin duda el que más claramente
se percibe, con el se está más identificado, el
que se considera realmente universitario. A él
le cabe el mérito de haber despertado a la universidad
del tedio y la rutina en que reposó durante siglos.
La Revolución científica, el nacimiento de la
ciencia, dejó a las universidades muy fuera de
juego y éstas vivieron claramente despaldas a
ella. La Universidad alemana de finales del XVIII
recuperó el ideal investigador y con él se produjo
el renacer universitario.
Este modelo de universidad se ha potenciado en
España y en buena parte de Latinoamérica por muy
diversos caminos y se debe reconocer que la Universidad
ha salido fortalecida. La misión de la Universidad
en este modelo es hacer progresar la ciencia y
el conocimiento en todas las direcciones y, además,
debe transmitirlo. Es una universidad primeramente
investigadora, después docente. Exige libertad
y autonomía para conseguir sus fines y espera
que el estado le proporciones los recursos y ayudas
necesarias.
Ahora bien este modelo no está exento de tensiones,
peligros y contradicciones. La continua proliferación
de especialidades, de áreas y sub-áreas de investigación,
proceso sin duda imparable y necesario, no deja
de encerrar en sí mismo algunos peligros. Una
universidad super especializada, que sea incapaz
de integrar en unidades orgánicas superiores esa
especialización, es una universidad en trance
de desaparecer. Y su desaparición provendría del
hecho de pulverizar y destrozar la razón de ser
de la Universidad, el núcleo vertebrador de la
cultura misma: la radical e indisoluble unidad
del ser humano.[11]
La especialización no atenta sólo contra la unidad
entre los distintos centros, como en el modelo
profesional, sino que fracciona a la institución
en grupos minúsculos que luchan denodadamente
entre sí por alcanzar recursos siempre escasos,
obtener reconocimientos, acumular alumnos, etc.
Como tal, es un modelo estresante para el profesorado
que se ve en la obligación de ser "siempre" un
investigador brillante, cuando sabemos que es
muy difícil serlo alguna vez. Lo que produce,
como es bien sabido, toda una gama de trucos y
recursos para superar el trance. Esta necesidad
de investigar, o de parecer al menos que se investiga,
tiene efectos muy diversos. Uno muy generalizado,
es la pérdida de interés por la docencia y todo
los que esta relacionado con ello, que hace olvidar,
la razón de ser de la Universidad, los alumnos.
Pero no este el único efecto perverso, con ser
quizá el más importante, una investigación altamente
competitiva puede permitir el desarrollo de tipos
humanos muy alejados del ideal humanístico y de
completud que sirve de fundamento a la Universidad.
Seres humanos unidimensionales, faltos de madurez
afectiva y social, son el resultado de cierto
tipo de trabajo intelectual.
Didácticamente el modelo es muy complicado y arriesgado.
La necesidad de transmitir lo último, lo que está
en límite del conocimiento en un campo determinado,
hace que la inseguridad de los docentes aumente.
Con frecuencia se da la sensación de no conocer
con precisión los contenidos que se están abordando,
de no poseer la necesaria "intuición" que es exigible
a todo docente. No hace mucho un amigo y colega,
profesor de matemáticas, me contaba la siguiente
anécdota: En uno de los pasillos de su Facultad,
una mañana, se había tropezado con un compañero
que se quejaba de los poco que sabían sus alumnos.
Como prueba de lo que afirma le relata lo siguiente:
Hoy, cuando he terminado de explicar, un alumno
me ha dicho que no entendía unas cosas. Se las
he vuelto a explicar y seguía sin entenderlas.
Se las vuelvo a explicar, las entiendo yo, y el
sigue sin entenderlas. Esto es un desastre.
Más allá de la anécdota, lo que esta pone de manifiesto
es lo complejo que resulta desde este modelo el
acto didáctico. A veces la diferencia, entre los
que sabe el profesor y lo que debe llegar a aprender
el alumno, es tan estrecha que la necesaria asistencia
que debe prestar el docente no se produce.
El modelo, llevado a su extremo, produce en el
alumnado efectos no deseables:
-
Creación de una competencia insana e
innecesaria. Los alumnos y alumnas perciben
con claridad la competencia entre el profesorado
y los grupos. Se ven, en muchos casos, abocados
a tomar partido y entrar en guerras carecen de
todo sentido. El aprendizaje se concibe como una
lucha en solitario en la que no cabe la cooperación
y la ayuda. Ocultar fuentes, apuntes o cualquier
otro elemento que ayude a los demás a resolver
las preguntas que se formulan, se convierte en
una práctica demasiado habitual.
-
Visión la ciencia y el conocimiento
parcelada, segmentada e inconexa. Cada materia
aparece como una isla separada por un inmenso
mar del resto de las materias. Son una agregación
de códigos que resultan intraducibles los unos
a los otros, lo que produce una sensación de permanente
incompetencia y constante vuelta empezar.
-
Déficit cultural. Producto de esa
agregación de códigos y super-especialización
es la pérdida de una visión integrada de su campo
de conocimiento y de la necesaria capacidad de
poderlos poner en relación con otros campos.
-
Unidimensionalidad vital,etc.
El
modelo en sí plantea un problema pedagógico de
primer orden: crear síntesis de conocimiento que
permitan integrar a la persona e integrarse en
la persona humana, lo que clásicamente se ha llamado
ser culto. El saber culto no se opone al saber
especializado. El saber culto pretende superar
la meticulosidad del saber especializado mediante
la exactitud. El profesor investigador se suele
encontrar muchas veces con dificultades didácticas,
no por desconocer especialmente los procesos instruccionales,
sino por carecer de las referencias culturales,
sociales y humanas necesarias.
1.4.-
El Modelo educativo.
No
ha pertenecido a la tradición latina y sólo en
las últimas décadas algunos elementos de ella
se han incorporado con mayor o menor fortuna.
No se pude decir que haya ejercido una influencia
de modo directo, en todo caso, indirectamente
a través de la imagen que nos hemos formado cuando
visitamos universidades en las que el modelo está
presente o por medio de los relatos que en distinto
formato se nos han ofrecido del mismo. Su representación
más próxima se encuentra en las universidades
inglesas. García Morente lo define como "... una
corporación de hombres que aprenden a vivir y
enseñan a vivir"[12].
No se organizan entorno a la ciencia, como en
el modelo anterior, aunque no por ello dejen de
hacer y producir ciencia, pero ésta es el resultado
de una de las formas posibles de explorar la vida.
Su misión es claramente educadora, ya que fundamenta
actitudes, ideales de conducta, tipos de carácter,
formas de mentalidad, etc. En suma, estilos de
vida.
El
modelo pedagógico que encierra se fundamenta en
la relación directa profesor-alumno para trazar
y guiar el plan de enseñanza. La didáctica se
basa en la participación. El trabajo tutorial
es el eje de la acción, de una acción tutorial
que poco tiene que ver, como sabemos, con la "tutoría"
de la actual Universidad española.[13]. En este modelo, el profesorado aparece como
un intelectual de corte clásico y exige la autonomía
como condición necesaria de su existencia.
Al
modelo se le ha acusado de elitista, individualista,
poco profesionalizador, no comprometido, diletante,
etc. Muchas críticas son justa y atinadas, pero
lo que importa destacar aquí es, que buena parte
de las virtudes que siempre se han atribuido a
la Universidad, están aquí encarnadas: trabajo
personal, afán desinteresado por saber, sentido
profundo de lo humano, búsqueda de la excelencia,
etc.
Esta
no es nuestra universidad, ni la española, ni
la italiana, ni tampoco la francesa, alemana y
la de toda Latino América. No los es por muchas
razones que no deben entenderse como razones culpabilizadoras.
Es un modelo difícil de recrear, puesto que no
se da el contrato social e histórico que permitió
su existencia. Los alumnos llegan hoy a la Universidad
socializados en muchos comportamientos que antes
adquirían en ella. No estamos reivindicando el
modelo, tan sólo pretendemos señalar su existencia
y mostrar sus virtudes.
2.-
Modelos de Universidad y formación del profesorado.
Cada
uno de los modelos que hemos presentado en sus
rasgos más esquemáticos son irreductibles entre
sí. No cabe una síntesis o posición sincrética
que, triturando las aristas que cada uno de ellos
presenta, dé como resultado un modelo integrado.
Todos y cada uno valora y entiende la ciencia
de modo distinto, encierra una relación distinta
con la sociedad, propone roles distintos al profesorado
y al alumnado. Llevados al límite, terminan por
aniquilar y disolver la Universidad en un conjunto
de prácticas distintas y aisladas entre sí.
En
la labor de formar, de dar buena forma, a el ser
humano deben confluir aspectos positivos que cada
modelo encierra. Esencialmente, tres: saber, saber
hacer y querer hacer. Conocimiento e inteligencia,
eficacia y eficiencia en la acción y responsabilidad
y compromiso. Estas tres notas son exigibles a
todo profesional docente, pero ello no debe permitirnos
concluir que es posible un único modelo. Si lo
que hemos venido afirmando es cierto, en cualquier
universidad a la que dirijamos la mirada nos encontraremos,
dependiendo del centro, de su historia y tradición,
del tipo de estudios, etc., profesorado en el
que predomina un modelo u otro. Profesores y profesoras
que, en función del contexto de su actividad,
adoptan una u otra perspectiva e, incluso profesorado,
con prácticas contradictorias.
Por
ello, al proponer modelos de formación del profesorado
universitario, se hará necesario precisar las
relaciones que el modelo guarda con cada una de
las estructuras señaladas, aceptando, siempre,
que es posible la existencia de formas diversas
de ser docente universitario y todas ellas válidas
a condición de que cumplan algunos requisitos
que señalamos:
-
Partir del querer hacer y del saber
culto. Querer hacer es básicamente un compromiso
deontológico, una llamada a la responsabilidad
y al compromiso. El profesor universitario se
ocupa de crear y hacer llegar a la sociedad unos
bienes preciados que deben utilizarse del modo
adecuado. El profesional tiene el compromiso,
con la sociedad que lo forma, de devolver el bien
que recibe. El profundo sentido moral que tiene
toda profesión difícilmente puede hacerse realidad,
si las personas encargadas de formarlos no encarna
en buena medida esos valores. El profesor universitario
tiene un compromiso de búsqueda de la verdad,
como dijera Aristóteles, soy amigo de Platón
pero más de la verdad. La búsqueda no termina
nunca y ese compromiso de búsqueda incluye el
de formarse y actualizarse para dar respuesta
adecuada a lo que en cada momento la sociedad
le demande.
Saber
culto es una exigencia derivada del compromiso
que acabamos de señalar. Por muy adultos que sean
nuestros alumnos, la obligación de religarlos
al mundo, de hacerles surgir los afectos y compromisos
necesarios con el saber que detentan, de ubicarlos
en su dominio facilitándoles una visión sintética
y orgánica del saber que van encarnar y de su
práctica, es condición del docente universitario.
A esa condición le damos el nombre, siguiendo
a G. Morente, de saber culto, de saber arraigado,
hecho carne y espíritu, saber vivo y vivificante.
-
Buscar
desarrollar con claridad las dimensiones de saber
y del saber hacer. Una vez que se cumple el
primer requisito, este segundo es también necesario.
Un buen profesor o profesora domina su saber y
las aplicaciones profesionales que caben de él.
Se trata de mostrar el camino y facilitar la capacidad
de hacerse preguntas acerca de qué y el cómo.
-
Desarrollar el ser humano hacia una
plenitud dentro de su contexto. La capacidad
orientadora es exigible a todo docente universitario.
Se enseña para la vida y en una sociedad y contexto
dado. La apertura a la sociedad es absolutamente
necesaria.
Si se cumplen estas tres condiciones,
podemos preguntarnos cómo formar a un profesional
docente universitario. Al contestar a esta pregunta
debemos recordar la posición que defendemos: El
profesor de universidad es una clase especial
de científico, estudioso o creador. Un científico
que no se dedica al cien por cien a la investigación,
al estudio y la reflexión, y a la publicación
de resultados. Un científico, estudioso o creador
cuyo sentido primordial es la divulgación a la
sociedad del conocimiento general de su disciplina
a través de la formación de las nuevas generaciones.
Es un científico que se le paga, fundamentalmente,
por dar clase. Lo que la sociedad espera es que
sepa transmitir, del modo más adecuado y actualizado,
sus conocimientos, aquellos que constituyen el
eje de su actuación. Con frecuencia se oye decir
que tal o cual docente podrá saber mucho pero
que enseña mal y, si esto ocurre, produce irritación,
enfado y decepción: " Sería preferible que
no supiese tanto pero que enseñase mejor".
Pero si bien esta es una demanda social muy vinculada
a los elementos más próximos a la recepción del
servicio, desde otras instancias sociales lo que
parece demandársele es una gran capacidad investigación
y de creación.
En el profesional docente universitario aparecen
pues, dos polos[14]:
conocimientos avanzados y destreza para transmitirlos.
Sobre este dos puntos de apoyo pueden darse variedades
o modelos distintos. Se dará el caso de ser más
investigador, más profesionalizador, más centrado
en la labores orientadoras, etc., en función de
rasgos personales, contextuales, organizacionales
etc. Por otro, la propia historia académica del
docente le llevará a potenciar unos aspectos u
otros. El profesorado universitario, como cualquier
otro profesional, esta sometido a continuos cambios
y transformaciones, que debidamente organizados,
producirán un desarrollo crecimiento personal
y específico.
Desde el punto de vista de la docencia, las tareas
propias del profesorado universitario no difieren
mucho de las de otros niveles educativos. Se trata,
esencialmente, de profesionales dedicados a la
enseñanza que buscan que sus alumnos y alumnas
aprendan. En ese proceso de enseñanza-aprendizaje
cada vez se está haciendo más patente la necesidad
de gestionarlo desde la perspectiva de patrones
de calidad. La exigencia de calidad en
la docencia implica incluir otros ámbitos diferentes
a la propia aula donde se está con el grupo de
alumnos y abandonar prácticas de riguroso individualismo(
Zabalza, M.A., 2002:117 y ss.). La actividad docente
no se reduce a la interacción directa con los
alumnos, sino que se extiende a un conjunto amplio
de actividades pre y postactivas ( planificación
de los procesos instruccionales, diseño de materiales
curriculares, coordinación de esfuerzos, planificación
de nuevos procesos tecnológicos, tutorías, evaluación
de las actividades de aprendizaje realizadas por
los alumnos, etc.[15]) que han de llevarse a cabo si se quiere asegurar
el aprendizaje de los estudiantes. Los conocimientos
y destrezas que debe reunir el profesor no se
limitan, por consiguiente, a la interacción directa
con los alumnos. En este sentido, la evaluación
de la docencia universitaria no debe restringirse
a la enseñanza interactiva, aunque, durante muchos
años, la mayor parte de las evaluaciones efectuadas
se hayan centrado en esta modalidad.
Junto a la función docente, el profesorado universitario
también destaca por su especial dedicación a la
investigación. Se trata de especialista al más
alto nivel en una disciplina científica, lo que
con lleva la capacidad y hábitos investigadores
que le posibiliten profundizar en el campo de
conocimiento específico al que destina sus esfuerzos
investigadores. La idea básica que parece sostener
este entramado es que la dedicación a la investigación
va a redundar en claro beneficio de sus alumnos.
Las relaciones entre producción de conocimientos
y comunicación de los mismos se supone que es
fluida, pero como ya indicamos, esa relación no
está tan clara. Diversas investigaciones han puesto
de manifiesto que las relaciones entre productividad
científica y eficacia docente son débiles (Aparicio,
1991). Gibbs (2001) señala con precisión este
aspecto y recuerda que, citando como fuente el
Programa de Evaluación de la Investigación en
el Reino Unido, la mayoría de los profesores universitarios
no son investigadores activos. En torno al binomio
formación profesional-investigación en la educación
universitaria hay un rico debate abierto, como
acertadamente pone de relieve Medina Rubio (1996,145):"La
batalla entre investigación y especialización
profesional está todavía sin resolver. Por mucho
que se insista en la necesidad funcional de distinguirlas,
de organizarlas mediante recursos y medios humanos
propios, adecuadamente seleccionados y entrenados
para llevarlas a cabo, siempre se vuelve a replantearlas
en términos de predominio. Y, desagraciadamente,
así continuará sucediendo mientras la sociedad
y los órganos de poder no estén realmente decididos
a clarificar los supuestos de que parten los fines
que persiguen".
2.1.- ¿Cómo abordar la formación del profesorado
Universitario?
A la hora de afrontar esta cuestión se nos ofrecen
distintas vías. Desde la perspectiva de la calidad
del docente y de su evaluación, seguramente afloran
todo ese conjunto difuso y amplio de la formación
personal de cada docente. Si nos situamos en plano
más institucional o de conjunto, la búsqueda de
esa calidad nos llevará resaltar todos aquellos
aspectos que tienen más que ver con la gestión
de la docencia y los planes institucionales para
alcanzarla. Si atendiésemos al aspecto de la deseable
conexión entre los conocimientos y áreas del saber
para no perder la necesaria unidad del ser humano,
nos surgirían todas las cuestiones relativas a
la formación continua del profesorado en ámbitos
no relacionados con su parcela de conocimiento
y de docencia.
Desde la primera perspectiva, todo plan o proyecto
de formación docente deberá partir de la necesaria
evaluación del profesorado. Una evaluación centrada
en la búsqueda de la calidad y la excelencia,
y orientada claramente a la mejora. Desde esta
perspectiva las dificultades que deben vencerse
son diversas. Una, de especial importancia, es
superar resistencia y miedos que impiden a muchos
profesores y profesoras tomar conciencia de la
necesidad de formarse como docentes. La mayoría
del profesorado universitario se ha socializado
en una concepción profesional centrada en el dominio
de los conocimientos de sus especialidad. A través
de sus distintas experiencias académicas como
alumnos y alumnas de distintos niveles educativos,
perciben que ser profesor universitario es dominar
un conocimiento de alto nivel, que difícilmente
está al alcance del común de los mortales y que
la posesión de ese conocimientos es el requisito
esencial y único para enseñar. Prendido de esta
concepción se da otro supuesto básico obtenido,
también, de sus experiencia: seré un buen profesor
si evito hacer algunas cosas que conmigo hicieron
mal. Para un porcentaje elevado del profesorado
en esto se resumen su concepción pedagógica. Una
concepción centrada, única y exclusivamente,
en el sujeto que enseña, que no tiene en cuenta
ni a los sujetos que aprenden, ni al resto de
colegas que enseñan, su práctica es enteramente
individualizada. Éxito y fracaso es puramente
personal.
Una segunda dificultad, que nos parece importante
destacar, es el potencial peligro de derivar,
sin más, los proyectos de formación del proceso
de evaluación. Diseñarlos de este modo corre el
riesgo de convertirlos en planes técnicos asistencial.
Le daremos a cada profesor un repertorio de ayudas
en función de las carencias observadas. Operar
de este modo tiene un sin fin de dificultades
y se cometen no pocos errores. El profesor José
Manuel Esteve(1995,1996 y 1997) ha llevado a
cabo diversas investigaciones que nos muestra
claramente estos problemas: desarrollo de conductas
ansiológicas, mejoras circunscritas a situaciones
concretas(grupo de alumnos, asignatura específica,
momento concreto, etc.) que cualquier cambio en
las mismas reproducen nuevamente la necesidad,
refuerzo de concepciones individualistas, aislamiento
docente, olvido del sujeto que aprende, etc.
Otras dificultades también importantes serían:
motivar para el cambio, grado de implicación y
aceptación del proceso, sistema de reconocimientos,
etc.
En
general, las evaluaciones que se están llevando
a cabo están muy centradas en las labores del
aula, con el olvido de muchas otras actividades
que, como ya mencionamos, son importantes. La
evaluación, y ,con ella, los planes de formación
docente deberían contemplar, al menos, las siguientes
dimensiones: la clase, la tutoría, la potenciación
del trabajo individual del estudiante, el trabajo
cooperativo entre iguales, las prácticas, el prácticum
y el desarrollo curricular. La optimización de
la actividad docente del profesorado debe abordarse
como mínimo, pues, en estas sietes dimensiones.
Tales dimensiones reflejan en sentido estricto
lo que podría entenderse por la actividad lectiva
del profesorado, aspecto éste que en una universidad
como la actual debe reformularse, incorporando
elementos como los relativos a la tutoría, las
prácticas y los trabajos de los estudiantes directamente
relacionados con la docencia impartida. Pero además
una universidad como la actual exige que el profesorado
sea diestro y, por tanto, esté formado en el desempeño
de tareas como los siguientes:
-
Diseño de materiales curriculares: textos
guía, hipertextos, tutoriales interactivos, etc.
-
Orientación y tutorización del estudiante
a lo largo de la carrera.
-
Evaluación de las actividades de aprendizaje
desarrolladas por el estudiante.[16]
El
diseño de acciones orientadas a la formación del
profesorado en los ámbitos que hemos señalado
no debe ser único ni uniforme. Debe integrar elementos
del contexto en el que el profesorado ejerce sus
funciones docentes, debe tener en cuenta la experiencia
del profesorado, novel o senior, y debe generar
dinámicas de trabajo cooperativo entre el profesorado
de una misma disciplina o titulación. La formación
del profesorado, al igual que la evaluación de
su actividad docente, debe catalizar positivamente
ilusión por la mejora de su tarea. Deben contribuir
a que reflexionen y analicen críticamente sus
costumbres docentes, y modifique aquellas que
dificultan el logro de sus objetivos. Así, la
primera fase de un plan de formación del profesorado
debería consistir en un ejercicio de auto-evaluación
de su propia actividad. En el caso del profesorado
de nueva o reciente incorporación, esta primera
fase debe integrar además de la auto evaluación
un auto informe en el que se haga constar las
situaciones en las que se encuentra más o menos
cómodo en su actuación en clase y en los diferentes
ámbitos de su actuación en la clase y en los diferentes
ámbitos de su actividad como docente.
Otra
de las consideraciones fundamentales que deben
presidir la propuesta de acciones de formación
del profesorado es la identificación de objetivos
terminales de aprendizaje de los estudiantes en
las diferentes materias o asignaturas, así como
la reflexión sobre el proceso de evaluación de
los citados aprendizajes. Plantearse la reflexión
sobre estas cuestiones es abordar uno de los problemas
clave de la formación universitaria hoy. Cuando
el profesorado identifica con claridad los objetivos
de aprendizaje que pretende que sus alumnos logren,
es más capaz de reflexionar de forma sistemática
y potente sobre sus actividades docentes. La auto
evaluación de la actividad docente del profesorado
a la que hacíamos referencia y la identificación
de los objetivos de aprendizaje de los estudiantes
son dos condiciones necesarias aunque no suficientes
para iniciar de forma adecuada un programa de
formación del profesorado.
Llegados
a este punto, bueno será que nos ocupemos ahora
de la perspectiva institucional. Si lo que venimos
diciendo a acerca de la formación del profesorado
tiene algún sentido, estos planes de formación
tienen que tener un cierto carácter institucional.
No se tratará de una oferta genérica que, de modo
más o menos actualizada, se ofrezca cada año en
una universidad. Los planes de formación que se
diseñen tiene que estar integrados en un plan
de formación que, con carácter institucional y
con el objetivo de alcanzar excelencia docente,
se aprueben y doten por la institución. De este
modo, los planes obedecerán a una propuesta de
mejora de la institución que contemplará no sólo
las necesidades de cada sujeto que enseña, sino
también las preferencias y objetivos que corporativamente
se buscan. Creemos que es absolutamente necesario
que se aborde esta doble perspectiva sujeto-institución,
si se quiere evitar que el profesorado no se sienta
vinculado a la propuesta, de un lado, y que los
objetivos de la institución no se alcance, de
otro.
En
relación con los formadores de tal propuesta,
podemos considerar tres categorías diferentes.
En primer lugar, el experto en pedagogía o psicología
en procesos de aprendizaje o educación de personas
adultas. En segundo lugar, el experto en la docencia
del área de conocimiento específica del profesorado
en formación. En tercer lugar, un asesor o varios,
según el caso, que dinamice los procesos de trabajo
cooperativo e interacción entre iguales que puedan
desarrollar el profesorado que participe.
Tomando
en consideración lo que acabamos de señalar, entendemos,
que en la medida de lo posible, las acciones de
formación del profesorado orientadas aquellos
que son estables deberían desarrollarse por expertos
en la docencia de la disciplina que gozarán de
suficiente autoridad moral para actuar como asesores
y dinamizadores de grupos de trabajo entre iguales.
Los especialistas en aprendizaje, evaluación y
educación superior general deberían centrar su
atención en asesorar a los expertos en la docencia
de las diferentes disciplinas con el fin de que
la actuación de estos últimos pudiera también
mejorarse en aquellas cuestiones en las que no
han recibido una formación pedagógica o psicológica
específica.
En
relación con el profesorado no estable proponemos
una modalidad mixta en la que el especialista
en pedagogía o psicología y el experto en la docencia
de la disciplina colaboren reservándose cada uno
de ellos el ámbito de formación más afín. Difícilmente
podemos contribuir a formar un buen profesor universitario
en un área concreta sin contar con el experto
en docencia en esa área o sin contar con el experto
en evaluación de los aprendizajes, o con el experto
en diseños de materiales multimedia de auto aprendizaje
que no necesariamente pertenecerán al área específica
de la que estemos tratando.
El
carácter obligatorio o voluntario de los programas
de formación puede varia en función de la tipología
del profesorado al que va dirigida y el tipo de
contenidos que trate. En el caso del profesorado
no estable y en el de aquellos que no hayan obtenido
una evaluación favorable de su actividad docente,
los programas, orientados a mejorar su actuación
en clase, y los sistemas de evaluación de los
aprendizajes, podrán ser obligatorios. En los
restantes casos el carácter de los cursos deberá
ser voluntario o a petición de aquellos grupos
de profesorado que lo soliciten. Estos programas
convendría que obedeciesen a un proceso de toma
de decisión colectiva en Departamentos y Centros,
y que estuvieran integrados en los planes institucionales
de calidad. Esto último debería conllevar unas
dotaciones presupuestarias y unos incentivos o
reconocimientos.
La
promoción de planes de evaluación de la docencia
del profesorado junto con las acciones antes descritas
son condiciones necesarias aunque no suficientes
para el logro de los objetivos que todo plan de
formación del profesorado persigue en la universidad.
Sin esta preocupación por la calidad y la evaluación
de la actividad docente, los programas de formación
del profesorado pueden quedar reducidos a una
simple oferta de cursos que se ven como un tramite
administrativo que se debe cubrir para alcanzar
una determinada posición o superar una evaluación
negativa, sin que con ello se produzca ninguna
mejora en la docencia, ni se alcance la necesaria
satisfacción profesional que es la que permite
que los cambios se consoliden.
En
este proceso de formación continua del profesorado
debe contemplarse una tercera dimensión, como
indicamos al inicio de esta sección, la que hace
referencia a la formación en ámbitos no relacionados
directamente ni con el área de conocimiento, ni
con la docencia que cada profesor y profesora
desempeña. La Universidad debe ofrecer, y el profesorado
voluntariamente poder beneficiarse de, acciones
formativas a cargo de profesorado de otras áreas
de conocimiento diseñadas y orientadas a incrementar
la densidad cultural y científica como ciudadanos
y profesionales destacados en una sociedad compleja
como la nuestra. La misión de la Universidad está
precisamente vinculada a ese carácter de universalidad
de la dimensión humana y que exige no olvidar
esa alta dimensión política que tiene encomendada.
Los
profesores universitarios tenemos y hemos tenido
una larga trayectoria solitaria de formación y,
en no pocos casos, de investigación. Esta tradición
tiene como resultado un proceso de aprendizaje
lento e inadecuado, gran cantidad de esfuerzo
y tiempo innecesariamente invertidos y unos resultados
con frecuencia pobres. Es posible afrontar esta
problemática de un modo menos traumático y más
eficaz. Se ha generado un conjunto de conocimientos
y experiencias que hacen posible que las cosas
no sean así. A continuación nos ocuparemos de
presentar algunas reflexiones con relación a esta
problemática centradas en dos momentos: el profesor
que comienza y el que tiene experiencia, si bien
previo a ello haremos algunas consideraciones
entorno a los modelos de formación que pueden
seguirse para alcanzar un desarrollo profesional
de los docentes universitarios y que nos han servido
de base para elaborar la propuesta que presentamos.
3.-
El desarrollo profesional del docente: diversos
modelos.
A lo largo de nuestra exposición
hemos ido asumiendo de forma expresa, las menos,
o implícita, las más, supuestos acerca de que
entendemos por formación de docentes universitarios,
bueno será ahora explicitar un poco esa posición
antes de ocuparnos de la formación inicial y continua
del profesorado.
Con carácter general se puede
decir que el desarrollo profesional del profesor
universitario debe incidir en todas las dimensiones
que presenta su perfil profesional. Esa dimensiones
son básicamente tres: docente, investigadora y
de gestión, a las que cabe añadir la proyección
de la actividad más allá del marco de una universidad
concreta y la capacidad de captar recursos y organizarlos
(bussines). En lo que sigue vamos a ocuparnos
el desarrollo de la primera de las dimensiones,
sin que ello suponga un olvido de las otras pero
creemos que es importante insistir en esta primera
por el abandono en que ha vivido y por la centralidad
de la misma.
Entendemos
por desarrollo profesional todo el conjunto de
actividades sistemáticamente realizadas con el
objetivo de mejorar la práctica del pensamiento,
los conocimientos y destrezas profesionales, así
como de actitudes respecto del quehacer educativo
en la Universidad. Estas actividades formativas
pueden realizarse desde distintos enfoques, que
nos permiten hablar de pluralidad de modelos de
formación y desarrollo profesional ( Villar Angulo,
1993; Esteve Zarazaga, 1997). Modelo de procesos
de perfeccionamiento( proceso - producto),
Modelo de evaluación para la mejora de la enseñanza,
modelo de indagación ( investigación - acción)
y modelo organizativo.
Los
distintos modelos mencionados giran desde lo individual
a lo social, acentuando más una dimensión u otra
en función de los supuesto de los que parten y
del énfasis que ponga en unos u otros. El Modelo
de proceso de perfeccionamiento trata de responder
a las necesidades de formación detectadas individualmente
por el docente (Villar Angulo, 1993). En este
modelo se atiende al principio de la individualización:
lo que es procedente para un profesor no tiene
por qué ser adecuado para otro docente, y se aspira
a ofrecer las alternativas suficientes para propiciar
el auto desarrollo profesional.
Si,
como nosotros hemos defendido, la evaluación de
los docentes no se considera una simple información,
más o menos detallada, sino el inicio real de
un proceso de formación encaminado a la mejora
de la práctica profesional, puede hablarse de
un Modelo de evaluación para la mejora de la
enseñanza. En este modelo se entiende que
el desarrollo profesional docente está ligado
a su evaluación. Más que buscar mecanismos de
control del profesorado, crear una presión fiscalizadora
de su quehacer cotidiano, se trata de evaluar
a los profesores para orientarles hacia el perfeccionamiento
profesional (Zabalza, 1990). Esto difícilmente
puede realizarse con eficiencia si no se implica
suficientemente al profesorado en procesos motivadores
y cooperativos, para que tal evaluación surja
voluntariamente, de su propia iniciativa.
Cada
vez es más frecuente encontrar trabajos de investigación,
experiencias y propuestas que nos hablan de la
necesidad de que el profesorado reflexiones sobre
sus propia práctica ( Fernández Pérez, 1999).
Desde esta perspectiva se ofrece el Modelo
de indagación, donde el docente es un sujeto
que trata de desvelar en el ejercicio diario de
su profesión las fuentes de su auto perfeccionamiento,
mediante la observación, planteamiento de problemas
y la búsqueda incesante de respuesta a los mismos.
Se trata de establecer un continuo entre investigación,
innovación y formación (MEC, 1992). Dicho de otro
modo, desde este modelo se fundamente la formación
del profesor universitario en la investigación
sobre su práctica docente.
En
la medida en que ponemos el acento en los aspectos
institucionales, no sólo personales, del desarrollo
profesional, nos aproximamos al Modelo organizativo,
(Schuttenberg, 1983; Villar Angulo, 1993). En
la Universidad del presente y del próximo futuro,
el desarrollo profesional del profesorado ha de
verse como una parte, sin duda esencial, del conjunto
de elementos que propician la calidad total. Para
este modelo no tiene sentido centrarse en el perfeccionamiento
individual del profesor si no se atienden las
condiciones de trabajo en la institución universitaria,
sin no se consideran las condiciones organizativas
en las que el profesorado se desenvuelve diariamente,
así como los objetivos, planes y proyectos que
la propia institución se ha marcado. Desde este
modelo se sugiere el cambio estructural y organizativo
de la Universidad, preocupándose muy especialmente
de las relaciones de comunicación, participación,
etc., de toda la comunidad universitaria y de
la sociedad en la que se inserta.
Descritos
los modelos, apreciaremos que nuestra propuesta
pretende ser, en cierto modo, un intento de síntesis
más o menos integrador y superador de los limites
que aparecen en cada modelo, a la vez que trata
de conectar con esa concepción nuclear que hemos
rastreado como punto de encuentro o común entre
los distintos modelos de universidad. No puede
haber desarrollo profesional sin centrarnos en
los profesores, en la detección de carencias y
satisfacción de las mismas en cada profesor y
profesora, en la persona que es cada profesor;
pero tampoco poco podemos concebir en la de Universidad
hoy el desarrollo profesional de su profesorado
al margen del crecimiento y desenvolvimiento de
ella misma. Cualquiera de las dimensiones en que
el profesorado deba desarrollarse estará vinculado
al propio desarrollo organizativo, al planteamiento
eficaz de las cuestiones generales que ha de afrontar
comúnmente la Universidad. En este sentido, personas
e institución han de crecer conjuntamente. Este
es el reto decisivo no sólo para la formación
del profesorado, sino para la búsqueda efectiva
de la excelencia en el nivel superior de educación
(Astin, 1985).
Parece,
pues, necesario relacionar el desarrollo del profesorado
con el desarrollo de la institución. En los modelos
de desarrollo profesional anteriormente señalados
podemos apreciar perspectivas diferentes: el modelo
de proceso de perfeccionamiento, tiene un carácter
estrictamente personal, mientras que el modelo
organizativo presenta un marcado enfoque institucional.
En el modelo de evaluación para la mejora de la
enseñanza, aún teniendo un talante claramente
personal, se advierte una preocupación grupal
y relativamente institucional, puesto que para
su efectivo funcionamiento se precisa cierto nivel
de cooperación entre los profesores, al menos
entre grupos de ellos. El modelo de investigación,
apunta, más o menos explícitamente, hacia el cambio
de la vida universitaria desde los procesos reflexivos
e investigadores que protagonice el profesorado.
Se
trata de modelos de desarrollo profesional distintos,
pero no necesariamente opuestos entre sí. No es
ilusorio pensar en propuestas superadoras. La
definición del modelo integrador que proponemos
se fundamenta en tres directrices fundamentales:
a) el desarrollo profesional debe estar centrado
en la práctica profesional del profesorado, porque
solamente así pueden desarrollarse realmente actitudes
reflexivas y críticas respecto del propio quehacer
docente; b) el desarrollo profesional debe surgir,
en la medida de lo posible, de las iniciativas
de los propios profesores, lo que obliga a crear
condiciones favorables para que este objetivo
se alcance; c) el desarrollo profesional hoy demanda
actitudes y conductas cooperativas entre los profesores.
En este campo los departamentos universitarios,
en el caso de España, tienen mucho que decir
en la medida que son las estructuras encargadas
de la organización de la docencia y la investigación,
pero no cabe duda que los centros, en tanto que
gestionan los planes docentes, deben articular
propuestas de mejora de la calidad docente que
permitan una mejor definición de los objetivos
que se pretenden alcanzar.
Lo
que hasta aquí habíamos propuesto y los que a
continuación proponemos se fundamenta en este
hipotético modelo integrador de las dimensiones
individual y social, que no dejará de suscitar
interrogantes y dudas en su aplicación, especialmente,
en determinadas titulaciones tradicionalmente
alejadas de cualquier preocupación pedagógica.
4.-
La formación inicial.
Entendemos
por formación inicial del profesorado el conjunto
de actividades organizadas con el objetivo de
proporcionar al futuro docente los conocimientos,
destrezas y disposiciones necesarias para desempeñar
su quehacer profesional. Según del país, de la
universidad o de los estudios a los que hagamos
referencia se podrá decir, sin miedo a exagerar,
que tal práctica no existe. Ciertamente, en la
Universidad existe una práctica consolidada de
formación inicial del profesorado en su dimensión
investigadora, básicamente centrada en los estudios
de doctorado. Muchos de los estudiantes de doctorado,
especialmente los que los culminan con la defensa
de su tesis, aspiran a integrarse como profesores
o profesoras en la educación superior, pero no
por ello suelen tomar en consideración, al menos
en esos momentos, la necesidad de formarse en
su dimensión docente. La formación en las otras
dimensiones no investigadora es muy escasa, asistemática
y poco rigurosa(Gray y Hoy, 1989), si bien en
los últimos años las investigaciones y experiencias
en este campo de la formación inicial como docentes
han aumentado de forma significativa con resultados
no siempre convergentes ( Cox, 1995; Neumann y
Lindsay, 1996;Brew y Boud, 1977).
Pueden citarse, por lo general, cursos específicos
de formación inicial destinados a quienes, una
vez que han ingresado en el sistema de educación
superior de forma permanente o interina, precisan
perfeccionar destrezas de enseñanza o tutoriales.
La duración y contenidos es muy variable, van
desde apenas una semana hasta el tiempo de un
curso académico. Los cursos de mayor extensión
en el tiempo se presentan por lo general en los
países del norte de Europa, Australia y Nueva
Zelanda (Fuglen, 1996; Ekman, 1996), en tanto
que en Estados Unidos, Reino Unido o España su
duración es habitualmente muy inferior. Su contenido
es muy variable, pero, por lo general, están centrados
en suministrar técnicas y métodos didácticos centrado
exclusivamente en la actividad del aula. Con todo,
se debe señalar que se da una preocupación creciente
por estas cuestiones y, cada vez con mayor frecuencia,
las agencias nacionales de acreditación toman
en consideración esta cuestiones, este es el caso
de la recién fundada ANECA ( Agencia Nacional
Española para la Calidad y Acreditación) en España
o de la SEDA (Staff and Educational Development
Association) en Inglaterra. El valor o importancia
de esta formación inicial ha sido valorado de
modo distinto, pues si bien existen investigación
que afirman su valor en el desempeño posterior
de la docencia (Nasr et al. 1996), otras no ha
encontrado esta conexión ( Goldschmid, 1991).
Como ocurre con otras instituciones, la Universidad
posee una tradición (si se prefiere, cultura)
organizativa propia. Tradición que se presenta
materializada en el espacio y en el tiempo (edificios,
instrumentos, equipos, recursos de todo tipo),
pero también en una simbología peculiar (rituales,
lenguaje, creencias, etc.). El profesor principiante,
en la medida que es un aprendiz, pasa el primer
año de su actividad profesional socializándose
en la tradición y las formas organizativas de
su universidad. Ciertamente, esta socialización
parte de todo aquello que ha ido interiorizando
en su época de estudiante, especialmente, en el
doctorado, pero es en los primeros años, marcadamente
en el primero, cuando empieza a ver las cosa de
otro modo. Se produce una reorganización de su
experiencia y nuevas relaciones y formas simbólicas
aparecen ante él. Todo cobra un sentido nuevo
por el poder con que se ve ungido y por la responsabilidad
que adquiere. Puede que haya tenido experiencias
previas como becario o ayudante, pero se trata
de una experiencia muy limitada, ya que no ha
tenido una responsabilidad plena en ninguna de
las facetas de la docencia.
No se trata de un proceso pasivo, de asimilación
a crítica de conductas y creencias de la organización
universitaria, sino de un proceso complejo plagado
de contradicciones y en que comienza a asimilar
valores y contra valores(Zeichner y Gore, 1990).
Las dificultades con las que se enfrenta el profesor
novel se sitúan en diversos campos y niveles.
Unas tienen que ver con ese aprendizaje de normas
que supone siempre ingresar en una institución.
El decano o decana del centro en que uno estudió
y con el que se tuvo una relación como alumno,
pasa de repente a ser alguien con el que tomamos
café. Otras tienen que ver con nuestro papel como
enseñantes: preparación de clases, relaciones
con los alumnos, certificar las primeras notas,
etc.. Tampoco pueden olvidarse las que proceden
del ámbito de la gestión docente en todas sus
vertientes ( Esteve Zarazaga et al., 1997; Gros
y Romañá, 1995; Mingorance et al. 1993; Dunkin,
1990).
No creemos falsear la realidad cuando afirmamos
que la falta de apoyo que recibe el profesor universitario
cuando comienza su andadura es total. En muchas
universidades no se duda en ofrecerles las asignaturas
más complejas, con peores horarios, mayor número
de alumnos. García del Dujo lo refleja de forma
clara: " ... lo que encuentra el profesor universitario
es una confusa situación en la que queda obligado
a transitar en solitario sus soledades temáticas
y didácticas, formativas y educativas, haciendo
lo que puede y los mejor que puede."[17]
Esta situación, que de un modo u otro sigue perviviendo
en muchas universidades a lo largo y ancho del
planeta, no tiene ya cabida. Las universidades
que no afronten de un modo serio y responsable
estos procesos corren el riesgo de fenecer en
pocos años. Cada vez es más frecuente que surjan
instituciones y organizaciones de todo tipo que
compitan con la Universidad por la formación y
la acreditación superior. Organizaciones empresariales,
corporaciones y otras organizaciones van ganando
terreno a la Universidad y, si ésta no sabe dar
respuesta, su futuro se verá comprometido. En
Europa la definición del espacio común de educación
camina en la dirección de alcanzar la excelencia
en todos sus niveles y ámbitos, y la docencia
de calidad es un objetivo prioritario.
Si tratamos de caracterizar el perfil del profesor
universitario que se inicia, a tenor de lo que
distintas investigaciones nos han aportado, podremos
decir que se da un denominador común de carencias,
y unas actitudes y preconcepciones también comunes.
En general se sienten agobiados por el tiempo,
piensan que no les es posible llevar adelante
todas las tareas y, de un modo u otro, algunas
de ellas se resienten y otras ni tan si quiera
las vislumbran. El mayor tiempo lo consumen en
la preparación de los contenidos de las clases,
generalmente muy recargados y densos. Les aterra
que no sea suficiente para llenar el tiempo de
la clase y temen quedarse mudos. Con frecuencia
se quedan en una mera introducción cuando deberían
alcanzado diversos puntos importantes del tema,
el tiempo se les escapa, los temas resultan desproporcionados
en su extensión e importancia que se les concede
y la fotocopiadora resulta el recurso para cumplir
objetivos. Toda su actividad se centra en el proceso
de enseñanza sin que le sea posible percibir la
importancia de los procesos de aprendizaje de
los alumnos. La evaluación, la dinámica de la
clase, la labor tutorial es también fuente de
desasosiego e incertidumbre. Su respuesta esta
básicamente asociada a la socialización del rol
que han ido interiorizando como alumnos.
Junto a esa falta
de tiempo, que siempre señalan cuando se les pregunta
por las dificultades que han encontrado en sus
inicios, las carencias que con más frecuencia
denuncian son: Desconocimiento del contexto y
del entorno docente que les impide vincularse
y tomar protagonismo en la marcha de sus departamentos,
dificultades para organizar los contenidos y estructurarlos
de modo que se produzcan aprendizajes significativos
en los alumnos. Desconocimiento también de todo
aquello que suponga dominio de técnicas de dinamización
de grupos, habilidades de comunicación y estrategias
de intervención, técnicas de motivación, evaluación,
tecnologías y medios educativos, etc.
Creemos que la formación inicial que se diseñe
debe partir de dos supuestos básicos: 1) Necesidad
de poner en crisis la preconcepciones que incorporan.
Todo profesor novel presenta, en mayor o menor
grado, una mentalidad naturalizada acerca de la
instrucción: Todo universitario debe reproducir
la imagen idealizada que de si mismo como universitario
tiene el profesor. Es decir, debe poner en crisis
los métodos con los que a él le han enseñado.
Esto supone admitir que no sólo se aprende por
ensayo y error; que existen mejores métodos para
enseñar y para que los alumnos aprendan ; y, lo
que es muy importante, que tenemos conocimientos
bien fundados de cómo hacerlo mejor. 2) La
formación más eficaz es la que parte de los propios
departamentos. Cada departamento debe diseñar
un plan de incorporación de nuevos docentes. De
este modo las cuestiones que se abordan no están
descontextualizadas ni de la acción concreta,
ni de la especifidad curricular. La creación de
estos planes de formación específicos desencadena
una dinámica de renovación y facilitan la creación
de tradiciones (cultura) propias. Cuando defendemos
estos planes específicos y propios, no estamos
negando la posibilidad de que existan ofertas
de cursos generales a los que puedan acudir los
nuevos docentes, sino que éstos sean elementos
complementarios a los que se puede recurrir dentro
de esta planificación específica. En realidad,
como indicamos, nos parece necesario promover
la creación de un órgano específico de coordinación
e innovación docente que permita planificar y
racionalizar esta oferta, dentro de los planes
generales de calidad de cada universidad.
5.- La formación de profesores experimentados.
Todo los anterior no será posible o, si lo es,
sus efectos serán poco perdurables, si los profesores
experimentado no entran a formar parte de esta
dinámica. No se nos oculta que conseguir que profesores
experimentados se asocien a planes de mejora docente
no es fácil. Por lo general, con el paso de el
tiempo, muchos de los problemas, agobios y dudas
se van superando, mejor o peor, y cada profesor
se hace con unas rutinas que juzga adecuadas.
Es evidente que la práctica es un elemento fundamental
de aprendizaje pero siempre que se cumpla una
condición, que se trate de una práctica reflexiva.
Acumular una larga serie de malas prácticas no
produce un solo ápice de bondad. Sólo desde los
procesos reflexivos a acerca de la acción es posible
generar observaciones que permitan reorientar
la acción en direcciones más adecuadas. Para que
esta reflexión tenga un carácter más sistemático
y productivo parece aconsejable que se ofrezca
a los profesores la oportunidad de ponerse en
contacto con experiencias innovadoras y se les
dote de elementos teórico prácticos que orienten
esa reflexión. El profesor Esteve, colega de la
Universidad de Málaga y especialista en temas
de profesorado, suele contar, con cierta gracia,
un experimento que en alguna ocasión ha puesto
en práctica en el CAP ( Curso de Aptitud Pedagógica):
En una de las sesiones se encarga a unos de
los alumnos o alumnas que prepare la explicación
de un determinado punto de alguno de los programas
de su especialidad. Días más tarde éste deberá
exponer la cuestión a sus compañeros. Se le advierte
que la situación en aula será distinta de la habitual,
que se trata de una situación experimental, que
no se extrañe por nada de lo que ocurra. Para
ese mismo día se ha invitado a un docente experimentado
a que imparta la misma cuestión y también se le
hace indicación de que la situación será especial.
Ese día todos los alumnos del grupo reciben una
instrucciones precisas: Deberán permanecer en
absoluto silencio, sin moverse, ni reaccionar
a ningún estímulo y con la cabeza cubierta con
una bolsa de papel a la que se le ha practicado
tres orificios, dos para ver y uno para respirar.
El profesor o la profesora experimentada accede
al aula, comienza su clase y a los pocos minutos
se detiene. En esas condiciones le es imposible
dar la clase y renuncia a continuar. Más tarde
entra en alumno de CAP, comienza y termina su
explicación sin tener el menor problema.
Después de esta
narración, el profesor Esteve, entre otras consideraciones,
concluye: la actitud del alumnos de CAP no debe
sorprendernos, lo sorprendente es que después
de muchos de docencia haya profesores y profesoras
que se comporten como alumnos del CAP.
Este es un buen ejemplo de cómo la experiencia
no es por si sólo un factor de mejora. Un buen
ejemplo de lo que queremos señalar lo encontramos
con demasiada frecuencia en las Facultades de
Pedagogía, solemos explicarles a nuestros alumnos
como diseñar, implantar y llevar a cabo experiencias
de formación continua en las empresas y sin embargo
esto no se da en nuestros propios centros.
A la hora de plantearse
la formación con profesores experimentados, creemos
que deben tomarse en consideración, entre otros
posibles, tres aspectos que a nuestro juicio son
fundamentales. Un primer aspecto es prestar atención
a los cambios que se están produciendo en la actividad
docente. Un segundo, tomar en consideración la
propia experiencia que estos pueden aportar y
potenciarla como factor de cambio. Y el tercero,
propiciar la creación y el desarrollo de espacios
permanentes de encuentro y debate.
En el ámbito docente, se están produciendo a nuestro
juicio tres cambios muy relevantes e íntimamente
conectados entre sí. De un lado, se está generalizando
el modelo docente centro europeo centrado más
en las actividades que los alumnos deben realizar
que en los contenidos que los profesores deben
transmitir. De otro, las acciones de orientación
y tutoriales se refuerzan. Y, como instrumento
de apoyo a todo ello, la introducción de nuevas
tecnologías y el desarrollo y combinación de formas
presenciales y no presenciales de enseñanza. Si
los cambios que señalamos son ciertos, la formación
de profesores experimentados debería extenderse
a cuatro grandes ámbitos:
-
Atención y orientación al estudiante a
lo largo de la carrera.
-
Promoción de proyectos de innovación y
calidad docente.
-
Formación en recursos de diseño y desarrollo
de planes docentes.
-
Gestión e implementación de convenios relativos
al desarrollo de actividades prácticas y prácticum
de los alumnos.
Si
un plan de formación docente a profesores experimentados
quiere tener éxito, es necesario que sepa aprovechar
la experiencia que estos tienen y que, de ningún
modo, lleguen a percibir ellos que nada tienen
que decir en relación con esta problemática. Los
profesores seniors pueden vincularse de un modo
muy activo si se siente protagonistas del cambio
que se quiere implementar, para ello es importante
que se les consulte y asigne responsabilidades
en la formación del profesorado novel. Labores
de mentorazgo o asesoría son especialmente útiles
a este fin. Diversa investigaciones han mostrado
la utilidad de este tipo de estrategias y poder
dinamizador de las mismas (Fink, 1985). Con frecuencia
los profesores que se inician ayudan a los más
experimentados a comprender algunos cambios que
se están produciendo y les ayuda a vencer también
resistencias a la introducción de nuevas propuestas
innovadoras. Por su parte, los profesores seniors
permiten a los menos experimentados que estos
no se agobien con muchas de las funciones que
tienen asignadas y les ayudan a tomar decisiones
realista entorno a las problemáticas que se les
plantean.
Para
que esta dinámica de mejora y busca de la calidad
no se agoste y decaiga pronto, es importan que
se generen foros permanentes, abiertos al debate
y al intercambio de experiencias. No hay nada
que convenza más de la conveniencia y posibilidad
de un cambio que ver como otros lo han conseguido.
Para ello es necesario que la organización del
currículo en los departamentos se haga de forma
más participativa y debatida; que en cada universidad
se establezcan mecanismos de encuentro para el
debate y comunicación de experiencias, cada vez
más abiertos a las perspectivas transnacionales
y que toda esta actividad tenga la financiación
y reconocimiento debido. Si la mejora como docente
no es valorada para la promoción de la carrera
docente, el profesorado seguirá pensando en dedicarse
a la investigación en sus materias pero no en
su actividad nuclear.
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Notas |